LOS OJOS DE MUJICA

Eran las 7.30 horas y el pálido sol no llegaba a calentar la mañana del domingo; sin embargo ya eran cuatro las personas que esperaban, balota (credencial cívica, para los más jóvenes) en mano, para votar en el mismo circuito que lo hizo el presidenciable del Frente Amplio.

La primera en la cola era una mujer que dijo tener 83 años de edad; nosotros, en contrapartida, nos comprometimos ­so pena de perder la salud­ a no revelar su nombre.

Los otros tres parecían tener la misma edad.

Una quinta mujer llegó. Se ubicó última y luego se arrepintió y se alejó unos pasos de allí con el riesgo de perder luego su lugar en la cola. «¿Qué hacés Marta?», le gritó alguien de la corta fila. Como buen barrio que es, en el Cerro se conocen casi todos.

«Voy a ponerme por acá para verle los ojos al Pepe cuando llegue. Si en la campaña se hubieran mostrado más sus ojos, seguro iba a tener más gente votándolo», ilustró Marta, de unos 75 años de edad y bastón en mano. La señora se mostraba resplandeciente, con labios, uñas, cabellos y ojos pintados al tono. Lo esperó al candidato como una novia, recostada a una columna.

Mujica llegó abrazado por el cuerpo de seguridad y ella, Marta, la de estuque y carmín, se quedó sin verle los ojos.

El presidenciable fue directamente llevado a la puerta del diminuto local de votación. Esperó unos pocos minutos, que no obstante fueron suficiente para que intercambiara una palabras con uno de aquellos parroquianos del Cerro que desde las 7.30 de la mañana aguardaba en la cola para votar. La demora para que se abriera el circuito y la sobredimensión numérica de periodistas, curiosos y guardaespaldas alteró en algo los ánimos de ese votante. «No se me enoje», le recomendó Mujica. «Tendríamos que tener un sistema más cómodo para votar, como por teléfono», sugirió con una incipiente sonrisa en los labios.

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