"La derrota de 2004 fue la sanción a un partido que no supo renovarse a tiempo"
Comenzó su militancia al lado de Enrique Tarigo con una fuerte impronta anti dictatorial, y fue diputado por Libertad y Cambio (lista 85) entre 1985 y 1990. Llamó la atención su adhesión al sector liderado por Pedro Bordaberry.
¿Qué lo llevó a incorporarse a Vamos Uruguay?
Pedro era una figura que había revelado no solamente su aptitud como ministro en el gabinete del doctor Jorge Batlle, sino que, además, había revelado su aptitud como candidato en las elecciones municipales de mayo de 2005. Entonces, alguien que demostraba esas dotes, merecía el apoyo de todos los que queríamos entonces, y queremos hoy, la renovación del Partido Colorado como paso indispensable para su recuperación.
¿La renovación pasa sólo por las personas o juegan también las ideas y los programas?
Pasa por todo eso y también por modos de vincularse con la gente, pero en definitiva la ciudadanía vota personas, y si no hay líderes que encarnen el proyecto renovador, el proyecto renovador no prende en la gente. Nosotros vimos en Pedro el candidato capaz de lograr que la renovación prendiese en la masa popular colorada, cosa que quedó demostrada en la pasada elección interna en la que la precandidatura de Pedro Bordaberry obtuvo el 72 por ciento de los votos.
Dentro del espectro político-ideológico, ¿dónde se ubicaría usted?
Mi definición primaria es la de colorado batllista. Eso es una definición clara en un país en el cual el P. Colorado y el batllismo han sido el eje constructor durante un siglo y medio. En el plano de las actitudes políticas, yo me considero un moderado; creo que las actitudes radicales no son útiles para lograr los acuerdos políticos que el país necesita.
Mi pregunta apuntaba a que don José Batlle y Ordóñez es considerado un socialdemócrata, y que incluso Sanguinetti ha reconocido estar cerca de la socialdemocracia. ¿Hay algo de eso en el batllismo?
Bueno, creo que es complicado trasplantar denominaciones ideológico-políticas acuñadas en Europa a las realidades nuestras, que son distintas. La socialdemocracia europea, y en particular la alemana, que es un poco la matriz del fenómeno se caracterizó desde el origen por una fuerte vinculación con el movimiento sindical, cosa que en el Uruguay no se dio: el batllismo desarrolló una legislación de apoyo y de protección a los trabajadores pero sin intentar nunca inmiscuirse en el movimiento obrero. En la definición de colorado batllista hay un componente muy fuerte del liberalismo político tradicional, y por otro lado hay un ingrediente reformista, progresista, que caracteriza a la impronta batllista, guiada por el propósito de incluir, en esa democracia uruguaya que por aquellos años se estaba constituyendo, a todos los sectores sociales, muchos de los cuales no integraban el demos. Batlle se preocupa por dar participación a las mujeres, por reconocer sus derechos, por amparar a los más débiles, a los viejos, a los niños, a las madres… Esto último tiene vigencia hoy, cuando hay tantos niños en hogares pobres que viven con una jefa de hogar. Yo me identifico con el liberalismo político y con esa sensibilidad social.
-Está claro. Pero durante el siglo XIX, el Partido Colorado tuvo algunos líderes no demasiado liberales, ¿verdad? Pienso en Venancio Flores, en Latorre…
-Mire, en el Uruguay del siglo XIX por supuesto que no vamos a encontrar los estándares y los criterios que sostenemos en el Uruguay del siglo XXI, y sería un anacronismo juzgar a aquellos hombres con criterios de hoy. En el siglo XIX, el episodio más importante en la fundación del liberalismo político que es la matriz de la sociedad uruguaya es el gobierno de la defensa, que durante ocho años resistió el sitio rosista; allí se defendieron los principios republicanos y liberales sin los cuales no se entiende al Uruguay. Mi sentimiento colorado viene de ahí, de Garibaldi, de Melchor Pacheco y Obes, de toda aquella gente que fue capaz de oponer un dique insuperable a don Juan Manuel de Rosas y su proyecto de restauración, autoritaria y anacrónica, del Virreinato del Río de la Plata; por eso se le llamaba «El Restaurador». Y con la restauración política venía la restauración de las costumbres y de las ideas de todo un esquema retrógrado propio de la monarquía española. No olvide que Rosas manda fusilar a una mujer a punto de parir porque su hijo era producto de su unión con un sacerdote… Contra esa fuerza que logró imponerse en el territorio de las Provincias Unidas, se levantó la defensa de Montevideo. Creo que es una página hermosa de la historia republicana y liberal del Uruguay y que me hace sentir colorado, sin dejar de reconocer otros aportes que hicieron los blancos a esa misma matriz republicana, y sin dejar de reconocer que hubo también episodios que no lucen en la historia del P. Colorado de aquellos tiempos que no pueden juzgarse con criterios de hoy; insisto en que hay que ver aquella realidad compleja con ojos de la época.
