26 años después. Un libro dedicado por Wilson a Seregni ocupará un lugar en la Biblioteca del Poder Legislativo

Historia de un objeto testigo de nuestra historia

En ese momento no sabíamos que ese ejemplar iba a ser testigo privilegiado de un cuarto de siglo de lo mejor de la historia de todos los uruguayos.

De aquello que nos hace ser, por encima de legítimas discrepancias, como decía Wilson «una comunidad espiritual». Mañana ingresará solemnemente a la biblioteca del Poder Legislativo. Veamos por qué así lo dispuso el nuevo Presidente de la Cámara de Diputados. Conocí el texto de la dedicatoria de Wilson. Llegó 25 años después de aquella historia. Exactamente. Ni un día más ni un día menos. Junto a ella la curiosidad de dónde habría ido a parar aquel ejemplar, que rápidamente pasó por nuestras manos y pasó una y otra vez de manos ilustres a anónimas. De manos uruguayas a extranjeras. Ese ejemplar que estuvo en las manos de Wilson y de Seregni. De militantes clandestinos y libreros y cuantas otras que llevaría un tiempo descubrir.

El 2 de mayo del año pasado pasé por una librería donde me habían advertido que lo tenían, en la Calle 21 de setiembre. Ya lo habían vendido. Pero Artola tuvo a bien fotocopiar la dedicatoria para que yo la conservara de recuerdo. Decía en inconfundible letra de Wilson «A Líber Seregni, general del Pueblo, por lo tanto mi general, afectuosamente, Wilson Ferreira Aldunate».

Lo que yo tenía en manos era una mera fotocopia. Alcanzó para erizarme. Desde casa telefoneé al librero para agradecer el gesto y le pregunté si había reparado en la fecha. El fue a mirar la copia que había guardado de recuerdo. En efecto, ese mismo día en que hablábamos, aquella dedicatoria en un ejemplar de mi primer libro, cumplía un cuarto de siglo de vida. Y de testigo de buena parte de nuestra historia. O de lo más bonito de ella. La grandeza, la civilidad republicana, el respeto entre aquellos que pueden discrepar en cualquier cosa menos que siempre el interés patrio está por encima de cualquier otra circunstancia.

Porque soy un enamorado de los libros, me puse a pensar. El libro como el humano tiene dos dimensiones, una espiritual y una física. Un alma y un cuerpo. Mientras que los humanos tenemos un solo cuerpo, el libro tiene una vida propia en cada uno de sus ejemplares. El libro no muere mientras que nuevas generaciones lo lean, ni mientras descanse en alguna biblioteca, siendo testigo silencioso del paso de los años y los tiempos.

El episodio me daba vueltas en la cabeza. Llamé de nuevo. ¿Quién lo había comprado? Un español, me dijeron. Nada más, hasta ese entonces sabíamos de los nuevos destinos que tendría aquel ejemplar que fugazmente pasó por nuestras manos 25 años antes en Londres. Pero se volvería a acordar de nosotros y obligarnos a todos a acordarnos de él.

Llamé de inmediato al diario LA REPUBLICA. La historia que tanto me emocionaba tenía que contarse. Al día siguiente se publicaba en contratapa que escribí especialmente. Al lado de las palabras que había redactado, el escaneado impecable de la dedicatoria de Wilson. La publicación permitió que la emoción sobreviviera varios días. Si «de muestra vale un botón», recuerdo el abrazo que nos dimos con Carlos Bouzá saliendo de la Embajada de Israel en Iom ha Atzmaut el año pasado. La última vez que lo habíamos hecho, había sido en el llorado entierro de Diego.

Cuando dos ex exiliados se abrazan, un halo de magia los envuelve. Sólo ellos saben lo que ocurre. Cuántos recuerdos y vivencias resucitan. Cuánta fuerza tienen esas evocaciones. Cuánta vida retoman los recuerdos. Qué poco importan en ese momento las diferencias y discrepancias a la que la vida política nos haya llevado. Qué poca trascendencia tendría todo si tuviéramos que superarlas para sentir lo que sentimos. Como proseaba el gran Osiris Rodríguez, poeta criollo si los hay, en el relato del Malebo: «Bueno, la cosa pasó…» y lo otro «jue tan repente que hasta me parece cuento. Jue, dispués de mediodía…».

Hace muy pocos días, estaba reponiéndome de una gripe después de un ajetreo largo en la que me había acompañado. Había estado declarando en Buenos Aires en el juicio a Videla por el asesinato de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, William Whitelaw y Rosario Barredo. De ahí a Paraguay en un viaje estrictamente profesional. Finalmente, gripe y yo llegamos a Montevideo. Ya era hora de sacármela de encima. En eso estaba, cuando suena el teléfono. No podía ser. Mi familia miró sorprendida por mi expresión al cortar el teléfono.

El presidente de la Cámara de Representantes, Roque Arregui me invitaba a un acto. Distinguido y apreciado adversario, Roque se sienta en el sillón más republicano de nuestro sistema. Expresión pura de la voluntad del soberano. El sillón que ocuparon en algún momento Wilson, Mario Heber, Carlos Julio, el Toba. Colorados como Luis Hierro Gambardella. Frentistas como Guillermo Alvarez, pilar de socialismo democrático uruguayo… Allí se sienta hoy Roque y, en sus manos, mi libro. Aquel español que lo compró, seguimos sin saber quién fue, pero nos damos cuenta con qué intención lo hizo.

El libro objeto, cuerpo de la obra, cruzó nuevamente el Océano y se paseó en Madrid entre las manos más ilustres hasta que el presidente de las Cortes decidiera repatriarlo para que no descanse, sino que siga vivo en su verdadera patria. El Parlamento uruguayo tiene privilegiadas relaciones con las Cortes, programas de cooperación y hasta una Fundación si tengo bien entendido. Una delegación hermana puso en manos del presidente de la Cámara de Diputados uruguaya el viejo ejemplar, ya algo descolorido, que guarda además del contenido de sus páginas, sus recuerdos propios. Sus recorridas de Sur a Norte y sus viajes para un lado y otro del Atlántico. Las personalidades que conoció, los diálogos que escuchó y la grandeza democrática de la que fue involuntario protagonista. Mañana a las nueve y media, por disposición del presidente de la Cámara, el libro acompañado por él, por la delegación española y observado con unción por mi emocionada presencia, pasará a ocupar un lugar en la Biblioteca del Poder Legislativo. En el viejo Palacio, símbolo de nuestras instituciones. A pocos metros del Salón de Pasos Perdidos donde fueron velados a la hora de la partida, tanto Wilson, como Seregni, despedidos por la congoja de su pueblo.

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