Diario de campaña: Bienvenida a la creatividad en el país del "fair play"
Los antecedentes del creativo impresionan: además de recordados spots comerciales, sería el autor de campañas políticas de spots como «Dicen que soy aburrido», que catapultó a De La Rúa como candidato a la presidencia, a la que abandonó en helicóptero; de «Vamos Menem», que hizo vencedor al riojano en primera vuelta de las elecciones en que finalmente desertara y resultara electo Kirchner y del reciente concierto de cachetazos que desde la TV apoyara el triunfo de De Narváez. En todos los casos, si alguien finalmente falló fue el candidato, no el publicista, quien cumplió con su cometido de hacerlo ganar.
Es notorio que la campaña publicitaria de la derecha ha tenido un marcado giro. No podemos saber si la contratación del profesional argentino es la explicación, pero en todo caso es plausible que la irrupción de un creativo tan exitoso como audaz haya impulsado el cambio de rumbo. La campaña del Dr. Lacalle hizo aparecer spots singularmente agresivos, retomando las suspicacias que casualmente el Dr. Jorge Batlle lanzara a los medios recientemente: la posibilidad de que un arsenal descubierto en la casa de un contador tuviera vinculación con el referente del MLN-T, Julio Marenales. Hasta el momento, ningún elemento de prueba o argumentación verosímil apuntala esta versión, que parece reboleada al azar y rememora las épocas en que las campañas de la derecha se basaban en el terror a una izquierda que se comería a los niños crudos y los enviaría para Cuba (en lugar de proveerles de laptops y conectividad, como indica la realidad). No esperaba volver a ver campañas basadas en el terror. Pero tal parece que en materia de literatura infantil, Uruguay acaba de hacer un descubrimiento digno del Premio Nobel. El mítico Cuco o Coco, o como quiera que se llame el monstruoso ser que tortura las fantasías infantiles, en realidad existe y se llama Julio Marenales. Si algo terrible pasa, debe ser Marenales, ¿quién si no?, es la línea argumental subyacente. Por algún criterio metafísico, se descarta a traficantes de armas , narcobandas, polibandas o bandas de extrema derecha que pusieran explosivos en despachos. No, debe ser Marenales, según la mente en la que se pergeñara el «we are fantastic» mientras los niños de algunas de nuestras escuelas llegaban a comer pasto los fines de semana.
Pero, si entró en escena alguien con una imaginación tan potentosa como para lograr minimizar la abulia y el autismo político de De La Rúa y luego hacer que millones de argentinos volvieran a votar a Menem tras haber vivido varios años la devastación que provocara el patilludo vendedor de los inmensos tesoros argentinos, insuperable en corrupción y frivolidad festiva, todo es posible. Todo.
Algunos amigos y yo comentábamos en estos días nuestra creencia de que la política uruguaya es diferente a la argentina en algunos aspectos esenciales. Sin chauvinismos ni soberbia, así pensamos. Es posible que nos equivoquemos, en todo caso es evidente que Ramiro Agulla sabe comunicar de manera extremadamente profesional, pero también es posible que, al menos parcialmente, tengamos razón y que lo que allende el Plata es gol a favor, aquí lo sea en contra.
En todo caso, he aquí una breve lista de las singularidades uruguayas de lo que mencionamos en esta ronda amistosa (con presencia de distintos credos y colores políticos, vale la pena precisar). No tenemos la soberbia de pensar que representan el sentir de todos los uruguayos ni de su mayoría, pero son fuertes convicciones para nosotros.
