"La violencia debe desterrarse salvo en condiciones muy excepcionales"
Apenas llegado a Montevideo para presentar su nuevo libro, Labrousse no tiene inconveniente en responder a mi vasto interrogatorio. Con un look bastante «mujiquista» (championes y campera de jean), llega puntualmente al diario, donde se desarrolla la charla.
-¿Este nuevo libro es una ampliación del primero?
-Sí, retomo el principio. Cuando se publicó era una visión muy de afuera, no tenía contactos internos, sólo los documentos. Tuve que rectificar algunos conceptos, por ejemplo, el hecho que Sendic aparecía como el gran jefe, una especie de Che uruguayo, pero ahora se sabe que la cosa fue bastante más colectiva.
-Desde el punto de vista ideológico, ¿cómo te definís?
-¿Ahora o antes? (risas)
-En los dos momentos.
-Bueno, justamente el libro está pensado, primero, para que los franceses que no saben nada del tema conozcan el proceso uruguayo, pero también porque mi evolución personal me parece que fue paralela a la de gente como Mujica y Huidobro. Yo era ultra izquierdista y apoyaba todos los movimientos revolucionarios, pero ahora creo que la violencia debe ser desterrada salvo condiciones muy excepcionales, de ocupación extranjera por ejemplo, o de dictadura, pero no dentro de un régimen democrático. Entonces, me parece que mi evolución fue un poco la misma de Mujica, que hizo una autocrítica sobre esto. Actualmente soy de izquierda pero no violentista.
Además, estoy casado con una mujer húngara y visité muchas veces Hungría bajo el régimen comunista, y creo que en América Latina no se ha hecho una evaluación a fondo de lo que fue el socialismo real. Ha quedado demostrado que la revolución no lleva automáticamente a una mejora de las condiciones de vida de la gente, y yo tengo una posición muy crítica del comunismo, del estalinismo, del leninismo.
-En las elecciones francesas, ¿a quién votás?
-A la izquierda. Hay un pequeño partido trotskista, están los verdes… Pero eso es un voto testimonial, de protesta, así que prefiero votar a un partido bastante conservador como el Partido Socialista pero que puede ofrecer una posibilidad de construir algo.
-Aquella postura violentista de la izquierda de los años sesenta, ¿puede haber sido resultado de la influencia de la Revolución Cubana?
-Sí, claro. Pero desde el principio, lo que no me gustaba era ese culto a la personalidad de Fidel, del Che. Por eso hace poco que visité por primera vez Cuba; no tenía una visión crítica sino un rechazo a que las personas fueran endiosadas. Tuve sí, una visión crítica hacia el foco, sobre todo acerca de Bolivia. Cuando viajé a Bolivia, en los sesenta, me dije «pero esto no es una América Latina, es una América indígena»; ahí la gente ni siquiera hablaba castellano. Entonces, cuando el Che se metió ahí, pensé que era un error porque en Bolivia o Perú, la revolución será indígena o no será. El foquismo tenía esa seducción para la juventud, el entusiasmo de la revolución, pero después tampoco pasé de ese apoyo entusiasta de los intelectuales a esa otra postura muy crítica de algunos que dicen que Cuba es un totalitarismo igual a los del bloque soviético. Soy moderado en la crítica.
-Mujica ha dicho en el libro de Campodónico que el MLN surgió para enfrentar la perspectiva de un golpe de derecha. ¿Estás de acuerdo?
-No, yo creo que es una visión de la historia adecuada a las necesidades de la realidad actual. Es cierto que en los sesenta hubo muchos rumores de golpe: Aguerrondo, los Tenientes de Artigas, la amenaza de invasión de Brasil, atentados personales (como el que sufrió Soledad Barret); esos hechos incidieron, pero creo que fundamentalmente, los tupas se armaron para hacer una revolución. Si bien hubo un componente de autodefensa, no fue lo esencial. Muchos de los tupas lo reconocen, no sólo Zabalza; incluso un militante de base me dijo: «No hubiéramos asumido tantos riesgos sólo para autodefensa… Nosotros pensábamos hacer una revolución socialista igual que en Cuba».
-Frente a la crítica que se le hace al MLN de haber iniciado acciones guerrilleras bajo un gobierno democrático, ¿qué opinás?
-Bueno, yo sigo a Alfonso Lessa en ese sentido. Las condiciones no estaban reunidas, y ahora, filosóficamente, pienso, como lo dijo el Che en el Paraninfo en 1961, que mientras haya espacios para la lucha política legal, hay que utilizarlos, y que no era legítimo hacer una revolución armada en Uruguay. Y se vio que Pacheco, que ayudó al crecimiento de la lucha armada, tuvo un apoyo enorme para su reelección; 80 por ciento de la población era favorable al sistema, y no se puede hacer un cambio radical sin un apoyo masivo de la población. En el 71 la izquierda tuvo 18 por ciento de adhesión y los grupos pro-tupas apenas un cinco por ciento. Eso muestra que se hizo contra la voluntad de la mayoría del pueblo, sin perjuicio del fenómeno del 26 de Marzo.