-Volviendo a la renovación del Partido. Jorge Batlle y Sanguinetti han dado un paso al costado; ¿usted cree que ellos fueron factores gravitantes en la caída del apoyo electoral del Partido Colorado?
-Creo que los dos hicieron muy importantes aportes al Partido y al país. Nadie puede negar que Sanguinetti fue la figura decisiva del tránsito de la dictadura a la democracia con el «cambio en paz»; fue el principal artífice de la transición. Y Jorge Batlle fue, durante muchos años, un provocador intelectual que desafió muchos lugares comunes de la sociedad uruguaya y se adelantó a plantear reformas que otros comprenderían décadas después; fue, además, el presidente que enfrentó la tremenda crisis de 2002 resistiendo a las presiones para declarar a Uruguay en default. Son grandes servicios que han prestado los dos. Pero, claro, las personas tienen su tiempo, la historia va marcando tiempos, y para el Partido Colorado ya hacía rato que había llegado la hora de una renovación que sin embargo demoró en producirse; esa demora, la historia nos la facturó, y fue el precio que pagamos en 2004, fue la sanción del electorado a un partido que no supo renovarse a tiempo.
-Pasando a otro tema, ¿es usted partidario de privatizar algunas empresas públicas?
-Yo soy partidario en general de la reforma del Estado. Como ha dicho el Presidente, es una asignatura pendiente que tiene el país entero. Me parece que lo central no es pensar en privatizar algo que la sociedad uruguaya rechaza y que no está demostrado que sirva para lograr mejores resultados sino hacer que las empresas públicas compitan, me parece fundamental terminar con los monopolios y establecer la competencia allí donde sea posible. Los hechos demuestran que cuando las empresas tienen que competir, rinden más, funcionan mejor, y eso redunda en definitiva en beneficio de los consumidores. Mientras estemos sometidos a monopolios, es una farsa decir que las empresas públicas son de todos; ni UTE ni Antel ni Ancap pertenecen a todos los uruguayos: son básicamente de quienes las administran, de quienes pesan más en ellas, que son sus funcionarios, y creo que esta situación de predominio de un interés corporativo y particular sobre el interés de la generalidad de la población uruguaya no es conveniente ni positiva. Si hiciéramos que esas empresas compitieran, todos, el Estado, las mismas empresas y fundamentalmente la población, estaríamos mejor. Es lo que ha pasado con Ancel, con el Banco de Seguros… Incluso cuando Conaprole dejó de tener el monopolio, nos maravilló con una gama inagotable de productos. En cambio, el que puede vivir de una renta monopólica se achancha y simplemente le factura al consumidor lo que quiera facturarle. Mientras, los nabos de siempre seguimos pagando.
¿Usted adhiere
a la idea «tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario»?
Sí, estoy de acuerdo. Refleja bien un objetivo interesante para el Uruguay. Es una fórmula de equilibrio que tiene que ajustarse en cada situación concreta en función de las circunstancias. Me parece que no hay capitalismo sin mercado y creo que es bueno tener presente que en el Uruguay de hoy todos hemos reconocido que estamos inmersos en la economía capitalista; nadie propone seriamente salir de ese sistema. No hay alternativa. El antiguo paradigma socialista que parecía una alternativa al capitalismo se ha derrumbado, y el hoy Presidente de los uruguayos, un tupamaro, nos habla de la necesidad de la inversión, de dar garantías al capital… Es decir, ha asumido plena y lúcidamente que estamos en un mundo capitalista y que tenemos que funcionar en él. En ese mundo tiene que haber mercado, tiene que haber empresas, tiene que haber empresarios capaces, y Uruguay tiene que generar las condiciones necesarias para que esto florezca. Este país necesita alentar la cultura del emprendimiento, necesitamos estimular y fomentar a la gente que crea, que innova, que arriesga. Pero eso sí, sin renegar del papel que corresponde al Estado, porque además la gente quiere una presencia del Estado que garantice ciertos mínimos. El Estado uruguayo tiene que aprender a regular bien, con cabeza y con eficiencia, cosa que todavía no ha terminado de hacer. Me parece muy bien que Mujica diga que tenemos que ser perros en la vigilancia del sistema financiero, pero seamos también enérgicos y eficaces en la protección de los consumidores; y hagamos de las Unidades Reguladoras, como Ursea o Ursec, entidades realmente importantes, con un relieve institucional propio, cosa que hoy por hoy no tienen.
