Reconocimiento académico a dos prestigiosos universitarios
No es necesario subrayar la justicia de tal reconocimiento académico ya que ambos profesionales y docentes (y en el caso de Couriel, político de relieve) han exhibido a lo largo de sus trayectorias un fortísimo compromiso con nuestra Universidad pública.
A sus 77 años, Horacio Cassinelli Muñoz ha dejado la docencia tanto en la Facultad de Derecho, cuya cátedra de Derecho Constitucional ejerció desde hace más de 40 años, como en la de Ciencias Económicas, en la que se desempeñó como docente de Derecho Público.
Hombre de perfil bajo y de pocas palabras, Cassinelli es un auténtico fuera de serie, un «rara avis» en el panorama cultural uruguayo. Se recibió de abogado a los 23 años, en 1955; incursionó en la música realizando estudios de violoncelo que debió abandonar por falta de tiempo, aunque en ciertas veladas familiares hizo dúo con su hermano Martín, también abogado y violinista que integró la Ossodre y la Sinfónica Municipal. Tiene, también, el título de Profesor de Matemáticas egresado del IPA, vocación que demostró ya en sus años de liceal, cuando su profesor de matemáticas, Forteza, solía visitarlo en su casa y ambos permanecían hasta la madrugada analizando teoremas. Casi podría decirse una suerte de «homo universalis» del siglo XX. Reconoce que le gusta su profesión de abogado, aunque «no la parte concreta de los pleitos». Tuvo un breve pasaje por el Poder Judicial: fue juez letrado en Rivera, allá por los años sesenta. No se le conoce actividad artística, pero su primogénito y homónimo vive en París, donde se dedica a las artes plásticas. Otro de sus hijos, Alvaro, parece haber heredado las condiciones científicas de su padre: es ingeniero electrónico y se desempeña actualmente como docente en la Universidad de Tokio, donde reside.
No obstante su indiscutible pertenencia al Uruguay, Cassinelli Muñoz no reúne ciertas características propias del ser nacional. Por ejemplo, nunca fue al Estadio Centenario; no bebe mate ni le interesa el Carnaval. Y cuando le pregunto por Gardel, me responde escuetamente: «Es bueno»; ante mi insistencia («¿Nada más que bueno?»), confiesa que no le interesa «ese tipo de música». No, lo suyo es el barroco; y tiene a Antonio Vivaldi en un pedestal, más empinado aún que Bach.
Su carrera docente tuvo su inicio a fines de los cincuenta, en la Facultad de Derecho, y empezó a dar clases en la Facultad de Ciencias Económicas en 1967 como titular de la cátedra de Derecho Público. Llegó un momento en que, además de la docencia universitaria, daba clases de matemáticas en los liceos públicos.
«La distinción académica que voy a recibir es simplemente un título honorífico. Profesor Emérito no es un cargo; los cargos son de profesor con sus grados. Las autoridades universitarias pueden otorgar esos títulos; Doctor Honoris Causa, que lo otorga la Universidad, o Profesor Emérito que lo otorga cada facultad», dice Cassinelli.
Una vez instalada la dictadura en Uruguay, a los profesores de la Facultad les hacían un sumario y los destituían por las causales de «omisión e ineptitud». En el caso de Cassinelli, fue una solución diferente. «En vez de destituirme, no me reeligieron». La omisión y la ineptitud se configuraban, a criterio de los sumariantes, por una declaración jurada como que no pertenecían a ninguna organización antinacional. «En mi caso dice Cassinelli, ante el sumariante, yo repetí el texto de la declaración jurada, porque yo no había pertenecido a ninguna organización disuelta por el Poder Ejecutivo que fuera antinacional (sonríe). Entonces, ya tenían impresos a mimeógrafo los informes para destituirme con resolución de sumario, pero los obligué a buscar otro camino para deshacerse de mí».
Le pido su opinión sobre algún planteo del actual rector sobre la necesidad de rever y actualizar la Ley Orgánica. Cassinelli entiende que funciona bien, aunque tal vez habría que mejorar y precisar las funciones que debe desempeñar el Consejo Directivo Central, sobre todo en lo que tiene que ver con la habilitación de universidades privadas.