-Supongo que estas afirmaciones tuyas no son bien vistas por los dirigentes Tupamaros.
-Sí, claro. Pero la defensa más hábil, por ejemplo la de Mauricio Rosencof, es decir que la posibilidad de cambios en la situación actual, con el MPP, y el hecho de ser la primera fuerza, es el resultado de la primera fase de su lucha. Es decir, no hay derrota porque fue una etapa táctica, sólo una derrota de la lucha armada, pero al final el MLN triunfó. Y ellos dicen que en realidad hicieron política con armas. Lo sorprendente es que a pesar de una violencia que se incrementó a partir de la ejecución de Mitrione (que significó pasar de acciones que contaban con la simpatía de la población a una radicalización de las acciones), es la aparición del 26 de Marzo como movimiento de masas. No conozco otro movimiento guerrillero que haya logrado juntar tanta gente a nivel popular, lo que demuestra que no era sólo un movimiento violento sino que tenía, además, una prédica política adaptada a las expectativas de la población. Yo tengo indicios pero nadie me lo pudo confirmar de que hubo un congreso en 1971 donde se discutió la posibilidad de hacer una retirada estratégica o seguir en la lucha militar. Fue un debate en la interna en el que la postura de Rosencof, que era contrario a las acciones previstas para el 14 de abril, resultó derrotada. Hay una mezcla interesante de militarismo y de acción política que prefigura lo que es hoy el MPP.
-¿Qué opinión te merece el libro de Garcé «Donde hubo fuego»?
-Es excelente. Quizás la mayoría de los tupas lo rechaza porque lo consideran muy esquemático, pero me parece que es el único libro que hizo una investigación muy seria y con una intuición política muy fuerte. Yo entrevisté a Garcé varias veces y encuentro que tiene una perspicacia política muy interesante. El libro arroja luz sobre un período muy oscuro, y muchas cosas fueron confirmadas después en el libro de Zabalza. Sin embargo es difícil determinar cuánto había de autodefensa y cuánto de horizonte insurreccional en la decisión de ir a Libia a entrenarse luego del 85. Evidentemente, Mujica y Huidobro cambiaron de posición luego de lo del Filtro.
-También hubo vínculos del MLN con la ETA. ¿Cómo ves a la ETA?
-Es un grupo que no supo pasar de las armas a las urnas después de la caída del franquismo. En el IRA, en cambio, sí hubo un proceso de opción por la lucha política, pero en un contexto de coloniaje (Irlanda era una semicolonia). Seguramente hubo contactos estrechos entre el MLN y la ETA, pero el episodio del Filtro fue más bien un acto de defensa del derecho de asilo. Después hubo un intento de mediación, sin éxito, entre la ETA y el gobierno español; pero los tupas ya hace tiempo que condenan los atentados personales.
-¿Y de las FARC, qué opinión tenés?
-Es un movimiento revolucionario en vías de lumpenización. Perdieron los cuadros del Partido Comunista que a principios de los noventa daban una línea ideológica, y el grupo se volvió muy guerrillerista y ligado, para financiarse, con la droga; no digo que se
an bandidos, pero hay aspectos de las FARC muy negativos desde el punto de vista humano: tienen rehenes civiles algunos de los cuales son incluso afines a ellos. Tienen restos de ideología pero aplican prácticas que no son revolucionarias, en un contexto en que Uribe tiene apoyo del 80 por ciento de la población. Entonces, en vez de seguir apostando a las armas, habría que cambiar y hacer un trabajo político para que la gente entendiera que Uribe es muy negativo para el país y para América Latina. Para disculpar un poco a las FARC, hay que recordar que en los años 80 formaron un partido político, la Unión Patriótica, y más de mil de sus cuadros fueron asesinados.
-Hablamos de Colombia. Ya que estamos cerca, ¿qué me decís de Chávez?
-Lo que Chávez tiene a su favor es que tiene una oposición que es más negativa que él. Es un líder populista, no muy democrático; yo no digo que sea una dictadura, pero hace lo mismo que Uribe: hace votar una ley que permite renovar el mandato presidencial sine die. Pero también con Chávez hay que matizar un poco la cosa. Ha hecho cosas positivas frente a una oposición muy conservadora, muy oligárquica; frente a EEUU tiene una postura muy firme de defensa de la independencia. Pero no es un modelo para otros países de América Latina; es antiimperialista, es cierto, pero con métodos que están al límite de las normas democráticas.
-¿Cómo ves los vínculos de Chávez con Irán?
– Bueno, es un poco aquello de que «los enemigos de mis enemigos son mis amigos», ¿no? Noto que hay una visión en la izquierda uruguaya bastante favorable; yo estoy convencido de que hubo un fraude enorme en las últimas elecciones, pero como Ahmadinejad es antiimperialista, aquí se lo ve como un aliado. Es un régimen muy represivo que tortura masivamente en las cárceles… En fin, creo que Irán no es «el mal», pero no se puede apoyar sistemáticamente a un gobierno con muchas aristas medievales, negativas; un régimen teocrático. Entonces, ¿cómo pueden aliarse revolucionarios latinos a un régimen de esas características? Hay una tendencia en América Latina que no tiene el Pepe Mujica, justamente a aplaudir a todos los que están contra EEUU.
