"De esta elección vamos a aprender bastante"
La senadora Lucía Topolansky se muda de barrio. Es una de las pocas novedades que sobre las ocho de la mañana de ayer domingo se pudo recoger en el momento en que su esposo, el presidente José Mujica, se aprestaba a votar en el circuito 2137 de la vieja casona de la ex Casa Cuna del Cerro hoy sede de la organización de la lucha antituberculosa.
La estructura que rige para la elección departamental, con alcaldes incluidos, obligará a muchos a llevar a cabo el traslado de lugar de votación para así elegir al titular del municipio donde uno reside.
Y Topolansky, que vota en Pocitos pero vive en Rincón del Cerro, anunció que «como voy a vivir en la chacra hasta el final de mis días, no tengo más remedio que hacer el traslado de barrio». Pero para la senadora no es este el único cambio que tiene en mente. Confesó que, aunque sin hacer pronósticos más o menos certeros en cuanto al momento en que deberían darse, es partidaria de reformar el sistema electoral ante el «cansancio» que advierte en la población por lo largo del proceso de las campañas proselitistas.
Lo mismo dijo el presidente Mujica, que en ese momento estaba a unos 30 metros haciendo la cola para sufragar.
«La gente está cansada» sostuvo, aunque sabe que para plasmar cualquier cambio se necesita el acompañamiento de los partidos de la oposición pero que ya ha dicho que están en la misma sintonía que el oficialismo en cuanto a acortar el titánico proceso electoral y llevarlo a escala humana.
Tildó de «experimento» la presente elección de los alcaldes y auguró que las próximas serán «diferentes (porque) va a estar más calentita y van a traer las disputas barriales».
El presidente hizo esperar al Cerro. A diferencia de lo ocurrido tanto en octubre como en noviembre que a las 8 en punto ya estaba allí, ayer llegó a votar cerca de las 8.30 de la mañana.
Y comparativamente hubo más diferencias entre aquellos momentos de decisión y el de ayer domingo en el lugar donde Mujica viene votando desde el retorno de la democracia a la fecha.
Ayer no hubo banderas, ni volantes, ni militantes del Frente Amplio. Ni siquiera aquellas señoras que con máquina fotográfica o en el peor de los casos papel y lápiz en mano, abrigaban la esperanza de llevarse la imagen o un autógrafo del presidente ante algún descuido de la legión de centauros que custodian al mandatario.
Pero el Cerro es empecinado. Es difícil que este barrio mute y olvide esos vicios de vecindad que en casi todos lados van en vías de extinción. Por ello, a media cuadra donde votaba el presidente, un humeante medio tanque prometía a las 8 de la mañana que en horas uno bien podía caer en la tentación de la carne y sin remordimientos.
Más cerca, un carro ambulante ofrecía pasta fresca, la obligación culinaria de los domingos. Más allá, un desvencijado kiosco aglutinaba lectores furtivos de titulares de diarios ya que ahora no hay quien se los cuente ante la ausencia del voceo de antaño del canillita. Y más acá, el barrido de una vereda con más tierra que baldosas era la excusa para que una mujer ojeara si la orden de ir a comprar el pan recién dictada a su esposo se cumplía a rajatabla y el bar de la esquina no se transformaba en su escala mañanera.
El presidente hizo la cola para votar. Su circuito corresponde a personas muy mayores de edad. Lo atestigua el relato de quien estaba primero en la fila. «Yo voté por primera vez en 1942″ recordó el anónimo y viejo parroquiano que llegó tempranísimo desde la vecina La Teja y en ómnibus. «Lo hice por Juan José de Amézaga, un buen hombre» agregó como dato de aquel político del cual muchos periodistas jóvenes que escuchaban les costaba asociar una figura de carne y hueso al nomenclator de la asfaltada calle.
Una vez que votó, la pareja presidencial repitió el rito de siempre. «Ahora me voy a acompañar a la vieja» dijo Mujica con un pie en el auto y rumbo a Pocitos, donde Lucía Topolansky debía sufragar.
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