A mis amigos y a mí nos gusta que un candidato a la Presidencia de la brillantez del Dr. Lacalle, quien arranca la campaña comparando el Plan Ceibal con la tarjeta joven, y cuyo sector ha cuestionado al Dr. Vázquez con nombre y apellido en toda oportunidad posible, gire 180% y se autoproclame ahora como el mejor continuador de la presidencia de Tabaré. Es inverosímil, cuando todos sabemos que el trinomio básico de este gobierno fue Tabaré- Pepe- Danilo. Si Tabaré no es candidato, su continuación natural, para la casi totalidad de los frenteamplistas, eran Pepe y Danilo. Sólo se discutía el orden relativo y se laudó. La política no es seducción momentánea, es ingenería social. Sin el carisma excepcional de Tabaré, el mejor gobierno de los últimos 50 años (ahora felizmente reconocido por todos), no habría sido posible. Pero sin Pepe y Danilo al lado, tampoco. Y eso lo sabemos todos, empezando por el propio Dr. Lacalle. Sabe que Pepe y Danilo es seguir cambiando, y a fondo, tal y como empezó a hacerlo Tabaré. Pero Lacalle no recula en chancletas, es inteligente y por ello recapacita y cambia. Lanzado por sus convicciones a intentar conquistar un triunfo que parece casi imposible, se da cuenta de que apuntar hacia el gobierno de Tabaré es patalear en arenas movedizas: garantiza acelerar la catástrofe. Busca entonces apuntalar esta nueva tesis que, aunque parezca por momentos una broma, no es la derrota segura que significaría insistir en desconocer o minimizar los logros del quinquenio frentista.
A mis amigos y a mí nos enorgullece vivir en un país donde el Poder Judicial es plenamente independiente y donde, como ocurrió en estos 5 años, si el Ejecutivo no lo obstruye, la Justicia trabaja a plenitud y no reconoce otra diferencia entre los ciudadanos que la de sus méritos y talentos, como marca la Constitución. Ningún ciudadano deja de ser inocente por especulaciones no probadas, pero ningún ciudadano está libre de cometer delitos, faltas o errores. Si algo debe investigarse por la Justicia, se hace. Algunos medios no siempre mantienen una actitud equitativa y prudente ante las causas judiciales. Amplifican por aquí y atenúan por allá, independientemente de la materialidad y gravedad. Pero no debe confundirse la difusión mediática con la acción judicial. La Justicia uruguaya es ecuánime y brinda garantías que son altamente apreciadas internacionalmente. Por ello nos gusta la reacción que tuvo Marenales ante el juicio mediático al que intentó llevarlo la derecha: ponerse a disposición de la Justicia y punto.
A mis amigos y a mí no nos gusta la FIFA, ni la dinastía Havelange-Blatter, pero nos gusta que hayan instalado el concepto del «fair play», de juego limpio y protección al talentoso, como principio rector del fútbol. Porque el «fair play» no quita intensidad a la confrontación deportiva. Por el contrario, permite que sea más desafiante. Permite que los jugadores se desafíen en su capcidad de hacer moñas, tirar taquitos, hacer pisadas, cambios de frente y que no duden en tirar un cañito por riesgo de ser fracturados . «Fair play» es desafío al máximo, pero desafío desde la capcidad de crear, generar, no desde la destrucción, el desconocimiento de las reglas y del respeto al prójimo. Nos gustaba el Uruguay del Negro Jefe que, además de valiente y corajudo, era prolijo y talentoso. Nos gusta el Uruguay que ha vuelto a intentar jugar y que ha sido incluso reconocido con premios al «fair play» en torneos internacionales. Ganar o perder son circunstancias. Pero los métodos, el cómo se gana o cómo se pierde definen la personalidad. Hay veces que ganar es perder: perder la dignidad y el respeto a uno mismo.
En la política también debe haber «fair play». Confrontar dialécticamente a fondo, respetando. Quizás mis amigos y yo estemos muy equivocados, seamos románticos o estemos fuera de la realidad. Pero en todo caso preferimos pensar que en las elecciones vale errale a la pelota y pegar, pero no ir directo a reventar al adversario. No sé si tenemos razón. A lo mejor, la brillantez creativa hecha spot muestran que estamos equivocados. Pero para nuestros hijos y los de nuestros adversarios el país que preferimos, respetuoso y constructivo, que reconoce errores y por ello recapacita y corrige rumbos, que no cae en el golpe a ciegas y sin razón, es el más seguro y confiable. Un país que, a fuerza de tanta patada dada y recibida optó definitavmente por el «fair play», pelota a ras del piso, serena y respetuosa entrega
de hasta la última gota de sudor y talento.
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