Presidente Arregui. Dijo que estaba "avergonzado" por lo ocurrido

El día después: severa advertencia ante eventuales desmanes futuros

Llegó el presidente y mandó a parar. Apenas 24 horas más tarde de las últimas escaramuzas protagonizadas por los diputados, el titular de la Cámara baja, Roque Arregui, sacó a relucir el código de convivencia y disciplina que rige el funcionamiento en ese recinto.

«Estoy avergonzado de lo que pasó», dijo Arregui, que en la sesión del martes pasado, cuando los diputados Sergio Botana (Partido Nacional) y Alvaro Vega (Frente Amplio) amagaron dos veces con medir su destreza pugilística, él se encontraba ausente.

De la partida participó también, aunque en un rol de barra de aliento, la diputada blanca Alejandra Etcheverry. «Y preocupan estos acontecimientos porque no es la primera vez que pasan», sostuvo, más con un tono de docente que de presidente de los diputados. Arregui prometió que «a partir de ahora» hará cumplir el reglamento y en particular los artículos 73, 74 y 75. Con estas herramientas en la mano, la Cámara podrá apercibir a un representante si no está cumpliendo las normas. De reiterarse, la sanción será suspenderle el uso de la palabra y si insiste en violar el código se lo retirará de sala. Es verdad que los disturbios del martes 17 no han sido los únicos pero nada garantiza que sean los últimos. El Parlamento uruguayo registra un rosario de hechos violentos entre los legisladores. La historia reciente se encarga de demostrar que por lo menos hubo dos momentos de riñas: la primera de esta legislatura la protagonizaron los senadores Isaac Alfie (Partido Colorado) y el entonces legislador Leonardo Nicolini, en noviembre de 2005 mientras se analizaba el Presupuesto quinquenal. Casualmente en el mismo mes de noviembre pero de 2007 se sucedió aquel en el que el diputado Juan Domínguez (Frente Amplio) le gritó a Luis Alberto Aparicio Lacalle Pou (Partido Nacional) «oligarca puto». Allí Lacalle sí llegó a golpear en el rostro al diputado suplente Juan Arambillete (FA) luego de que el también suplente Pablo Naya (FA) le embocara de sorpresa un upper cut al legislador herrerista. Dos meses antes de esto pero fuera del recinto parlamentario el entonces ministro de Ganadería José Mujica tomó de la solapa a su antecesor Martín Aguirrezabala en el Prado. «Son calenturas del momento», dijeron ambos una vez enfriados. Las hubo también antológicas, como las que protagonizaron un 11 de julio de 1996 el entonces diputado Jorge Machiñena y Jaime Trobo, ambos del Partido Nacional. Ha habido también jornadas de bravuconadas, con insultos y promesas de golpizas que nunca se concretaron, como las que llevaron adelante las diputadas Sandra Etcheverry (Partido Nacional) y Mónica Travieso (Frente Amplio), en la que una aludía a grito pelado y con desparpajo a ciertas partes púdicas de importantes dimensiones que supuestamente poseía la otra. Y antes del golpe de Estado de 1973 el Poder Legislativo registra también innumerables sucesos entre los parlamentarios que, a diferencia de los actuales tiempos, a veces se dirimían de una manera diferente.

 

Retos y desafíos

Los tiempos han cambiado pero los políticos siempre se pelearon. Apenas unos años atrás los políticos se batían a duelo «por su honor». Uno de los últimos eventos lo protagonizaron un legislador y un militar. El 10 de octubre de 1971 se batieron a duelo en una chacra a los fondos de la Escuela de Armas y Servicios el diputado Enrique Erro y el ministro del Interior, brigadier Danilo Sena. Fue a pistola y no hubo heridos ni reconciliaciones.

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