Margaret Randall. Una estadounidense polifacética comprometida con el mundo

"Yo vengo de EEUU a respirar acá"

Su infancia y adolescencia transcurrieron en los años más duros de la Guerra Fría y del macartismo. De una personalidad transgresora y avasallante, Margaret Randall vivió en México, donde editó la revista bilingüe El Corno Emplumado; en Cuba, en Nicaragua y, por breve lapso en Vietnam. Poeta, ensayista, socióloga, historiadora, militante por los derechos humanos, por la condición de la mujer, y por los derechos de los homosexuales, evoca aspectos de su pasado y reflexiona sobre la realidad mundial y latinoamericana.

­Usted se hizo conocida del gran público ­no del mundo intelectual y académico, que ya la valoraba­ como consecuencia de las dificultades que tuvo en el 84 para volver a EEUU.

­Es cierto. Al cabo de cinco años, gané el caso; era el segundo gobierno de Reagan y el comienzo del de Bush padre.

­Ese triunfo en los tribunales, ¿modificó en algo la política estadounidense de inmigración?

­La ley que me aplicaron es de 1952, plena época del macartismo, bajo el gobierno de Eisenhower, quien vetó la ley curiosamente, pero el Congreso levantó el veto. Es la norma conocida como Mac Carren Walter Act, que constaba de 34 artículos e incluía cosas como que no se podía entrar a EEUU si uno era miembro de un Partido Comunista, o Socialista; si tenía amistad significativa o trabajaba con comunistas o anarquistas; si era homosexual, si padecía enfermedades venéreas… Y el artículo que me aplicaban a mí establecía como impedimento para entrar a EEUU «estar en contra del bienestar y la felicidad de los Estados Unidos»; algo tan ridículo que resultaría gracioso si no fuera tan serio. Incluso en una Corte de El Paso, en el Estado de Texas, me preguntaron si había escrito alguna vez un poema a favor del libre comercio, y si era cierto que había editado una revista literaria en México donde se publicaban obras de comunistas.

­Usted había adoptado la ciudadanía mexicana en 1967, ¿verdad?

­Sí, pero no por razones políticas sino personales. Estaba casada con un mexicano, el poeta Mondragón, tenía tres hijos y tenía que trabajar. Cuando obtuve la ciudadanía mexicana, fui a ver al cónsul de EEUU para aclarar que yo no quería perder mi condición de ciudadana estadounidense, pero fue inútil: al adoptar la ciudadanía mexicana renunciaba automáticamente a la estadounidense. Seguí viviendo y trabajando en México, después pasé algún tiempo en Cuba, en Nicaragua, y cuando quise volver a EEUU en el 84, tuve que obtener una visa como cualquier extranjero, una visa por un año que me fue concedida sin problemas, con la intención de recuperar mi ciudadanía. Inocentemente pensé que se trataría de un trámite protocolar. Pero resultó no serlo porque en un momento del proceso, me llamaron de Inmigración para una entrevista en una habitación cerrada donde había una mesa sobre la cual estaban varios de mis libros con partes resaltadas en amarillo; eran opiniones contrarias a la política norteamericana en Vietnam y en Centroamérica. Ahí me di cuenta de que la cosa se complicaba. Pero una organización que se llama Centro para los Derechos Constitucionales, de larga trayectoria en defensa de los derechos políticos, laborales, etcétera, tomó mi caso y corrió con los gastos del proceso (250 mil dólares). La meta no era solamente ganar mi caso sino que el pueblo norteamericano conociera la existencia de esa ley macartista y arbitraria que prohibía la entrada al país de comunistas o socialistas aunque el Partido Comunista de EEUU era legal. En fin, fueron cinco años de proceso con apelaciones sucesivas pues tuve tres fallos adversos hasta que la última instancia en una Corte superior me dio la razón.

Mi caso, junto a otros similares y a una creciente opinión en el Congreso y en la sociedad de EEUU que consideraba una vergüenza esa ley, hizo que se reviera ese resabio del macartismo. Mucha gente había visto impedida su entrada a EEUU en virtud de esa ley: Darío Fo, García Márquez, Hortensia Bussi de Allende, Carlos Fuentes, etcétera. La ley no fue derogada pero sí algunos de sus artículos.

Como el comunismo dejó de ser el enemigo, fue posible quitar esos artículos; pero ahora, el comunismo fue remplazado por los árabes y el mundo musulmán, sobre todo después del 11 de setiembre. Un «enemigo», entre comillas, fue remplazado por otro. El hecho es que la política norteamericana de inmigración sigue siendo realmente terrible.

­¿Qué actividad está desarrollando ahora en Montevideo?

