Tras el paso del agua. LA REPUBLICA recogió testimonios de damnificados por inundaciones de 2007 sobre la ayuda recibida

Con los pies sobre la tierra

El Yi se desbordó dejando como saldo más de 6.000 personas evacuadas -un 20% de la población- en una veintena de barrios de la periferia y una ciudad sin agua potable por varios días, hecho este que determinó la suspensión de clases tanto en Educación Primaria como Secundaria.

El tránsito de botes, carros, carritos y camiones, cargados de muebles, ropa, electrodomésticos, personas mayores y muchos gurises se transformó en una rutina que no respetó zonas ni horarios. Desde el año 1959 el centro del país no vivía tamaña crisis y la solidaridad de los duraznenses y uruguayos todos no se hizo esperar: instituciones sociales, deportivas y gubernamentales abrieron sus puertas para recibir a las familias que debieron dejar sus hogares ante el rápido avance de las aguas. Sin dilaciones el Comité Departamental de Emergencia instrumentó medidas para alojar, alimentar y atender sanitariamente a las familias en un otoño muy frío y con la amenaza de enfermedades propias de la época y de la situación vivida: las afecciones respiratorias y la hepatitis.

Una cobertura periodística sin precedentes sensibilizó a un país entero y la ayuda comenzó a llegar, incluso desde fuera de fronteras. Al aporte comunal se sumó el del gobierno central el que por intermedio del titular del Comité Nacional de Emergencia, Jorge Vázquez, y el ministro Mariano Arana en primera instancia, y el presidente Tabaré Vázquez después, llegó a la zona de catástrofe para extender su mano. Entre el avance del río ocurrido en horas de la noche y aquello muy propio del ribereño de no dejar el rancho hasta que el agua estaba en la puerta, muchos duraznenses lisa y llanamente salieron con lo puesto: urgía ropa de abrigo, pañales y colchones. Las primeras estimaciones de las autoridades daban cuenta de que la mayor creciente de la historia del departamento demandaría una inversión del orden del millón de dólares.

El retorno del Yi a su cauce, constatado diez días después, dejó de manifiesto un panorama realmente desolador: fincas devastadas por el agua, muebles y electrodomésticos inutilizados y una situación sanitaria que distaba de ser la mejor por el colapso de las cámaras sépticas en zonas sin cobertura de saneamiento. Roedores y víboras por doquier y la inesperada presencia de «los amigos de lo ajeno» que llegaron en botes para levantar chapas de los techos y retirar los enseres que aún servían, agregaron dramatismo a la vuelta a casa.

Las necesidades pasaron a ser otras: camas, sillas, roperos y materiales para la construcción: hierro, pórtland, chapas, madera y cal. De boca del presidente Vázquez el gobierno nacional aseguró que el apoyo a los damnificados se solventaría a través de tres grandes vías: la presupuestal, el apoyo de organismos internacionales y de gobiernos vecinos.

Hoy, a más de dos años de una crisis que muchos prefieren no recordar y con cuarenta familias que aún permanecen en dos albergues transitorios, hay versiones encontradas con buena parte de los evacuados expresando que poco y nada recibió de donaciones que por diferentes medios de transporte -camiones, trenes, etc.- llegaron al departamento de Durazno. Una denuncia firmada por un millar de vecinos motivó una investigación administrativa dispuesta en junio por Presidencia de la República y posterior denuncia penal ­la semana pasada­ por lo que se entiende son graves irregularidades del Comité Departamental de Emergencia en el reparto de las donaciones en cuestión.

Con sus 86 años a cuestas Juan Casas, viejo vecino de la popular «Bolsa de Gatos», tiene varias crecientes encima, aunque «ninguna como la de 2007″. El retorno al hogar ha sido una constante, la gran diferencia es que el último desborde del Yi terminó con buena parte de la estructura de la modesta finca en que reside. «La estoy arreglando como puedo». De la ayuda prometida sostiene que solo le entregaron un «acolchado de cobijas viejas y una canasta o dos. Sé que a otros les dieron mucho, pero a mí no», agregó mientras mostraba las fisuras de una humilde construcción que a manera de puerta tiene un cartón que otro vecino desechó. «Esto ha sido un desastre. Los repartos no se hicieron desde la costa hacia arriba, que era la forma de ayudar a los más afectados. Lo hicieron al revés y cuando llegaron acá ya no tenían nada para entregar». No le echo la culpa a unos ni a otros, sólo sé que no recibí nada, enfatizó un octogenario que recordó que los evacuados fueron unos 6.000 y con los «avivados de siempre» hubo más de 10.000 registrados.

Madre de dos pequeños hijos, Jennifer hace siete meses que junto a su esposo vive en el Centro Vasco ubicado a metros de la estación del ferrocarril, anteriormente estuvo en otro albergue transitorio. Cumple con las horas de trabajo requeridas para acceder a una vivienda de Mevir y asegura no haber recibido ayuda alguna del Comité de Emergencia. «Solo me dieron un lugar para vivir, ni comida, ni leche, ni nada». Me anoté por las donaciones y solo me dieron dos colchones y ropa que no estaba en las mejores condiciones, agregó. «De los muebles que se mencionó yo no recibí ninguno. Por lo que se decía pensé que iba a mejorar la situación de mi familia en particular pero lamentablemente ello no sucedió».

Para Yolanda, una mujer que se encuentra alojada junto a su esposo y un hijo de 15 años en el céntrico ex Hotel Uruguay, la ayuda fue buena. Asegura que recibe la alimentación diaria, una canasta y se le adjudicará una de las casas prefabricadas que llegarán desde el exterior y que tanto dieran que hablar en los últimos días.

Roberto Pérez sostiene que si bien han sido dos años duros, está bien, la convivencia con el resto de las familias es buena y se puede trabajar ­en un departamento que vive la cultura afro como propia se dedica a la construcción de tambores­ para «hacer el diario pesito».

Lilián, que vive con su esposo y dos hijos menores, asegura que en su caso, al tener un terreno propio, la ayuda se hizo efectiva a través de materiales de construcción y personal municipal para construir una pieza de seis por seis con un baño, obra próxima a culminar. Lo más difícil es la convivencia porque somos muchas familias, agregó. «A nosotros el Comité de emergencia nos ayudó y mucho».

En el mismo recinto muy diferente es la opinión de María, una chica que vive con su madre y sostiene no haber recibido ayuda alguna.

Para atender a LA REPUBLICA Alberto hizo un alto en la tarea que los fines de semana desarrolla para alcanzar, de la mano de Mevir, el sueño de techo propio. Admite que es un sacrificio que hace con gusto junto a su señora, «es algo que redundará en nuestro bienestar», expresó. Oriundo de la zona de La Amarilla, en la costa del Yi, manifestó no haber recibido apoyo de las autoridades. «Perdí la mayoría de las cosas: un juego de living, una heladera, colchones y debí recomponer todo a pulmón».

También en la zona de Las Higueras, Marta trabaja desde el 26 de marzo por su vivienda mientras reside como agregada junto a su marido e hijos en una pieza que le prestó un familiar. «Yo estoy realmente feliz construyendo mi casa, quiero un mejor futuro para mis hijos, fuera de la zona inundable». Dice haber recibido colchones, un juego de living y un modular que mucho cuida para llevar al nuevo hogar.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje