Victoria esquiva y una ineficaz frase de consuelo
Fue en la sede de la fórmula del Partido Nacional y no en la vieja casona del directorio blanco. Allí entonces, en una pequeña sala ubicada en el segundo piso, lejos de la vista de todos y a la que únicamente podían acceder Luis Alberto Lacalle y Jorge Larrañaga y dos colaboradores más como los senadores Gustavo Penadés y Sergio Abreu que, viendo la televisión, confirmaron la suerte corrida este domingo.
Los fríos números de las encuestadoras que, a fuerza de verdad, era lo único frío que podía haber en la calurosa sede partidaria, fueron cayendo con la misma contundencia que las lágrimas de las siempre rozagantes mejillas de las jóvenes militantes nacionalistas tras saber que durante los próximos cinco años de sus vidas como decía alguna frase propia de la pasada campaña electoral otros serán, y no aquellos, que revistan las condición de presidente y vice. La esquina de 18 de Julio y Martín C. Martínez, que será fatal de ahora en más en los recuerdos de muchos nacionalistas, transmitía poco entusiasmo a pocas horas de que se abrieran las urnas. Un modestísimo estrado de 2 metros cuadrados montado en la puerta del local iba a funcionar de palestra para la fórmula una vez conocidos los resultados. No pudo ser. A última hora Lacalle optó por negarse a subir y desde allí arengar a sus seguidores.
Jorge Larrañaga fue el primero en llegar a la sede, en el entorno de las 20 horas. Lo esperaban en la puerta muchos jóvenes al ritmo del jingle «el baile del cuqui» y algunos dirigentes blancos y colorados. Ruperto Long, Carlos Moreira, Julio Aguiar, Amílcar Vasconcellos y Rubén Díaz, colorados estos tres últimos.
Palmadas en las espaldas, miradas perdidas como buscando algo o a alguien, furtivas lágrimas y labios apretados como el rencor, como los de Malena, como el tango.
Ese era el caluroso ambiente de la sede partidaria. El ex ministro blanco Antonio Mercader ordenó abrir un ventanal para cambiar el aire interno mientras le confesaba a una veterana militante «en cada derrota hay una victoria». A ella, esa frase no la conformó y como a muchos le fue inútil disimular el llanto.
Diez minutos antes de las 21, alguien ordenó irradiar el jingle de la campaña, aquel, el de «a poner el sol». Sonaba bajito, como pidiendo permiso mientras se esperaban los discursos electorales.
En tanto, afuera, desde alguna ventana de un edificio, algunos arriaban banderas nacionalistas. Quizá por el viento que empezaba a asomarse amenazante. Desde otro edificio, que en su costado tenía estampada una publicidad de un whisky y de una dirección de e-mail que decía www.elquenoarriesganogana.com, otro gritaba vivas a la fórmula ganadora.
Sobre la calle, un joven abrazado a una bandera nacional, le insistía a su compañera que «no hay peor astilla que la del mismo palo». ¿Será porque José Mujica es de origen blanco?.
Ya era tarde y se apagaban los discursos y las luces. La garúa tornó lluvia y el calor dejó paso a un imprevisto vendaval. Alguien tuvo la siguiente visión hollywoodense. «Viste decía se vino la tormenta igual que cuando crucificaron a Cristo».
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