"No se puede vivir en paz sin anular la Ley de Caducidad"
Alicia y su esposo de aquel entonces convivieron con Héctor Castagnetto hasta poco antes de ser asesinado por el Escuadrón de la Muerte. Nunca nadie se enteró hasta que en estos días, al saber de la instalación de un monolito en su memoria, la mujer eligió a LA REPUBLICA para hablar.
A pesar de haber pasado 38 años de los hechos mencionados, aún quedan temores, huellas y daños irreparables. Sin embargo, la memoria es irreductible. Alicia tomó coraje y decidió que era el momento de hablar.
«Con Héctor, mi marido y yo teníamos un año de diferencia, éramos un poco mayores. No era un amigo, sino que era como un hermano con el cual convivíamos», se desahoga por primera vez esta mujer. «A Héctor lo asesinaron con la llave de mi casa en su bolsillo.»
Alicia no sólo recuerda a Héctor, sino que cree verlo a cada momento. «Héctor transmitía seguridad, alegría, tenía una sonrisa franca con sus rulos en la cara y esa voz que se parecía a Roberto Carlos. Lo busqué y capaz que lo sigo buscando. Tuve la oportunidad de vivir en el exterior porque me tuve que ir y lo buscaba en Buenos Aires, si tenía que ir al Chuy me daba vuelta para ver si no era él quien estaba allí. Este sentimiento de no poder saber dónde está un ser querido que sabés que tiene que estar, no podés concebir que pueda desaparecer».
El 20 de mayo de 1971, Héctor cumplió 19 años. Ya había manifestado que quería ir a la casa el día de su cumpleaños. Alicia recuerda que, junto a su marido, le entregaron de regalo una camisa de cuadros azules con rayas rojas y blancas, abrigada.
Constantemente era vigilado. «Cuando llegaba a casa él me contaba que lo seguían. Por eso teníamos tantos controles con él, tanto cuidado para que no comprometiera a otras personas. Había visto su casa vigilada, por eso le habíamos pedido que no fuera. En la feria de Tristán Narvaja, donde él trabajaba, también había notado que lo vigilaban. Además tenía amenazas concretas. Cuando iba a visitar a su hermana detenida, siendo menor, lo humillaban cuando entraba, le revisaban los libros hoja por hoja. Cuando salía lo amenazaban permanentemente diciéndole que lo iban a agarrar y lo iban a matar porque era tupamaro», relata Alicia.
Corría el mes de agosto de 1971. Alicia aún conmovida recuerda que Héctor le decía que era la última vez que quería volver a su casa. «Como había medidas de seguridad para entrar a mi casa, le pedimos que no fuera. Dijo que juraba que era la última vez que iba. Sabíamos que la casa de la calle Lamas estaba vigilada, teníamos prohibido pasar por ahí, incluso si no sabíamos de él. Fue su decisión ir a su casa y ver a su madre, pero no fue su decisión morir. Cuando desapareció tampoco pasamos, pero igual nos enteramos de que no estaba más entre nosotros. Y no volvió, nunca más. Nos dijeron que lo tenía el Escuadrón de la Muerte, no sabíamos que lo habían asesinado hasta que después nos enteramos. Yo me enteré por terceras personas porque mi marido tenía más acceso a otros niveles, se lo dijeron y trajo la noticia a casa».
En la mañana del martes 17 de agosto de 1971, Héctor dejó la mesa de trabajo lista para seguir repujando un cinto. «No toques nada», le dijo a su madre. «Entrego unos discos que vendí el domingo y vuelvo». La mesa quedó tal cual por muchos años, hasta que su madre vendió el apartamento. Al día siguiente, Castagnetto fue asesinado y su cuerpo arrojado al Río de la Plata.
«Todavía no asumo su desaparición, todavía lo veo y tengo recuerdos. Aún tengo el libro que leíamos juntos, que está desecho y bien amarillo, ‘Los bienes terrenales del hombre’ de Leo Huberman, es lo único que tengo de él. Me había repujado un cinturón y desgraciadamente una empleada me lo robó. No me interesaba nada de lo demás que me había robado, sólo le pedía por favor que me devolviera el cinturón. Eran las dos cosas que tenía de Héctor», cuenta emocionada Alicia.
«Después yo no milité más, me fui de la organización y me fui al exterior en marzo de 1973. Estuve viviendo en Argentina y en Paraguay. Armé otra vida y me propuse que si tenía hijos alguna vez no iba a volver a militar por la vida de ellos. Es lo que hice. Volví a Uruguay recién en enero de 1981″. En medio de la dictadura, Alicia se animó a volver sin que los servicios de seguridad pudieran identificarla. Pero debieron pasar muchos años más para que pudiera hablar.
