Una parada en el Bar "El Serrano"

Ya estaba promediando la mañana. El presidente José Mujica, en su segundo día de investidura había comenzado la jornada temprano y venía con pocas horas de sueño. La noche anterior se había acostado tarde, ya casi de madrugada. En su segundo día como presidente quiso acompañar a cada ministro en la toma de sus carteras. Ya había estado en la de Ganadería y en la de Defensa Nacional. La próxima parada era en la Escuela Nacional de Policía donde Eduardo Bonomi iba a asumir como titular del Ministerio del Interior. La comitiva oficial era austera, como todo. Un Chevrolet Corsa en el que iba el presidente, su chofer y el secretario Julio Martínez. Atrás lo seguían el prosecretario de la presidencia Diego Cánepa y el director nacional de Trabajo, Julio Baráibar. Cuando los vehículos dejaron la Avenida 8 de Octubre y tomaban por camino Maldonado, se desviaron y sorpresivamente el auto que transportaba a Mujica se detuvo. «Tengo una sed bárbara ­confió Mujica a sus acompañantes­ vamos a tomar algo en este bar» y señaló a un viejo y clásico boliche de barrio. El Bar es «El Serrano», de Camino Maldonado y Nery, que funciona ahí desde hace 63 años. Mujica entró, saludó y eligió una mesa. Y justo fue la que estaba más cerca de la ventana. Casi al instante decenas de niños, jóvenes, parroquianos no daban crédito a lo que veían de afuera, «como a esas cosas que nunca se alcanzan», salvo que se trate de José Mujica. «Mirá, está el Pepe en el boliche». Fotos, autógrafos y saludos fueron confundiéndose con el café cortado que tomó el presidente. El dueño del bar trajo bizcochos. Ojo, todo se abonó como corresponde aseguraron testigos oculares. Alguien escuchó decir que el propietario del bar iba a dictaminar que en la silla ocupada por el flamante presidente, más nadie la iría a ocupar.

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