Wilson Ferreira Aldunate. Los puntos sobre las íes

El ideario de Wilson y la realidad actual

El doctor Lacalle se vio obligado a apelar a Wilson Ferreira con el fin de obtener el apoyo de los wilsonistas que aún militan en filas de la colectividad de Oribe.

La izquierda, por su parte, y muchos wilsonistas auténticos que siguen creyendo en la posibilidad de recuperar el progresismo dentro del Partido Nacional, se ocuparon de rescatar la verdadera dimensión de Wilson Ferreira, un hombre probo, incorruptible e indudablemente progresista.

En esta nota nos proponemos traer a la memoria el pensamiento de Wilson mediante citas textuales del libro del contador Carlos Luppi «Biografía de Wilson. Una comunidad espiritual» (Editorial Sudamericana. 2008).

Si por el título y la introducción de esta nota no estuviera claro que aquí vamos a hablar de Wilson, un lector inadvertido podría pensar que lo que citamos a continuación está tomado de algún dirigente de la izquierda frentista:

«Se dice que la estabilidad bancaria, por ejemplo, es un valor supremo que no hay derecho a comprometer jamás. Tengo la impresión, a veces, de que este es un valor creado por los banqueros, quienes han terminado por meternos a todos en la cabeza que el interés de sus instituciones es siempre el interés de la República. Y no es verdad.

Se menciona el secreto de los negocios, el secreto bancario, la base de confianza sobre la cual reposa todo el sistema y algunos lugares comunes emparentados. Se ha llevado a tal grado esta exageración, que es corriente que, cuando se habla del crédito del Uruguay en el exterior, no se esté pensando en el crédito que el país merece por la estabilidad de sus instituciones, por el imperio de un régimen de libertad, por la armonía de sus relaciones sociales. Tampoco se está pensando en el nivel de salud o de educación del país, sino, simplemente, si nos fían o no».

Lo que antecede está tomado de las actas del Senado en oportunidad de la interpelación al ministro de Economía del gobierno de Pacheco Areco, doctor César Charlone, el 15 de abril de 1971. Si el lector halla alguna coincidencia con el pensamiento del doctor Lacalle, revela una imaginación frondosa o una ignorancia supina. ¿Qué ha quedado de estos conceptos en el pensamiento del doctor de Posadas, por ejemplo?

Pero avancemos un poco más adelante en el tiempo y observemos estas ideas expuestas por Wilson Ferreira, extractadas del discurso del 10 de setiembre de 1985, con motivo del homenaje al general Aparicio Saravia en Santa Clara de Olimar:

«El Frente decía que el camino (para el crecimiento económico) era aumentar la demanda interna. Auméntense los salarios, las retribuciones de la gente, que esto basta. Y no es verdad. Esto no basta. La tesis colorada confiaba toda la estrategia del desarrollo en aumentar las exportaciones. Nosotros dijimos: hay que hacer las dos cosas. Hay que integrar las dos cosas porque ninguna de las dos es suficiente y cada una es condición de la otra. No se puede aumentar las exportaciones sin aumentar previamente un poco el mercado interno, mejorando las retribuciones de la gente, y no se puede aumentar las retribuciones de la gente si el país no exporta más riqueza y se nutre de los recursos indispensables».

Cualquier similitud con la política económica del gobierno frentista del doctor Tabaré Vázquez, ¿será debida al azar o hay que recordar que Danilo Astori tuvo intensa participación en la CIDE?

 

El desarrollo del Interior

Seguimos analizando el mismo discurso.

«Hay que crear polos de desarrollo en el Interior. El Estado tiene que intervenir activamente y con energía, aprovechando en algunos casos capacidades, infraestructuras, capacidades ociosas, e infraestructuras existentes y que no están utilizadas, mano de obra competente que está emigrando; tratando de que la gente desarrolle nuevamente fuentes de trabajo que hoy absurdamente están segadas. […] Y eso requiere imaginación, energía, audacia. El Estado tiene que trasladar servicios, oficinas públicas enteras al interior del país. El Estado tiene determinados sectores de la producción que están íntegramente localizados en el interior de la República, pero que administra desde rascacielos de Montevideo.

La Universidad tiene que comenzar a trasladar sus servicios educacionales al interior de la República, al lado de las zonas de producción. El país tiene que fomentar el establecimiento de agroindustrias en los lugares naturales […] El Estado tiene que impulsar esto con energía mediante una adecuada política crediticia y fiscal».

¿Qué similitud podemos encontrar con las propuestas de Lacalle y sus asesores, según las cuales el Estado es una mala palabra? ¿Está de acuerdo la fórmula blanca actual con la descentralización que impulsaba Ferreira Aldunate? ¿O es el Frente Amplio y sus candidatos Mujica y Astori quienes recogen las ideas de Wilson Ferreira?

Pero las diferencias y similitudes no terminan aquí. Veamos las propuestas de Wilson en lo que tiene que ver con la política impositiva:

«Queremos que los impuestos no recaigan sobre el producto. Queremos que los impuestos recaigan sobre la tierra o la producción posible de la tierra, porque los impuestos que recaen sobre el producto son impuestos de un acentuado carácter regresivo, (y significan) aumentar la carga impositiva sobre los pequeños y disminuirla para los grandes».

¿Qué diferencia encuentra el lector con la política tributaria del gobierno frentista y la consigna de que pague más el que tiene más y menos el que tiene menos?

