Giro de época: la impaciencia al acecho y el miedo de quedar por fuera
El triunfo de José Mujica en las internas del Frente Amplio constituye una expresión contundente de la fuerte transformación de la sociedad uruguaya -que a pesar de lo que muchos creen- se muestra cada vez más fracturada e impaciente. Mujica en parte expresa e interpreta esa grieta de profundas dimensiones de la sociedad. El respaldo a Pepe hay que rastrearlo en la crisis del 2002, que desde mi punto de vista configuró un nuevo país drásticamente diferente que se expresa hoy en esta votación de un tupamaro en el siglo XXI. El Frente Amplio tiene chances serias de ganar las elecciones en octubre porque hay un sector de la coalición que ha logrado interpretar a «los pobres de siempre», esos que hoy están ilusionados en que alguien con alta exposición pública hable de ellos, como ellos y por ellos y no de «la pobreza».
El giro de época comenzó en el 2002. No se ha reparado en la profundidad de lo que implicó esa crisis. He sostenido que ese año terminaron los cuatro mitos del Uruguay feliz. Por eso, observo con cierta perplejidad el determinismo economicista que una parte de la izquierda exhibe. Aunque hoy haya 350.000 pobres menos eso no quiere decir que culturalmente no los haya. Y me animo a decir que tampoco materialmente, porque las condiciones de hábitat de los cinturones marginales de las ciudades no han cambiado. Yo creo que el giro de época se expresa en una sociedad que está cada vez más impaciente y tiene miedo de quedar por fuera y excluida.
Cada vez que la realidad nos muestra lo lejos que estamos de aquel «país modelo», por nuestros indicadores sociales y económicos, nuestros sueños vuelven una y otra vez, cual mito del eterno retorno, a reformular aquel relato para ubicarlo como norte de construcción de nuestra sociedad, en una versión aggiornada de aquel país modelo. Pero algo es cierto, aunque tengamos una versión actualizada de aquella utopía del Uruguay batllista e integrado, nuestras prácticas cotidianas presentan señales contundentes de distanciamiento de prácticas integradoras. El Uruguay no es uno sino muchos, tantos y tan distintos que no sólo no se reconocen entre sí, sino que también ahora se rechazan. Por eso hemos transitado desde el Uruguay feliz hacia una ciudadanía fracturada. Por eso hemos transitado desde «como el Uruguay no hay» al «como el Uruguay no había».
Escuchar a Mujica es siempre atrapante, en el acuerdo o el disenso. No es predecible en su comunicación y creo que ese es su mayor capital. Pienso que quienes criticaron su «falta de coherencia» entienden muy poco los códigos de la nueva sociedad que ha emergido desde el 2002. En su microclima viven en otra sociedad, son expresión tal vez de quienes se han recuperado de la crisis y han tenido retornos materiales del país que avanzó. Pero no han advertido que en rigor el Uruguay se ha desacoplado, se ha fracturado y se han distanciado las partes. Comprender esto es clave, porque las partes que se separaron no son iguales ni en sus dimensiones ni tampoco en su configuración sociocultural. Son diferentes y por lo tanto, sienten y perciben distinto.
Quienes respaldaron a Astori apostaron a presentar a un presidente que fuera confiable y predecible. Ese énfasis fue, a mi entender, un serio error de posicionamiento político. El oficialismo no paga. No se percataron de que entre los frenteamplistas existe también cierta impaciencia y malestar porque cada vez más la izquierda es el Uruguay. Increíblemente asociaron la idea de que el respaldo a Tabaré era transitivo. El día que Astori dijo que su gobierno iba a ser igual al de Tabaré terminó de sepultar sus oportunidades de disputa. Ese anuncio enterró la ilusión y la expectativa de lo nuevo. Los buenos modales no le caen bien a una parte importante del electorado que está enojada. Y lo expresa a la «uruguaya».
Carámbula, por su parte, ha marcado un rol articulador, con propuestas desde la izquierda e incorporando temas a la agenda. Su punto de apoyo fueron las capas medias. Es muy probable que su expresión electoral no represente en forma directa el aporte y el impacto que su candidatura tuvo en la dinámica interna del Frente Amplio. En parte, su presencia retuvo votos en general al Frente Amplio que se distribuyeron entre los tres candidatos. Tuvo un efecto estabilizador de la interna y de amurallamiento electoral para el conjunto del Frente Amplio. En la medida en que transcurra el tiempo, su papel será valorado con mayor perspectiva y tenderá a ser más relevante si decide consolidar el espacio político creado porque la dinámica de la izquierda necesita de «tejedores».
Quienes quisieron arrinconar a la disidencia para presentarla como impresentable o incomprensible hoy deben estar perplejos. ¿Cómo puede ser que haya pasado esto? El candidato del Presidente y de la mayor parte de los sectores del Frente Amplio no ganó. Es simple, la voz de los pobres y la impaciencia de las capas medias encontraron un cauce compartido. Y juntas son dinamita. Que la voz de los pobres y discriminados y también «los molestos» de las capas medias se hayan rebelado es un dato a tener en cuenta. La izquierda no tiene capilaridad en esos sectores que le permita imponer un candidato: gana quien convence y seduce.
Ahora, con los resultados a la vista, hay que advertir sobre un problema que avizoro en el horizonte: que quienes perdieron quieran poner condiciones como si hubieran ganado. Una cosa es la grandeza a la hora de ganar y la otra es «apichonarse». Hay algunas señales realizadas en la última semana que francamente pueden percibirse como la debilidad de los ganadores y el condicionamiento de los perdedores. El gesto político de filtrar a la prensa «condiciones» no deja de llamar la atención. La negociación de la nueva arquitectura del poder en la izquierda no se hará en una reunión bilateral entre Mujica y Astori. El 28 de junio se terminaron esos alineamientos y ahora el juego es más abierto. Al menos hay tres en esa mesa además de los siete sectores que tienen representación parlamentaria.
El nuevo esquema de poder en la izquierda comienza entonces a configurarse. No será fácil su diseño porque sin duda la estructura del Frente Amplio ya cambió en esta elección interna y eso no tiene retorno. La tendencia es la configuración de espacios políticos, aunque manteniendo los agrupamientos políticos actuales. El Frente necesita contrapesos y equilibrios. Mujica lo sabe y seguramente a su tiempo favorecerá la existencia de una arquitectura interna que evite tener sólo dos puntos de apoyo.
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