Una multitud gigantesca honró al nuevo gobierno
Un vehículo a propulsión eléctrica, sin protección ni vidrios blindados, aguardaba junto al edificio para trasladar al presidente Mujica y el vicepresidente Danilo Astori. Topolansky y Claudia Hugo, las esposas de los mandatarios, se trasladarían en otro auto. La Policía de Tránsito abrió el camino.
Tras recibir las honras y saludos del Batallón Florida, que custodia el Parlamento, oficiales superiores con chalecos antibalas se cuadraron y les hicieron la venia, sobre la acera de Avenida del Libertador, en medio de la muchedumbre. El control de la multitud quedó a cargo de decenas de civiles.
Pasaron tres minutos y el vehículo eléctrico se puso en marcha. Mujica y Astori, de pie sobre la caja, fueron trasladados hasta el comienzo de la avenida, rumbo a 18 de Julio. Fue el inicio de la marcha abigarrada y apasionada que, corridas mediante, le permitió al pueblo estar cerca de sus mandatarios.
A las 15.50, casi sobre la esquina con la calle Nicaragua, se apostaron, silenciosos, familiares de los detenidos desaparecidos. El desplazamiento de los nuevos mandatarios continuó: Astori saludó con su brazo y los miró a los ojos; Mujica observó, una por una, las fotos de los militantes supliciados.
Cuadras después, en la esquina con Avenida Uruguay, pisos arriba, saludarían el paso del nuevo gobierno la viuda de Wilson Ferreira Aldunate, la señora Susana Sienra Rossen, y el hijo del extinto caudillo blanco, Juan Raúl. Junto a ellos estaban los nietos del caudillo nacionalista.
Un Pabellón Nacional y la bandera del Partido Nacional ondeaban en el balcón del apartamento. Eran las 16.05 y los cánticos fueron ganando en amplitud. Del repetido «Pepe Presidente», pasaron a «El pueblo jamás será vencido», para luego sumarse todas las voces en un sólo grito: «¡Uruguay!».
El desplazamiento a la Plaza Independencia, un acto establecido por las normas vigentes, se transformó en un gigantesco festejo popular, por momentos caótico, cuando miles de uruguayos colmaron la Avenida 18 de Julio, que se embanderó de rojo, azul y blanco.
Discretamente, a paso lento, se abrió paso Bhetel, la hija del general Líber Seregni, sosteniendo sobre un brazo la mano de su madre, la viuda del fallecido primer candidato presidencial del Frente Amplio, la señor Lilí Lerena. La incorporación de ambas a la marcha fue saludada con una ovación.
A las 16.10 horas ya nada fue igual. Mujica y Astori ingresaron a la principal avenida a bordo del novel vehículo a electricidad y se vieron demorados por la incontable cantidad de festejantes. A los pocos metros, ambos mandatarios se bajaron para continuar a pie, y el cerco de seguridad debió cerrarse.
«¡Uruguay, Uruguay!», fue el grito que predominó cuando Mujica y Astori, seguidos por Topolansky y Hugo, llegaron a pie lentamente a la esquina con Julio Herrera y Obes. La vista imponente del gentío pudo apreciarse por las imágenes proyectadas en los paneles electrónicos.
Quince minutos después, a las 16.25, la marcha alcanzó la esquina de Andes sin que quedara una sola calle perpendicular que no se viera colmada de gente. No había un metro cuadrado de vereda libre. «¡Uruguay, Uruguay», continuaba siendo el cántico que más adhesiones concitaba.
El ingreso de los nuevos mandatarios a la Plaza Independencia, a las 16.25, derivó en un estallido de aplausos y vítores. Viejos militantes liberaron sus emociones sin tapujos y centenares de miles de ojos se llenaron de lágrimas. Todo fue una fiesta.
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