Y finalmente, me resulta imposible no preguntarle su opinión sobre la anulación de la Ley de Caducidad. Cassinelli sostiene que no es necesario promover esta consulta popular, ya que correspondería que fuera la Suprema Corte de Justicia la que la declarara inconstitucional. No obstante, es claro que de prosperar la iniciativa y triunfar la anulación de la Ley, ésta quedará automáticamente sin efecto.
Combinar la academia con la realidad
A diferencia de Cassinelli Muñoz, de cuya personalidad introvertida ya hice referencia al comienzo, Alberto Couriel resulta de una locuacidad destacable, además de considerarse futbolero y tanguero.
«Es un gran honor», confiesa al preguntarle el significado de la distinción otorgada. «Este título me lo da la Udelar, que es la que me dio la formación de vida, una visión del mundo; me dio cultura y marcó mi futuro». Couriel tiene un particular reconocimiento a Luis Faroppa, «el gran maestro de toda mi generación», bajo cuyo magisterio se inició en la docencia en 1963. También participó activamente en la Cide, que dirigía Enrique Iglesias, «que tenía un extraordinario conocimiento de la realidad». «Tuve compañeros de generación excepcionales continúa Couriel con quienes hicimos tareas en equipo permanentemente. Yo era profesor de Teorías del Desarrollo, análisis del mediano y largo plazo. Pero en la Cide hacía también política económica, política de corto plazo, de coyuntura. La Cide para mí fue fundamental porque me dio conocimiento de la realidad; hasta entonces, yo no podía combinar la academia con la realidad».
Poco después del golpe, a fines de 1973, la Universidad organizó un programa de disertaciones sobre propuestas para resolver los problemas que tenía el país. Y ese ciclo que se desarrolló en el Paraninfo, le cupo a Couriel el honor de cerrarlo. «A fines del 73 me echaron» recuerda Couriel. «Enseñaba Teoría Económica III, que después se llamó Teoría del Desarrollo Económico, y después, Economía de América Latina». Luego del golpe del 73, como tantos otros, Couriel debió exiliarse, ya que había sido uno de los integrantes del grupo asesor del general Seregni. «Terminé dando clases y asesorando a otros gobiernos en el exilio». Y de su experiencia del exilio, expresa un particular reconocimiento a otros economistas: «Tuve la suerte de trabajar con Fernando Fajnzylber, que fue un gran renovador del pensamiento de la Cepal».
Eran otros tiempos, naturalmente, y el conocimiento era importante. «Investigábamos en equipo, buscábamos publicaciones que tuvieran influencia directa sobre la política del Uruguay. En 1967 escribimos, junto a Lichtenztejn, ‘El FMI y la Crisis Económica Nacional'; publicamos en 1969 ‘El Proceso Económico del Uruguay’, que para que fuese más accesible para el gran público lo reescribió Eduardo Galeano para la colección Nuestra Tierra. Después hicimos estudios de coyuntura; estábamos preocupados por la realidad».
En estos momentos no se puede obviar en la charla la crisis actual. Al respecto, sostiene Couriel: «El predominio del pensamiento económico tiene etapas. En los noventa, predominaba el neoliberalismo surgido del Consenso de Washington; pero con la crisis actual, vuelve el keynesianismo, vuelve el pensamiento progresista de muchos latinoamericanos. Y uno se siente reivindicado con el hecho de que ahora se ponga el acento en el empleo, con que el empleo pase por el gasto público, por la intervención del Estado, por la política. Hay elementos que provienen del pasado. Ahora hay mucho del pensamiento económico latinoamericano que se puede reivindicar a partir de la crisis financiera que se está viviendo a nivel internacional. Las recetas neoliberales se derrumbaron: el mito de la no intervención del Estado, de que el mercado resuelve todo».
Si bien actualmente Couriel ya no es más profesor en la Udelar, sigue ejerciendo la docencia pero no
en Uruguay. Viaja periódicamente a España, donde es profesor de una Maestría de Desarrollo Económico Mundial en la Universidad de Andalucía, y sus alumnos son profesores universitarios de toda América Latina.
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