­Estoy dando una serie de conferencias en el nivel de maestría sobre género en la cátedra de Susana Mayo, que fue quien me invitó. Es la primera vez que vengo a Uruguay a trabajar porque normalmente vengo a ver a mi hijo y mis nietos (uno de mis hijos está radicado en Uruguay con su esposa y sus hijos), pero me ha gustado mucho esta experiencia docente en la Facultad de Ciencias Sociales. Es cierto que en varias oportunidades, en ocasión de mis visitas familiares, he dado recitales de poesía; en Libertad Libros, en una tanguería, otras veces junto a Daniel Viglietti…

­Usted ha desplegado una actividad intensa en varios campos. ¿Cómo se definiría a sí misma? ¿Poeta, ensayista, militante social y política?

­No me gustan las etiquetas. Pero me defino por supuesto como mujer, como socialista luchadora por un cambio social…

­¿Se considera marxista?

­Durante muchos años me proclamé marxista. Valoro mucho a Marx y su pensamiento como una herramienta más para analizar la sociedad pero mi ideología actual no se limita al marxismo. Siguiendo: me defino, también, como feminista, lesbiana, madre, abuela; y en el campo profesional, historiadora oral, escritora, poeta, fotógrafa… Cuando viví en América Latina, sobre todo en los últimos diez años, me dedicaba mucho a la historia oral y especialmente a los testimonios de mujeres de todas las condiciones sociales. Me interesaba la mujer como entidad en alguna situación específica; por ejemplo, tratar de ver si la Revolución Cubana ha cambiado realmente la vida de las mujeres en Cuba. Tengo varios libros dedicados a esos temas, a la condición de la mujer en Cuba, en Nicaragua, en Vietnam.

Hoy en día estoy mucho más dedicada a la poesía, aunque sigo escribiendo ensayos. Es una poesía que tiene cierta conciencia, cierto fondo de cómo ha sido mi vida…

­¿Se la puede considerar poesía comprometida?

­Tal vez. Pero esa definición la limitaría un poco. Esa etiqueta servía en una época, pero hoy no me gusta tanto. Poesía comprometida conlleva un poco la idea de que la poesía está al servicio de una causa equis, ¿no? Por supuesto que con mi vida respaldo ciertas causas, y eso se refleja en mi poesía, pero en los últimos cinco años casi todos mis libros de poesía tienen sus raíces en las culturas antiguas; y sobre todo en los lugares físicos donde han vivido distintas culturas de todo el mundo, quizá con un énfasis en el lugar donde vivo, Nuevo México, donde tenemos ruinas y vestigios de culturas precolombinas. Mis poemas no son una descripción de esos lugares sino que toman como punto de partida esas culturas para decir cosas del presente. Y el único libro de poesía de los últimos años que no tiene esa característica es «My town» (Mi pueblo) que saldrá en setiembre. Los poemas de este libro tratan del fenómeno de haber crecido en Alburquerque y Nuevo México en los años cuarenta y cincuenta, donde se hacían ensayos de la bomba atómica y cuando el macartismo se respiraba en el aire; y particularmente, lo que significó crecer allí para una hembra. Hasta que los soviéticos lanzaron el primer «sputnik», en EEUU no era obligatorio que las mujeres estudiaran matemáticas ni ciencias… Entonces, haber crecido allí, en esa mezcla de razas y culturas que es Nuevo México, en tiempos de guerra fría y con la bom
ba fabricándose allí cerca, es algo que marca profundamente, y el año pasado se me vino de repente un torrente de poemas referidos a esa experiencia, que están recogidos en el libro «My town».

­Con respecto a Uruguay, ¿Cómo valora el proceso de acumulación de fuerzas de izquierda que permitió el acceso del Frente Amplio al gobierno?

­Lo apoyo con toda mi alma; lo apoyo absolutamente. Sé que aquí, como en todas partes, hay contradicciones y dificultades, pero para mí este país es un respiro de aire fresco después de ver otras realidades. Yo vengo de EEUU a respirar acá; mi país es ahora un engaño tan triste, ¿no? Esperábamos más de Obama…

En fin, yo veía cosas muy interesantes en el gobierno de Tabaré, y mucho más interesantes en el de Mujica. Veo todo lo que se hace para mejorar la salud y la educación; y tengo una visión privilegiada porque mi hijo trabaja en la Universidad y mi nuera trabaja en Vivienda, y tengo varios nietos que viven aquí, lo cual me permite tener una visión muy rica de todo lo que pasa aquí.

­Así como en Nicaragua se ha producido una escisión en el sandinismo, aquí también hay un grupo escindido del Frente Amplio, Asamblea Popular, con una postura muy crítica. ¿Qué opinión le merece?

