Constatación de una gran carencia
Inmerecidamente dada la modestia de mi persona y de mi pluma fui mencionado en reiteración real, con lectura de un texto mío incluida, durante el debate por el proyecto de ley que castiga el acoso sexual en el trabajo y la educación.
Me sacudieron más que piñata de cumpleaños. ¿La razón? La «liviandad y ligereza» entre otros epítetos vertidos con indignación, casi iracundia, abrumadoramente femenina con que yo me habría ocupado de la cuestión en la Columna Amarilla de ayer. Declaro que las indignadas y las iracundas se pueden quedar con la impresión que más les plazca, usarla y alimentarla como a un conejito o un canario en la jaula del balcón o del altillo. Tienen derecho.
Es pura libertad de expresión, más allá de que hayan aproximado a un viejo y humilde periodista a la imagen, qué sé yo, de un Charles Manson vernáculo mezclado con Tinelli e influido por Jorge Corona.
A mí me inquieta una triste constatación.
Estas buenas personas carecen de sentido del humor, son analfabetas en ironía y creen que todo asunto al que le hayan colgado la cucarda de la solemnidad debe ser, so pena de escarnio público, tratado con apropiada retórica, o sea pesada, antigua, operística, tensa y, por cierto, filosofante.
No entendieron nada de lo que leyeron.
Es su carga. Que la agreguen a sus sombras interiores.
No es mi problema: no hago caridad con la sonsera ajena ni soy piadoso con la cerrazón mental de mis congéneres, hombres o mujeres, salvo, claro, cuando la causa una patología corregible. ¿Será el caso?
Todos lo humano puede ser visto a través del humor, aun vestido de ironía, sin que implique irrespetuosidad. Todo. Hasta la muerte.
Uno de los integrantes más queridos de un grupo de conversación al que pertenezco falleció hace un tiempo. Cada nueva reunión se le encaja una puteada al son de un brindis.
Es que se fue, del todo, debiendo una botella de whisky. ¡Qué decir de los ifugaos de Filipinas! Bailan y se emborrachan, días y días, en honor de aquellos miembros de la tribu a los que se les ocurre irse muriendo.
Déjense de embromar.
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