 

Las luchas obreras

El extenso discurso de Santa Clara de Olimar abarca otros asuntos no menores que desnudan el pensamiento de Wilson en oposición clara al del doctor Lacalle. Supongo que todos recordarán que, siendo presidente, el doctor Lacalle dejó estampada esta célebre enunciación en la que resume su visión del funcionariado: «Ellos hacen como que trabajan y yo hago como que les pago». Pues bien, he aquí la visión de Wilson a propósito de las luchas sindicales en 1985, cuando Sanguinetti se jactaba de no haber perdido ni un conflicto:

«¡Cómo no va a ser explicable que haya gremios obreros que interrumpan servicios públicos, aun esenciales, cuando los salarios han bajado a la mitad, cuando la miseria es un convidado de piedra que está sentado permanentemente en la mesa del pobre! Cómo no vamos a comprender no sólo el reclamo, sino a veces la forma dura ­y si quieren aceptemos el término­, lesiva, en que muchas veces el reclamo se formula. Pero también vamos a comprender que el país puede lo que puede, que la dictadura lo hirió profundamente y que no podemos hacer justicia de hoy para mañana, que hay que equilibrar lo posible con lo justo y para ello todos tenemos que arrimar el hombro».

La víspera del golpe de Estado, 26 de junio de 1973, en un acto organizado por la Coordinadora Cerrito, Wilson expuso su visión del Partido Colorado y el Batllismo:

«¿Alguien puede suponer que Bordaberry represente al Batllismo y al Partido Colorado […]? Poco iba quedando de lo que Batlle le dio al Partido Colorado: una definición nacional que no era la nuestra […]. Pero al fin de cuentas era una columna coherente: no querían lo que nosotros entendíamos era indispensable querer para preservar el destino nacional, pero querían todos ellos más o menos lo mismo. ¿Qué queda de eso? ¿Qué queda del Batllismo? A veces tengo la impresión de que queda un batllista solo que es Amílcar Vasconcellos, y que cumple el triste papel de terminar proporcionando sus votos, con la vieja invocación de los ideales de Batlle, para quienes representan la negación de todo lo que Batlle significó en la vida del país».

 

La fórmula Wilson-Michelini

En su libro, Carlos Luppi revela y confirma la estrecha relación que unió a Wilson Ferreira con Zelmar Michelini. Dice así:

«Un fenómeno fascinante de nuestra historia es la amistad entrañable y comunidad de ideas que hubo entre estos dos hombres, surgidos de orígenes tan distintos y que
batallaron la mayor parte del tiempo en bandos aparentemente distintos. Uno provenía de Cerro Largo, en el Interior profundo; familia de posición económica desahogada, católica, de origen blanco. El otro pertenecía a la clase media montevideana (nació el 20 de mayo de 1924) y profesaba un fervoroso Batllismo de tintes socializantes. Uno fue ministro de Ganadería y Agricultura, y el otro fue ministro de Industria y Comercio.

Los unieron la hombría de bien, la vastedad de sus culturas, el deseo de un Uruguay mejor, la lucha sin tregua por las libertades y el desarrollo económico con justicia social. […]

En el exilio en Buenos Aires, durante la ‘primavera camporista’ de 1973, creció un proyecto político común, que la maquinaria del Plan Cóndor se ocupó minuciosamente de exterminar.

El primer vínculo entre ellos nació del gesto generoso de ‘gobernabilidad’ que Zelmar Michelini dio al segundo gobierno nacionalista (1962-1966), en 1963. En ocasión de discutirse el Presupuesto Nacional, el Partido Colorado anunció que negaría sus votos, decisión congruente con el lema: ‘A los blancos, ni un vaso de agua’.

Pues bien, a quien se negaba el vital elemento era al país, ya que al quedar sin Ley de Presupuesto, el Estado detendría su marcha. Pero Wilson habló con Zelmar, y éste dio el voto que permitió que el país funcionara. Eso le valió castigos dentro del Partido Colorado y acaso allí esté el origen de la salida de Zelmar de la colectividad de Rivera».

Más adelante, Luppi transcribe una conversación que mantuvo con Wilson Ferreira en Buenos Aires a fines de 1975, de la cual surge incontrastablemente que esa afinidad entre ambos líderes podía plasmarse en un proyecto político común. He aquí el relato de Luppi:

«A fines de 1975, visité el apartamento de Wilson y Susana en Corrientes Angosta, en una de las tantas visitas que pude hacerle entre febrero de 1974 y mayo de 1976.

Ese día Wilson estaba solo y conversamos sobre unas notas de La Opinión (el diario donde escribía la ‘crema y nata’), y que yo leía regularmente. De repente, a bocajarro, en el medio de comentarios sin trascendencia y con la sonrisa de siempre, me preguntó:

-¿Cómo ves, en las próximas elecciones, la fórmula Ferreira Aldunate-Zelmar Michelini?

Aquello, en aquellos tiempos (en cualquier tiempo), equivalía a una bomba atómica en la política uruguaya. […]

Ante la pregunta yo quedé en suspenso, totalmente confundido. Lo que primero me vino a la mente fueron las estructuras partidarias a que pertenecían los nombrados ­Partido Nacional y Frente Amplio­ y el carácter mítico que siempre se dio a la fórmula presidencial Ferreira-Pereira. […]

-Supongamos ­continuó Wilson tranquilamente (palabras más, palabras menos)­ que todos los problemas partidarios y legales se resuelven y se plantea la fórmula WFA-Michelini. ¿Qué opinión te merece? […].

-Esa fórmula sería hasta demasiado ­dije al fin­; sería como el sueño del pibe. Además, sería imbatible».

A 30 años de aquel proyecto que no pudo cuajar, la «fórmula» ideal parece ser más bien Lacalle-Bordaberry, esto es, la coalición rosada que Wilson jamás hubiera conformado.

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