«Cuando la semana pasada alguien me acerca el recorte del diario LA REPUBLICA que anunciaba la instalación de un monolito en memoria de Héctor se me movió todo, se me movieron los recuerdos y quebré en lágrimas como no me sucedía hace muchos años. Fue ahí que me decidí a poder hablar algo de todo esto». Recién operada del corazón, Alicia intenta hacer balances. «Pienso que éramos muy jóvenes en aquel momento aunque teníamos conversaciones muy profundas para la edad. Éramos muy responsables. Como digo en un cuento que escribí para Héctor, también éramos muy irresponsables, pero no nos dábamos cuenta aun tratando de poder entender la política de aquel momento. Nosotros tuvimos discrepancias y creíamos que era otro el camino, capaz que nos equivocamos.»
Llamado a la responsabilidad contra la Ley de Caducidad
Alicia confiesa que piensa votar por la anulación de la Ley de Caducidad. «Nadie que tiene un ser tan cercano como Héctor y tan querido puede vivir en paz. Las personas que no pueden encontrar, no pueden enterrar a un ser querido, no les es posible vivir en paz. Es un llamado a la responsabilidad como seres humanos anular esta Ley. No se puede dormir bien cuando uno tiene un ser tan querido, casi un hermano que no sabe dónde está. Tampoco entiendo mucho por qué. Ahora que soy una persona adulta y veo a mis hijos que ya son adultos, me pregunto cómo puede ser que hayan podido hacer esto con Héctor. Éramos unos niños. ¿Cómo nos pudieron hacer eso? Lo mutilaron, sí. Aun en los errores, aun estando equivocados, aun pudiendo haber hecho las cosas mal, entiendo que los que nos juzgaban eran adultos. Seguramente cometimos muchos errores porque éramos demasiado jóvenes e inmaduros, pero matando y mutilando no era la forma de hacernoslo entender.»
Alicia escribió un cuento sobre estos episodios llamado «Nuestros valores». Su relato es auténtico y está tan prendido a su corazón ahora como cuando lo vivió. Experiencias como ésta marcan a fuego, dejando cicatrices que jamás se van a borrar y los muchos que las tienen las conservan con altura, con entereza, con valor. «Abrir los cajones, ordenar el ropero, remover el polvo me da mucha alergia, me da asma. No sé cómo me atrevo a abrir esta caja, cerrada por tantos años.»
«Antes de mi militancia no sufría ni de un resfrío, no sabía lo que era la pavura. Puede ser que, como dice mi marido, ande con miedo por la vida. Soy de esa generación de uruguayos que peleábamos por la justicia, por la igualdad, contra el hambre y la corrupción y quedamos con esos deseos como una ilusión irrealizable.»
«Así fue que la gran mayoría de nosotros entró al IAVA y a andar entre otra gente que nos abría la cabeza, mostrándonos otros caminos que nos parecieron los mejores y que marcaron nuestras vidas; por lo menos la vida de muchos de nosotros. Se frustraron los sueños de los padres que querían a sus hijos «dotores», porque la militancia te llevaba casi todo el día y hasta altas horas de la noche. Había que ir al Frigorífico del Cerro para ayudar a imprimir unos panfletos, había que concientizar a los compañeros, leer y aprender qué era la plusvalía.»
«Así, nuestro departamento pasó a ser refugio de amigos y compañeros. Uno de ellos, Héctor, quedó en casa establecido, tenía 17 años; una hermana había caído en Pando y la otra en la Cárcel. Cada vez que entraba a visitar a la hermana le desarmaban hasta los libros, las entradas eran humillantes, las salidas plagadas de amenazas. Volvía destrozado, los milicos no perdían la oportunidad de avisarle «en cuanto
cumplas los 18, te agarramos».
HOMENAJE A HECTOR CASTAGNETTO
Hoy a las 15.00 horas se descubrirá un monolito en homenaje al desaparecido Héctor Castagnetto Da Rosa en el cantero central de Avda. Italia y Propios. Allí se colocará una placa recordatoria por parte de sus compañeros de militancia y del liceo José Pedro Varela. Los organizadores convocan a rendir homenaje a este joven luchador y a través de él a todos los compañeros desaparecidos y caídos en la lucha por un mundo mejor. El 17 de agosto de 1971 fue secuestrado en la intersección de Avda. Italia y Propios el estudiante de agronomía, de 19 años de edad.
El secuestro
En las inmediaciones de Avenida Italia y Propios fue detenido, por el subcomisario Delega, del Departamento 5 de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (DNII) y otros funcionarios del Departamento 4, Pablo Fontana. Frente al Hotel Carrasco los secuestradores se juntaron con Nelson Bardesio y el inspector Pedro Freitas, que viajaban en un VW escarabajo de color blanco, propiedad del Ministerio del Interior. Inmediatamente, ambos grupos se dirigieron hacia un rancho ubicado en el balneario de El Pinar, que se encontraba abandonado y que años antes había pertenecido al MLN. «En el lugar la patota procedió al interrogatorio y tortura de Castagnetto, probablemente para que aporte el lugar donde se encontraba la ‘Cárcel del Pueblo’ (lugar en el que el MLN mantenía en cautiverio a las personas secuestradas)», dice el dictamen fiscal.
Compartí tu opinión con toda la comunidad