Ya que hablamos de regulaciones, ¿cómo vio la medida del gobierno anterior de volver a convocar los Consejos de Salarios?
Me pareció muy bien. En el primer gobierno del doctor Sanguinetti se convocó a los Consejos de Salarios y eso fue una contribución importante para generar esa paz social que se necesitaba junto con el restablecimiento de las instituciones. Y me pareció natural que el presidente Vázquez volviera a convocarlos, luego de un tiempo sin que se los reuniera. Creo que había habido un desplazamiento del péndulo hacia un extremo, y que eso no era bueno. Creo que es saludable desde el punto de vista democrático reunir a empresarios y trabajadores con la presencia arbitral del Estado, y me parece que eso arrojó una experiencia positiva.
¿Cómo ve la posibilidad de acuerdos inter partidarios para buscar políticas de Estado?
Me parece que es necesario entender la naturaleza de este mecanismo. No hay que olvidar que acá, la ciudadanía le dio la mayoría parlamentaria al Frente Amplio, y que el FA, legítimamente, con esa mayoría, conformó un gobierno de partido: el gabinete es monocolor. Ahora bien, los grupos técnicos podrán funcionar como ámbitos donde se intercambian ideas y donde el gobierno, si le parece bien, tome nota de los planteos de la oposición y procure luego aplicarlos y desarrollarlos. Pero no son más que eso, no son ámbitos de cogobierno; allí no tiene sentido hablar de negociar o transar nada. Lo que los partidos de oposición podemos hacer y estamos haciendo es, con espíritu generoso, aportar nuestras ideas; pero es el gobierno el que las toma o las deja. Ha habido acercamientos interesantes, ha habido algunas coincidencias, y ha sido bueno el ejercicio de aportar ideas.
Sí, hay negociaciones para la integración de los entes y servicios descentralizados, ¿verdad?
-Sí, hay una búsqueda de entendimiento bastante auspiciosa. Pero no nos olvidamos de que el gobierno puede integrar los entes y las empresas públicas con sus propios votos. Nos están ofreciendo algo que podrían por la fuerza de los votos con que cuentan no ofrecer. Nosotros tomamos nota de lo que nos ofrecen, no estamos en posición de regatear ni está en nuestro ánimo hacerlo. Creo que esto marcha en paralelo con las conversaciones que estamos teniendo sobre la integración de la Corte Electoral, del Tribunal de Cuentas y de la llamada Junta Anticorrupción.
¿No le parece contradictorio el criterio de que el partido mayoritario no tenga mayoría en esos organismos?
Nosotros pensamos que ningún partido debe tener mayoría absoluta ni en la Corte ni en el Tribunal.
Pero tradicionalmente la tuvieron.
Las circunstancias políticas han cambiado, y además, el Frente Amplio tampoco tuvo mayoría absoluta en las urnas, tuvo 48 por ciento. Me parece que ese es un piso firme a partir del cual se puede sostener que ningún partido debe tener mayoría absoluta en la Corte, como no la tiene hoy el Partido Colorado con la integración que data de hace 15 años.
Pero en el 85 la Corte se integró con mayoría absoluta del Partido Colorado siendo que en la elección del 84 había rondado el 40 por ciento.
Bueno, eran los usos que venían de un país históricamente bipartidista, en un sistema en el cual el que ganaba se llevaba automáticamente la mayoría. Ahora la sociedad uruguaya cambió, se terminó el bipartidismo, son realidades nuevas, y el hecho es que hoy tenemos un Frente Amplio que, sin tener mayoría absoluta en las urnas, sí la tiene en el Parlamento porque el sistema electoral funciona de esa manera. Tiene, además, el apoyo manifiesto del movimiento sindical, tiene el apoyo de la intelligentzia nacional; y esa suma de poder político, sindical y cultural es demasiado poder, y se hace necesario equilibrar. Por esa razón, nosotros somos partidarios de que ningún partido tenga mayoría absoluta en la Corte; y que eso tampoco ocurra en el Tribunal de Cuentas. Porque si el gobierno tiene mayoría en el Parlamento y además tiene mayoría en el Tribunal de Cuentas, ¿quién controla al gobierno?
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