A Presidente, yo voto a Eduardito
A la otra semana volvemos y el debate es el mismo y el mundo sigue igual porque le falta un tornillo y no tenemos un mecánico que lo vaya a arreglar. Si usted quiere: son reuniones al pedo, en caso de que la vida fuera sólo eficiencia, productividad y excelencia en la gestión.
Una de las particularidades del bar es que los gorriones, que seguramente deben de estar alcoholizados, se arriman a la reunión, comen las migajas de la mesa y parecen no tenerle miedo a esos monstruos humanos que gritan, se enojan, ríen, se deprimen y hasta hacen chistes. Jamás cantar.
A ese mismo bar va Eduardito, un pibe precioso, que habla mejor que el Pepe Mujica y que me hace acordar a mis amigos de San Carlos, en Maldonado. Su español es perfecto, casi un ejemplo para la Real Academia.
Eduardito nos visita una vez cada dos semanas. Siempre bien vestidito, con cabellera recién bañada, con una campera de abrigo, pero por debajo la túnica de la escuela pública, lo que le permite viajar gratis en ómnibus.
Eduardito nunca nos pidió un peso, pero tiene un sueño: recibir la computadora del Plan Ceibal. Un sueño que sabe que se va a cumplir. De eso lo sabe porque Alvaro Pérez, director del IMPO el más joven de todos nosotros , se lo dijo. Y él le cree. Le cree tanto que cuando Alvaro no va al bar él me pregunta: «¿y mi amigo?». Sabe que el amigo no le va a fallar y por eso me pregunta, aunque Alvaro no tenga forma de resolverle el tema. Lo bueno es que los dos creen Eduardito y Alvaro que ya llegará el Plan Ceibal a sus manos.
Este sábado Eduardito nos visitó, cuando ya la barra del bar se había ido y sólo me quedaba con la visita de Ana Bello, vieja amiga del exilio, que me contó sobre algunos planes para setiembre sobre el Carnaval.
Luego de decirme que aún no había recibido la computadora, resolví doblar la apuesta y poner contra la pared a Eduardito. «Cuado tengas la computadora venías acá y nos enseñás», le dije.
Pero que esté mi amigo, me dijo, recordando así a Alvaro.
Le dije que estaba de acuerdo, pero de inmediato lo puse contra las cuerdas: «Tenés que venir con la computadora, pero también con el carné de notas y, si no son buenas nos vamos a llevar mal».
Eduardito no arrugó y fue transparente. «No me va bien porque no me gusta la maestra», fue su primer comentario.
«¿Razones?» le pregunté.
Mirándome a los ojos, como si él tuviera 60 años y yo estuviera en quinto año de escuela, me tiró en la cara: »Es que yo soy del Pepe y ella del Partido Nacional».
Me mató o me maniobró. Me da lo mismo. Traté de explicarle que eso no importaba, que tenía que llevarse bien con la maestra, pero mis opiniones no le importaron. Lo invité a comer un pancho, que él nunca me pidió pero que agradeció, luego de explicarme por qué no le gustaba la mostaza.
Cuando se iba, luego de agradecer el pancho, le pregunté cuál era su escuela. «La Zelmar Michelini, el papá de Rafael», me dijo como si el tema fuera algo de su dominio profundo, lo que sospecho que sí.
Ahí me di cuenta que Eduardito, hijo de un trabajador de la construcción, es un Presidente en potencia, si es que podemos seguir ayudándolo para que nunca tenga que pedir un pancho, como no lo hizo esta vez.
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