­Yo creo que es muy diferente de Nicaragua. No pretendo dominar el tema completamente, pero fíjese qué interesante: pienso que hace años, yo quizá me habría identificado con ese grupo de izquierda radical… Tal vez sea algo de la edad, pero prefiero pensar que es una cosa más de sabiduría que de edad. El estado del mundo actual, en todas partes, me lleva a poner el acento en lo posible más que en lo utópico. Con esto no quiero decir que deje de creer en la utopía, pero para mí es tan importante lo que ha logrado el Uruguay en tantos campos… Cuando veo las mejoras que hay en la salud pública, en la educación, en el nivel de vida de los pobres, y comparo todo eso con la situación en mi país, que ha ido para atrás en todos los campos, la conclusión es clara.

­Pero Obama ha impulsado una reforma importante en la salud…

­No, esa reforma es absolutamente nula. Lo que va a cambiar en realidad es que las compañías de seguros de salud se verán más beneficiadas porque van a incorporar a 34 millones de personas obligadas a contratar un seguro privado de salud; el gobierno aporta 250 dólares cuando el costo de una póliza es de entre dos mil y cinco mil dólares.

­Entonces, ¿por qué esa ley levantó tanta resistencia en la derecha?

­Porque querían más ganancias para los seguros privados de salud. También hay algunas cosas que mejoran un poco la situación pero son cositas mínimas. Es deplorable que se haya hecho tanta alharaca y aplausos a una ley que no va a ayudar a ampliar la cobertura sanitaria a toda la población. Es muy triste todo esto; la salud y la educación son dos áreas en las que Obama prometía mucho y que por equis o i griega no ha cumplido. Yo digo que no es totalmente su culpa; no sé hasta qué punto nos engañó o realmente no pudo hacer lo que hubiera querido. Nunca me gustó su política internacional pero sí confiaba un poco más en sus ideas sobre salud y educación. Repito: no sé si quiso hacer cosas y se vio enfrentado al Pentágono, a las fuerzas de la industria, a las corporaciones de los medios masivos, es decir a todo el caudal de poder… Hay un ataque tan feroz de la derecha, un racismo tan enorme, que realmente da miedo. Naturalmente que ha habido progresos desde los años cincuenta, cuando campeaba la segregación, pero el racismo nunca murió. El racismo más radical, esas religiones fundamentalistas, la gente más de derecha, todavía tienen mucho poder, y me sorprendió el triunfo de Obama, algo que no creía posible. Pero de todos modos, Obama ha sufrido 400 veces más ataques y amenazas contra él y su familia que cualquier otro presidente en la historia del país. Y eso me hace suavizar mis críticas hacia Obama para no aparecer como aliada de la derecha.

­En definitiva, en EEUU la opción progresista sigue siendo el Partido Demócrata.

­Claro. Yo voté por Obama, voté al Partido Demócrata. En las primarias yo me preguntaba quién estaría en mejores condiciones de ganarle al Partido Republicano: ¿una mujer o un negro? A pesar de eso, es innegable que la actitud de los demócratas ­no sólo de Obama­ en las Cámaras nos ha desilusionado. Mucha gente como yo nos sentimos tan defraudados por los demócratas, que probablemente no votaremos en las próximas elecciones; aunque conociéndome a mí misma no descarto que a último momento vaya a votar (a los demócratas, naturalmente, porque no pueden ser peores que un republicano). Pero lo haré sin ganas, sin pasión; y lo que es seguro es que no pienso militar a favor del Partido Demócrata como lo hice en la última elección.

 

EL SANDINISMO Y EL RUMBO ACTUAL

­Usted está muy comprometida con las cuestiones de género. ¿Qué piensa de Daniel Ortega, tan cuestionado últimamente?

­Eso es terrible. Yo fui la primera persona fuera de Nicaragua en escribir una carta abierta a Ortega luego de las declaraciones de Sol América, la hija de Ortega. Daniel Ortega en particular y los sandinistas en general no son los mismos de antes, no es el sandinismo que yo conocí. Yo viví en Nicaragua entre fines de 1980 y principios del 84, trabajando y apoyando a los sandinistas con mucho interés en el proceso revolucionario. Lo que ahora se llama sandinismo en Nicaragua, para mí, no tiene nada que ver con aquello. Ortega se ha corrompido completamente, no sólo en ese aspecto deplorable de su historia con su hijastra sino en sus alianzas y en su política para el país. Hay sandinistas que han seguido en el camino del verdadero sandinismo, como los hermanos Cardenal, y que han formado otro partido, el MRS (Movimiento de Renovación Sandinista); pero es un grupo muy pequeño que no tiene poder. Lo más interesante en Nicaragua hoy es el movimiento de mujeres, un movimiento independiente de mujeres que eran sandinistas y que muestran su decepción con el rumbo actual; y es muy interesante porque muestra también cómo crecieron bajo el sandinismo, qué les dio el sandinismo realmente en su formación y cómo han superado eso.

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