José Luis Rondán. Fue custodia de Sanguinetti y Lacalle y también estuvo a cargo de la seguridad del Poder Judicial

Jefe de seguridad del Parlamento que  retrató a Wilson y a "Tota" Quinteros

Empero, detrás de esa faceta, pocos conocen que existe un hombre que reparte las horas de su vida entre las artes plásticas y la metafísica. Rondán es comisario inspector, ello es suficiente para asegurar que tiene una extensa trayectoria como policía, pero además desde el retorno a la democracia ha sido responsable de la seguridad de los tres poderes del Estado.

A la vez, su faceta artística no va a la zaga, ya que fue alumno del extinto acuarelista Esteban Garino y efectúo más de 67 exposiciones de sus obras tanto en España como en Uruguay. Ha retratado a Wilson Ferreira Aldunate y a María del Carmen Almeida de Quinteros «Tota», ofrece charlas sobre filosofía y metafísica, y en su juventud estuvo preso por realizar pegatinas contra la dictadura militar.

El próximo 7 de septiembre realizará una charla sobre «El Camino a Santiago de Compostela. O la alquimia de un camino», el cual, además, ha dejado plasmado en su obra; mientras que un mes atrás habló sobre cultura celta y druidas, disertación que fue acompañada por una exposición basada en temas y dibujos místicos de su autoría. Rondán tiene 52 años, nació el 15 de junio de 1957 en Melilla y estudió en el Colegio Pio.

Está casado con Pilar desde hace 25 años, con quien tiene tres hijos: María Lucía, Rocío y Santiago.

Por todo ello se define y se siente como una persona «muy armonizada». Recientemente, logró el primer premio del concurso de Salón de Arte Místico organizado por la Bienal de la Orden Rosacruz del Uruguay, por su obra los «Jinetes del Apocalipsis», que actualmente se expone en el pasaje Acuña de Figueroa del Edificio Anexo al Palacio Legislativo.

 

El artista

-Lo primero en su vida fue la pintura. ¿En qué momento descubrió esa pasión?

-Desde muy niño. Con 6 ó 7 años comencé a generar cosas que en los adultos crearon alguna expectativa o les permitieron avizorar que podía realizar algo con la pintura. Cuando tenía once años mi abuela se sorprendió al ver un retrato que realicé a Wilson Ferreira Aldunate, quien frecuentaba mi casa. Fue entonces que mi familia resolvió solventarme un curso de pintura en el taller del ya fallecido Esteban Garino (uno de los pocos y más reconocidos acuarelistas uruguayos), que culminé cuando cumplí los quince años. Después hice Bellas Artes en San Francisco de Asís.

-¿En qué corriente artística se siente más a gusto?

-Soy eminentemente colorista y figurativo. Trato de que mis alegorías, que son de índole filosófico y de fantasía, sea todo arte figurativo porque de alguna manera es la punta de la madeja que le doy a quien observa para que, si comprende, pueda comenzar a desentrañar la obra. Esa es mi postura frente a mi pintura.

-¿Qué pretende comunicar a través de sus obras?

-En una de mis recientes exposiciones existía un apartado que hablaba de «marinas», ello comunica que somos un país con un balcón al mar. También está muy presente la temática de los jinetes, porque el «fondo de nuestra casa» está pletórico de campos y caballos. Otras obras hablan de realismo social o filosofía, como puede ser el «Andrógino».

También he realizado obras testimoniales como el cuadro de «Tota» Quinteros, en cuyo vientre se puede percibir la silueta de una maestra, su hija Elena, que se encuentra en un recreo, saludando a lo lejos. He representado temas de la vida como en «El dolor de emigrante», porque creo que no hay uruguayo que no tenga familiares o amistades en el exterior y que llora por ellos. He visto llorar a personas frente a ese cuadro.

-¿Qué siente cuando provoca estos sentimientos con sus obras?

