La Biblia y la historia no se equivocaron: Jesús fue judío… y Marx también
En la edición de LA REPUBLICA del 3 de marzo último, la lectora del diario que dirijo, señora Ana Hernández, cédula de identidad 1.108.503-3, remitió una carta afirmando que hay un error en la Biblia porque Jesús no pudo ser judío. En su misiva duda con signos de interrogación que los judíos sientan amor por los demás seres humanos, y que posean capacidad para el amor, dando a entender que sólo viven para los bienes materiales y para el odio. Otro lector me llamó para explicarme el dolor que, como judío, había sentido al leer esa carta que adjudicaba a todo un pueblo, sin excepciones, características tan deleznables. El lector discrepó también con mi amplitud de criterio al publicar una ofensa genérica a toda una comunidad cultural y religiosa, entendiendo que la libertad de expresión tenía límites que yo había violado con la publicación de esa carta. Más allá de no haber leído esa carta, no haberle puesto la autorización de publicación que implica su difusión como es mi costumbre y que, pese a ello, por un error humano fue publicada, le expliqué al lector herido en su sensibilidad que yo no publicaba cartas que incurrieran en tres conductas ilegítimas para su difusión: 1) que insultara o injuriara a alguna persona identificándola por su nombre y apellido; 2) que acusara a una persona identificada de algún tipo de delito sin aportar prueba alguna; 3) que el acusador fuera anónimo y no se identificara ante la dirección del diario. Mi interlocutor aceptó que la lectora no incurría en ninguna de esas tres violaciones contenidas en nuestro código interno de ética periodística, pero que a veces era peor insultar a todo un pueblo que injuriar a una sola persona y que debía pensar en incluir un cuarto requisito que evitara que se difundiera el odio hacia todos los descendientes de Abraham y Sara.
Le expliqué que no compartía en absoluto los términos injustos de nuestra lectora hacia todo el pueblo judío. ¿Quién puede afirmar que no hay judíos que sientan amor por los demás seres humanos? Es tan absurda esa afirmación que su publicación no ofende a quien va dirigida, sino a quien la dirige. Le expliqué que las dos personas que más habían influido en mi vida, una en mi adolescencia y otra en mi adultez, habían sido judías, el carpintero de Nazareth, Jesús, hijo de José y posteriormente el genio de Tréveris, Carlos Marx, añadiéndole una lista impresionante de judíos de izquierda que me honraron con su amistad y que espalda contra espalda combatimos juntos la injusticia, arriesgando la vida y la libertad por amor al prójimo.
Sin embargo a mi crítico polemista, ninguna explicación le quitaba su dolor. Insistía en que yo no debía publicar esas ofensas a todo un pueblo.
Culminada la conversación, sin ponernos de acuerdo sobre los límites de la libertad de difusión de las ideas, por más infames que éstas fueran, me quedé pensando esa noche y el día siguiente sobre sus observaciones.
Nunca confundí las políticas del Estado de Israel, hoy en manos de formaciones políticas derechistas, con el pueblo judío, y ni siquiera con el pueblo israelí.
Me pronuncié contra la masacre indiscriminada de civiles inocentes en Gaza y discrepo con aquellos gobernantes judíos que no están dispuestos a aceptar la existencia del Estado palestino, como también discrepo con quienes creen que la única solución es arrojar a todos los judíos al Mediterráneo y hacer desaparecer de la faz de la tierra al Estado hebreo.
Siempre di el ejemplo publicando cartas y llamadas al director contra mi persona, incluso injuriantes y calumniosas, rompiendo la norma, o contra mis ideas, mis amigos y opiniones. Y lo hice convencido de que la exhibición impúdica de esos ataques se volverían contra los que los realizaban. Pero llegué a la conclusión de que el lector judío que me interpeló con respeto esa noche tenía razón. La injuria indiscriminada contra todo un pueblo es un acto que, además de injusto, puede lastimar, mucho más que la difamación personal, a los integrantes de esa cultura, de esa religión, de esa Nación.
A partir de mañana añadiré un cuarto límite al código de ética periodística de nuestra casa, eludiendo la publicación de ofensas graves, no contra gobiernos, sino contra pueblos enteros. Mi interlocutor de aquella noche tenía razón, yo me equivoqué y hoy enmiendo esa conducta.
Federico Fasano Mertens Director
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