-¿Qué me podés decir de Obama?
-Creo que es positivo. Pero en EEUU el presidente no tiene tanto poder porque está condicionado por los lobbies que lo ayudaron a triunfar. Hay que ver las resistencias que ha generado la reforma de la salud que impulsa Obama. Ahora, en política exterior, no hay grandes cambios porque está muy condicionado por el Pentágono, por la banca. Yo he dicho que el apoyo de EEUU a Uribe no es para luchar contra la droga sino para el control territorial de Colombia, que es fundamental después de la pérdida de las bases del Comando Sur en Panamá, y estaba obligado a resituarse; por eso las bases en Colombia. Es vital para EEUU, así como Afganistán es vital para el control del petróleo de Asia central. No creo que la unanimidad de Unasur contra Uribe pueda hacer cambiar la política exterior de Obama.
QUIEN ES LABROUSSE
Quienes no nos cocemos del primer hervor recordamos a un joven profesor del Liceo Francés de Montevideo que, en los turbulentos sesenta, promovió una pequeña revolución cultural en esa solemne institución educativa. Introdujo a sus alumnos en el mundo libertario y transgresor de la poesía de Georges Brassens y creó un par de grupos musicales que interpretaban las canciones del célebre bardo. Testigo del proceso de incremento de la violencia política (gobierno autoritario y represor de Pacheco, y auge de la guerrilla urbana), escribió uno de los primeros libros sobre el fenómeno del MLN, que se editó en Francia a comienzos de los setenta: «Tupamaros, guerrilla urbana en Uruguay».
El pasado sábado 12, en la Feria Internacional del Libro, fue presentado su libro «Una historia de los Tupamaros. De Sendic a Mujica», en el cual aborda desde el surgimiento del MLN, la derrota militar del 72, las divergencias en la cárcel y en el exilio, la reorganización en democracia, la opción por el camino electoral, hasta llegar a la candidatura de Mujica por el Frente Amplio.
«Nací pocos años antes de la 2ª Guerra Mundial, tengo recuerdos muy duros de entonces. Mi zona fue ocupada y de allí conservo los primeros recuerdos de violencia. Mi madre escondía judíos en su casa y cuando hicieron una redada local de judíos, que los masacraron, eso me quedó grabado. Después hice estudios de letras en la Universidad de Burdeos, donde tuve militancia contra la guerra de Argelia. Hice el servicio militar en Nueva Caledonia, lo que me permitió conocer una realidad de coloniaje. Una vez terminados mis estudios, tenía que elegir un cargo y pedí ir al extranjero. De pura casualidad me tocó Montevideo y yo apenas sabía dónde quedaba el Uruguay (se ríe). Fui profesor en el Liceo Francés entre el 65 y el 70, y fue entonces que la emergencia del movimiento de los tupas la viví como espectador. Y como no pude participar del mayo del 68 en Francia, aquí llegué a tirar algunas piedras (se ríe) en algunas manifestaciones sin que la Embajada lo supiera… Y me fui antes de que «me fueran» porque hubo una campaña contra los profesores «revolucionarios». En mi clase me cuidaba de no meterme en política local, pero como algunos de mis alumnos cayeron como tupamaros, se dijo que Alain Labrousse y otros profesores progresistas los habían impulsado; pero no fue así. Es cierto que desarrollábamos en clase una mentalidad no conservadora, pero hubo una campaña del diario La Mañana, uno de cuyos directores tenía a su hijo en el Liceo Francés, y también de parte de un cura reaccionario. Entonces pedí traslado y me fui a enseñar en Marruecos».
Uruguay, modelo de cambio en democracia
-¿Qué proyectos tenés después del libro sobre los Tupamaros?
-Con algunos investigadores uruguayos hemos preparado, para la revista Problemas de América Latina, que es una revista universitaria, un informe sobre el Frente Amplio. Y cuando los editores leyeron el informe, me dijeron que había que insistir en este tema porque Uruguay es una alternativa a Venezuela; siempre se presenta a Venezuela como la opción de izquierda en América Latina, pero Uruguay es mucho más interesante. El gobierno del Frente ha hecho mucho más y siempre respetando las reglas democráticas; es un modelo democrático de cambio. Los tupas son un modelo de cómo pasar de una postura violentista a una integración al sistema político. Ojalá la ETA aprendiera de todo esto. Incluso una personalidad como Régis Debray ha hecho una autocrítica sobre el foquismo, y en mi libro trato de mostrar que la Revolución Cubana no fue tan foquista como se la presenta: las redes urbanas, el Partido Comunista, tuvieron un papel mucho más importante. Solía haber grupitos de tres o cuatro intelectuales que pensaban que lanzarse a la revolución iba a aglutinar al pueblo, y eso no pasó.
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