-Por un lado, desde el punto de vista humano, la pena de haber pintado ese cuadro porque hubiera sido mejor no tener que hacerlo. Pero, por otro lado, la satisfacción de llegarle a la gente, de trasmitirle algo que le es muy caro, como la añoranza por sus hijos. Eso es muy importante para un pintor. Una obra que también me ha marcado es el mural del «Arbol de la vida», cuya temática es la maternidad y se encuentra en el anfiteatro del Hospital Pereyra Rossell.

-También en algunas de sus pinturas existe un trasfondo onírico.

-Sí. Soy un individuo esencialmente filosófico en mis pensamientos y tengo trabajos que hablan de la parte onírica, de expresar en la tela preguntas como quiénes somos, de dónde provenimos y para qué estamos.

-¿Qué pintor uruguayo ha sido una referencia ineludible para usted?

-Cuando comencé a pintar me plegué a un maestro, el acuarelista Esteban Garino. Fue el pintor que me llegó.

En la actualidad creo que mi pintura y mi paleta son mías. Yo pinto lo que soy, mi carácter cambiante y un enamorado de la vida. La esencia en la pintura es mucho trabajo y color.

Puedo decir que he dejado fluir el camino y me siento muy armonizado; hago meditación, medicina alternativa china y por todo ello estoy conforme con la vida.

 

El policía

-¿Cómo se puede hacer para acompasar dos actividades totalmente diferentes, la del artista plástico, que debe tener sensibilidad y percepción constantes, y la del policía?

-Mi pintura es variable y lo único que la aglutina y la hace sentir igual es el estilo y la paleta, pero después cada tema se diferencia netamente uno del otro; la función policial en la cual llevo 34 años ­actualmente soy comisario inspector­ me ha permitido sobrevivir y generar espacios económicos para la pintura. En todas las actividades hay que ser un profesional y hacerlo con cariño.

A mí no me complica ser condescendiente o actuar con dureza con una persona siendo policía. Los medios legales nos dan esa posibilidad porque una cosa es actuar con firmeza y otra con abuso. Soy el único oficial que estuve en los tres poderes del Estado. Fui jefe de custodia del presidente Julio María Sanguinetti en su primer gobierno y también de parte del período de Luis Alberto Lacalle. Luego estuve 7 años y medio a cargo de la seguridad del Poder Judicial y desde hace dos años, en el Parlamento Nacional. Actualmente estoy al frente de 70 policías.

-¿Qué lo ha marcado en la función policial?

-Hemos tenido problemas importantes en las barras del Senado, los resolvimos con autoridad y no nos tembló la mano, pero no por eso salimos a buscar revancha. Al mes de ese episodio, nos dimos la mano con uno de los chicos a los que tuve que sacar.

El hombre tiene que saber buscar la paz antes que la confrontación, eso es lo más importante para la convivencia.

(En diciembre de 2008, cuando se aprobó la reforma educativa, se generó en el Senado un fuerte enfrentamiento entre los encargados de la seguridad y manifestantes contrarios a la Ley de Educación, entre quienes había miembros de Plenaria Memoria y Justicia, integrantes del Centro de Estudiantes del IPA (Ceipa), del grupo de ultraizquierda Fogoneros y de la Federación Nacional de Profesores, Fenapes).

 

«El policía debe estar preparado»

-¿Ha puesto en riesgo su vida?

-Durante un procedimiento complicado, ocasión en la que terminé quitándole la vida a un rapiñero.

-¿Cómo lo afectó ese hecho?

-Yo creo mucho en el karma y en ese momento yo era la puerta de salida para él. Los hombres tenemos que ser buscadores; yo lo soy en la metafísica, la filosofía y la numerología. Ellas me permiten libertad de pensamiento. No adhiero a dogmas, sino a los principios druídicos de que cada uno debe adaptarse a los tiempos y circunstancias, y que cuando algo ocurre no sucede porque sí, sino porque estaba determinado por algo superior. Siempre duele quitarle la vida a un individuo, pero hay circunstancias para las cuales el policía debe estar preparado, ya que es la cara visible del Estado ante la
sociedad. Si uno rehúye porque se va a sentir mal, mejor que cuelgue el uniforme y se vaya.

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