1971. "Los Servicios de Inteligencia de Uruguay y de otros países coordinaban con la CIA"

"El siglo XXI no será el nuevo siglo de EEUU"

Es el único país que tiene fuerzas en otros países, no para defender sus fronteras territoriales, pero sí sus fronteras económicas, y estas están donde haya inversiones de corporaciones americanas», aseguró a LA REPUBLICA Luis Alberto Moniz Bandeira, destacado cientista político de Brasil, altamente reconocido en medios académicos y diplomáticos de su país.

Moniz Bandeira sostiene, además, que la mejor herramienta para defender la paz en la región es la Unasur, que se reunirá el próximo 28 de agosto en Bariloche, para tratar la instalación de bases militares de Estados Unidos en Colombia. Lo que sigue es parte de sus declaraciones, que realizó ante un cuestionario de LA REPUBLICA enviado vía correo electrónico.

 

­Se conocieron el pasado lunes archivos desclasificados del gobierno de Estados Unidos, que indican que el presidente Nixon y Garraztazú Médici influyeron en Uruguay, para que Juan María Bordaberry ganara las elecciones nacionales de 1971. ¿A usted esta noticia lo sorprendió?

­No es novedad. El general Emilio Garrastazu Médici estuvo en Washington entre el 7 y el 9 de diciembre de 1971, y sostuvo varias reuniones con el presidente Nixon, el asesor de Seguridad Nacional Henry Kissinger, el secretario de Estado William Rogers y el general Vernon Walters, el regente del golpe militar en Brasil contra el gobierno de João Goulart, en 1964.

 

En varios de los memorandos sobre las conversaciones Richard Nixon menciona la ayuda de Brasil para influenciar las elecciones uruguayas. Y, en 2002, un memorandum desclasificado en el Archivo Nacional Estados Unidos reveló que durante una conversación con el primer ministro británico Edward Heath, el 20 de diciembre de 1971, el presidente Nixon admitió que «Brasil ayudó a manipular las elecciones uruguayas». A ese hecho me refiero en mi libro Fórmula para el caos-La caída de Salvador Allende, publicado el año pasado en Chile por la Editorial Random House. En ese libro hay varios capítulos sobre los golpes militares en el Uruguay y Bolivia, con base en la documentación brasileña desclasificada. Pero el apoyo al golpe de Estado en Uruguay fue también de Argentina. Los servicios de inteligencia de esos países, inclusive de Uruguay, actuaban de modo coordinado con la CIA.

 

­¿En esos años Brasil fue la vanguardia de los que se llamó la «contrarrevolución» en Latinoamérica?

­Es necesario comprender el contexto de la época, en que la guerra fría se profundizó en América Latina, tras la revolución cubana. Brasil estaba bajo una dictadura militar, como otros países de América Latina. Pero la vanguardia era Estados Unidos, que ha impulsado todos los golpes militares, con base en las doctrinas de la acción cívica y de la seguridad nacional, contra el llamado «enemigo interno», doctrinas esas difundidas por intermedio de la Junta Interamericana de Defensa (JID). Donde un gobierno se opusiese a su política externa, sobre todo con respecto a Cuba, allí ocurría un golpe militar estimulado y sustentado por Estados Unidos.

 

­¿Tiene usted un relevamiento de la injerencia de Brasil en el Siglo XX, en los asuntos internos de otros países de la región?

­Durante el siglo XX, injerencia hubo tanto de Brasil como de Argentina en asuntos internos de otros países. Pero la principal injerencia siempre fue de Estados Unidos, desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Su presencia en todas las regiones del mundo siempre fue un factor de instabilidad, como ahora con la ampliación de las bases militares en Colombia.

 

­Ya antes de que surgiera esta noticias de la injerencia en Uruguay y posteriormente en Chile, en internet, desde distintos medios, se hablaba en estos días negativamente de la política exterior de Brasil. ¿Cree que hay interés de desprestigiar a Brasil, en momentos que crece la tensión por la instalación de bases militares de Estados Unidos en Colombia?

­Esas noticias no son nuevas. La conexión de Brasil con el golpe en Chile siempre fue conocida, desde fines de 1973, cuando la periodista americana Marlise Simons publicó un artículo en el New York Times, bajo el título «The Brazilian Connection», mostrando los entendimientos entre empresarios chilenos con empresarios brasileños, en San Pablo, articulados con la CIA. En mi libro Fórmula para el caos muestro el rol de Brasil en los golpes en Uruguay, Bolivia y Chile. Pero su rol, en Chile, fue secundario y los planes elaborados eran para el caso en que las Fuerzas Armadas chilenas se dividieran. En todo caso, esa amplia divulgación ahora ocurre porque fue desclasificado el memorando de la conversación del general Emilio Garrastazú Medici con el presidente Richard Nixon. El documento es nuevo, pero el contenido no.

 

­Para muchos observadores y actores políticos la política de Itamaraty tiene como característica fundamental su continuidad histórica. ¿Es justa esa afirmación sobre la continuidad o hay un quiebre en determinado momento? ¿Cuándo la Cancillería de Brasil abandona su injerencia en otros países de la región?

