Calderón, ovacionado en el Parlamento al cerrar su discurso con Zitarrosa
Ministros y secretarios. Ujieres y funcionarios de protocolo. Edecanes, diputados, senadores, dirigentes políticos. Y periodistas. Uruguayos y mexicanos.
De uno en uno y de dos en dos ingresaban puntualmente a las 16 horas de ayer a presenciar la sesión de honor de la Asamblea General Legislativa en el marco de la visita del presidente mexicano, Felipe Calderón.
El vicepresidente Rodolfo Nin Novoa no se distanció un segundo del visitante durante la hora y poco que estuvo dentro del Palacio Legislativo. Los dos, Nin Novoa y Calderón, recorrieron la distancia entre el despacho del presidente de la Asamblea General y el hemiciclo donde se realizan las sesiones, aproximadamente unos 150 metros entre uno y otro, siendo acompañados desde atrás por sus correspondientes esposas.
Ellas, que dicho sea de paso tenían entre sí mucha similitud física, se ubicaron luego en uno de los dos palcos de honor. Es más, vestían chaqueta y falda a tono, y corte y peinado casi idénticos.
En el hemiciclo, abajo, diputados y senadores de todos los partidos se iban ubicando acorde el lugar que tradicionalmente ocupan sus bancadas.
No estaban todos. Faltaron a la cita algunos blancos, muchos colorados y unos pocos frenteamplistas.
Como marca el protocolo, la sesión la inició el presidente de la Asamblea General (máximo evento legislativo que no es otra cosa que diputados y senadores juntos en un mismo recinto), Rodolfo Nin Novoa, dando la bienvenida al mandatario visitante.
En su discurso (de pie, como también marca el protocolo), Nin Novoa resaltó el papel que asumió el gobierno de México y muy especialmente su política exterior en los años de la dictadura militar uruguaya. El país azteca fue uno de los destinos a los que debieron apelar a la hora de emigrar por cuestiones políticas, que vale decir por razones de vida, muchísimos uruguayos.
Mencionó muy especialmente la gestión del entonces embajador mexicano en Uruguay, Vicente Muñiz Arroyo, que «con una actitud valiente y comprometida» ayudó a decenas de uruguayos refugiándolos en la sede diplomática y habilitándoles su partida a tierras mexicanas, sostuvo.
«Admiramos mucho el México de Emiliano Zapata, de Diego Rivera y de Frida Kahlo», dijo Nin, «y de los tres premios Nobel, como Octavio Paz (letras), Mario Molina (químico) y Alfonso García Robles (diplomático)».
Y hubo más. Nin no se olvidó del séptimo arte y mencionó el aporte que desde aquel país se hizo al cine incluso trascendiendo todas las fronteras: «También recordamos a Mario Moreno Cantinflas».
Unas líneas especiales le dedicó a la labor diplomática que realizó en Uruguay el poeta Amado Nervo, fallecido en Montevideo en 1919, a los 48 años de edad.
Desde las barras, atestadas de periodistas, uno que no era uruguayo dijo que entre las personalidades citadas faltaron algunas de renombre. Otro que no era mexicano le respondió: «La sesión tiene que terminar a la hora fijada». Claro, en referencia a una nación con tanta historia y con tantos hijos dilectos, es natural la omisión involuntaria de muchísimos de ellos.
Ya más contemporáneo, Nin Novoa seguía con su discurso y resaltó «los logros comerciales» entre ambas naciones en el marco del Tratado de Libre Comercio firmado el 15 de junio de 2004, augurando una mayor profundización en las relaciones diplomáticas «para los próximos tiempos». Nin también subrayó que «Uruguay nunca estableció restricciones a México» tras la aparición de la gripe A H1N1. El presidente Calderón asentía cada palabra de Nin Novoa.
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