La increíble tortura de una búsqueda
Es una idea loca, lo sé, y me hago cargo de los castigos que se imaginen para que corrija mi impertinencia. Pero ¡cómo me gustaría hacerle un electroencefalograma a toda la bancada oficialista!
Es decir, uno colectivo, completito. Hoy, con el avance de la tecnología, no jodan con que no se puede. No se me ha ocurrido procedimiento científico más directo para explicar el fenómeno vivido ayer, entre las 16 y las 16.30 horas, durante el plenario extraordinario de la Cámara de Representantes.
Debían estar en sala cincuenta de los legisladores de la mayoría para habilitar una sesión que, ¡oh, raros avatares del destino!, debía decidir acerca de un proyecto a cuya peripecia le caen a medida el drama o la comedia, muy caro a los intereses del gobierno. Esa media hora fue devastadora.
«¿Ha deseado usted alguna vez ser azotado por una virgen calzada con polainas y desnuda bajo un cruzado mágico de correajes?», le preguntaron a un escritor español de paso por el Berlín que aún exhibía el muro y ésa era la más moderna de las fiestas masoquistas.
Era para habérselo preguntado ayer a unos cuantos legisladores. Ya ingresados varios, tuve el privilegio de observar algunas conductas iniciales que me conmovieron hasta el llanto. Felipe Michelini, oteando el horizonte con cara y pinta de prócer, mostraba ganas de haber subido un pisito más. Edgardo Ortuño sonreía con ciento veintitrés dientes erizados en una satisfacción casi orgásmica. Enrique Pintado, de ojos soñadores, hablaba de puentes, circunvalaciones, ferrocarriles y puertos.
Liliam Kechichian no sacaba la vista de la puerta del ambulatorio, como si se le fuera a ir el 169.
Daisy Tourné, rubia y ensortijada, marcaba presencia en el área central, igualita a William Martínez.
Y Carlos Varela, muy tirado al beige claro aflojá Carlitos, que hoy queman al más guapo exponía los ojos acuosos de placer, como si Tinelli lo hubiera invitado a «Bailando por un sueño». Está claro que no vale vender al último que entró e hizo número. ¡Demasiado le dijeron, pobre!
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