UNA TESTIGO PRIVILEGIADA
¡Qué poco vale todo y qué breve es el éxito! Kilos y kilos de cajas de equipos de sonido. Megavatios consumidos en torres de focos. Kilómetros interminables de cables. Decenas de pantallas de plasma. Un escenario decorado que hasta podría llegar a darle envidia a más de una sala de teatro. Nada pudo prevalecer. Todo se apagó ante la tímida presencia de ella. Ubicada como sin querer allá en lo alto, en un privilegiado balcón marmóreo, pero que a pesar de estar tan alto y tan distante no impedía a nosotros, los simples mortales, imaginar su perfume. Una mujer vestida delicadamente para un encuentro íntimo y con una fina copa de champán en la mano, cuyo contenido fue debidamente repuesto más de una vez, distrajo todas (o casi todas) las miradas de los asistentes al acto de gobierno. ¿Quién era ella? ¿Acaso importaba el nombre de la manceba? No. Fue suficiente su espectral aparición y etérea permanencia en ese balcón en las dos horas y pico que duró el acto para que quedara registrada en forma indeleble en las retinas. Vázquez fue el único que no se percató.
Preocupado por el viento que volaba del atril los papeles de su discurso, el Presidente no se amedrentó un ápice en lo que debía decir y dijo. Ojos femeninos que le son muy familiares lo observaban sin parpadear desde la primera fila de los asientos.
Ajeno a todo o quizá ensimismado en la rendición de cuentas, el mandatario sólo levantó la voz en cuatro oportunidades: cuando informó sobre la inminente habilitación de una sala de cuidados médicos oncológicos para pacientes de escasos recursos, cuando destacó que el gobierno no cesará en la lucha por conocer el destino de los detenidos desaparecidos, cuando notició sobre el pedido de detención al gobierno italiano del represor Jorge Tróccoli tras gestiones de cancillería y cuando se despidió.
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