­Sí, hubo una ruptura en las directrices de no intervención en los asuntos de otros países, durante el período de la dictadura militar. El gobierno del general Humberto Castelo Branco, constituido tras el golpe militar de 1964, defendió la reformulación del concepto de soberanía, defendiendo la doctrina de las «fronteras ideológicas». Fuera inspirada por Estados Unidos. Luego retrocedió, pero el general Juan Carlos Onganía, como dictador en Argentina tomó la defensa de las «fronteras ideológicas», doctrina esta que justificaba la intervención militar en cualquier país de América Latina donde un gobierno se inclinase para la izquierda, constituyendo, por consiguiente, un «enemigo interno». Los golpes militares que entonces ocurrieron fueron más un fenómeno de la guerra fría, que se extendió a toda la América Latina, que de política interna de Argentina, Brasil, Uruguay, etc. Y quién los fomentaba era Estados Unidos en su esfuerzo para detener la influencia de la Unión Soviética y combatir las guerrillas que irrumpían, fomentadas y financiadas por el gobierno de Cuba, lo que también era una injerencia en los asuntos internos de otros países.

 

­En América Latina una de las ideas fuerza de los gobiernos progresistas es defender la no intervención en los asuntos internos. Esta idea ha tratado de ser el escudo de nuestro países, ante posibles intentos de golpes de Estado apoyados por Estados Unidos. Si este planteo se llevara hasta las últimas consecuencias Colombia tendría todo el derecho a instalar bases militares de otros países en su territorio. ¿Acompaña esta razonamiento?

­Un gran jurista brasileño, Ruy Barbosa, dijo durante la Conferencia de La Haya, en 1907, que «la soberanía es la muralla de la patria». El principio de no intervención en los asuntos internos es fundamental para los países latinoamericanos. Pero Estados Unidos nunca lo respetó, no solo en América Latina sino en ninguna otra parte del mundo. Es el único país que tiene fuerzas no para defender sus fronteras territoriales, pero sí sus fronteras económicas, y estas están donde haya inversiones de corporaciones americanas. Esta es la razón por la cual sus tropas están estacionadas en todos los continentes. Estados Unidos actualmente es una potencia deudora, depende de todo, de energía e incluso de capitales para financiar su consumo. Su principal producto es el dólar, que es la moneda de reserva internacional. Pero ¿hasta cuándo? La caída del Imperio Romano duró décadas. La del Imperio Americano va a durar solamente algunas décadas. ¿Cuántas? es difícil decir. De cualquier modo el siglo XXI no será el nuevo siglo de EEUU como querían y quieren los neoconservadores que apoyaron el presidente George W. Bush.

 

­¿Es más importante oponerse a la instalación de las bases militares, que abstenerse de participar en la defensa de la no intervención?

­Es cierto que los Estados de América del Sur deben oponerse a la instalación de Estados Unidos en la región. Pero ese es un problema, porque el país es soberano para decidir si acepta o no bases extranjeras en su territorio. Cuba tuvo bases soviéticas e inclusive permitió la instalación de plataformas de misiles, lo que no fue completado por causa del bloqueo de Estados Unidos. Pero la verdad es que las bases norteamericanas en países de América del Sur, en la América Central y Caribe ya existen hace mucho tiempo. Los Estados Unidos están realmente creando un cinturón de bases militares alrededor de Brasil, en Manta, en el Ecuador, y otras, en Perú y Colombia, así como en Surinam y Guyana. Había también en Bolivia. Algunas son permanentes, otras son para ocupación ocasional, como en Paraguay. Esa no es propiamente una base: Estados Unidos tiene una pista construida desde la década de 1980, mayor que la pista del Aeropuerto Internacional en Río de Janeiro, la mayor pista de poso de Brasil, con 4.240 metros de extensión. En Paraguay, grupos de 400 soldados norteamericanos, iban a hacer ejercicios conjuntos, cerca de la frontera de Brasil o en otros locales. El Centro de Informaciones del Ejército ha calculado, hace algunos años, que cerca de 6.300 militares norteamericanos, sin contar soldados de agencias no gubernamentales contratados por el gobierno de Estados Unidos, estuvieron o realizaron operaciones en la región de la Amazonia entre 2001 y 2002.

 

­¿Si las bases militares fuera brasileñas, usted las rechazaría? ¿Y si fueran venezolanas?

­ Estados Unidos tuvo bases militares en Brasil durante la Segunda Guerra Mundial. Quiso mantenerlas, después que la guerra terminó en 1945. Pero el gobierno del presidente Getulio Vargas no permitió. Los norteamericanos tuvieron que irse.

 

-Las maniobras militares de Venezuela con Rusia, en caso de concretarse, ¿no serían un peligro para la estabilidad de la región?

­ No, de ningún modo. Rusia está muy distante. No va a involucrarse en una guerra en la América del Sur. Y Venezuela no constituye ninguna amenaza. Un país que depende de la importación de armamentos y piezas de reposición, además de alimentos, no amenaza a nadie. ¿A quién Venezuela va a amenazar?

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