Octubre
Ahora que las cartas están sobre la mesa corresponde levantar la mirada y fijar objetivos claros, que además sean de práctica responsable y de ética sin tacha. Las elecciones internas fueron, para el Frente Amplio, una verdadera prueba de madurez y de seriedad. Muchas cosas estuvieron en juego hasta ahora. Parece evidente que muchas más están en juego a partir de ahora.
Plantear la necesidad de una victoria de la izquierda en primera vuelta puede sonar, para algunos, a perogrullada. Para otros será, en cambio, una movida demasiado riesgosa. Sin embargo, creo que mal haríamos si no fijáramos como meta el triunfo electoral en primera vuelta. Hay varios motivos que no son ni perogrulladas ni audacias vanas, para establecer esa prioridad desde hoy mismo.
El primero de ellos el de la unidad. No hablo aquí de la unidad de la fuerza política, sino de la unidad de ese amplio y variado abanico de ciudadanas y ciudadanos que conforman el sostén electoral del Frente Amplio. Ganar en primera vuelta las elecciones nacionales va a comportar un severo esfuerzo de cohesión, tanto en lo que se diga como en lo que se haga.
No me refiero solamente a los principales referentes partidarios, a los candidatos más relevantes empezando sin duda por los candidatos a la presidencia y a la vicepresidencia de la República. Me refiero también a cientos de dirigentes que van a cargar sobre sus hombros la responsabilidad de traducir en discursos, gestos y propuestas, los anhelos de una enorme cantidad de uruguayas y uruguayos, tanto en Montevideo como en el interior del país.
Y me refiero también a quienes tienen responsabilidades de gobierno en las actuales circunstancias. Es clarísimo que, si el Frente Amplio goza de un favor mayoritario, entre las razones para ello se encuentra la enorme solidez del actual gobierno y del Presidente de la República. Las encuestas son elocuentes. Descuidar la gestión de gobierno en estos meses puede significar, además de un grave fallo en la ética política, un error de proporciones incalculables. La campaña demandará grandes energías personales y colectivas. No deben entreverarse las aguas. Los que gobiernan, deben dedicarse a gobernar.
Mostrar un gobierno coherente, sólido y comprometido hasta el último día será, como han sido tantas otras cosas, un elemento diferenciador de gran importancia. Baste recordar lo que ocurría en anteriores gobiernos, cuando la campaña electoral se metía hasta en los despachos ministeriales, en muchas ocasiones con la expresa oposición de quien era presidente de la República.
Hay otros motivos para pensar en octubre. Uno de ellos tiene que ver con el necesario aval que deben recibir los profundos cambios implementados hasta ahora durante este período. De otro modo, podría resultar muy complejo proponerse una profundización de esos cambios (en la distribución de la riqueza, en la salud, en las leyes laborales, en la educación, etcétera) sin poder exhibir un respaldo contundente a lo ya hecho.
Es claro que las elecciones nacionales no serán solamente un plebiscito sobre el primer gobierno de izquierda en Uruguay. Serán otras cosas, pero también esa: un plebiscito.
Los uruguayos deberemos definir entre todos si queremos o no queremos más izquierda, más frenteamplismo, más solidaridad social, más igualdad, más respeto a la diversidad, o si por el contrario preferimos un regreso al Ancien Régime, al país sin protección laboral, sin Consejos de Salarios, sin políticas de derechos humanos, sin relaciones con Cuba, sin salud para todos, sin Plan Ceibal.
En esos términos está planteada la elección de octubre. Ni más ni menos. Dos bloques bien diferenciados ya se pueden distinguir con claridad. En nuestras manos está el convencer a la mayoría, en sostener ese convencimiento, en ampliarlo a nuevos votantes.
Por eso octubre es la palabra clave. Los candidatos son importantes, por supuesto. La unidad de ideas y de acción del Frente Amplio será fundamental para ganar en primera vuelta y, con ese sólido e incuestionable respaldo popular, proseguir la tarea de convertir al Uruguay en un país que, además de ser grande, sea justo.
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