"La verdad sana por dura que sea"
Su madre, Victoria Grissonas, y los dos pequeños, el varón de cuatro años y la niña de 14 meses de edad, fueron llevados al centro de torturas Automotores Orletti y luego trasladados a Montevideo en el segundo vuelo. Desde hace casi un año, la jueza Aída Vera Barreto tiene su expediente en el despacho pero no le ha dado trámite.
LA REPUBLICA entrevistó a Victoria Julien Grissonas, quien relató su largo calvario. Después de ser abandonados en una plaza de la ciudad de Valparaíso, Chile, el 27 de diciembre de 1976 por una represora conocida como «la tía Mónica» y un hombre, hubo que esperar aún hasta 1979 cuando una chilena los identificó en una foto en Venezuela, mientras su abuela los buscaba por cielo y tierra. La foto, publicada por el diario El Mercurio, mostraba al pequeño Anatole protegiendo a su hermana Victoria, de 17 meses, con un apretado abrazo sentados en un banco de una plaza de Valparaíso. Con el apoyo de la organización Clamor, un grupo católico de defensa de los derechos humanos de Brasil, se inicia la investigación que finalmente comprueba que se trataba de dos niños uruguayos desaparecidos, hijos de dos padres desaparecidos, cuyo destino continúa siendo desconocido.
Signos del destino
Tres símbolos marcaron estos días parte de esta historia. El miércoles 25, en la sede del PIT-CNT, Victoria se encontró con José Carbajal, «El Sabalero», para firmar por la anulación de la Ley de Caducidad. Recibió como obsequio un libro comprado por su padre que hace unos años fue encontrado por un militante en la feria de Tristán Narvaja. Victoria y Anatole eran dos de los niños mencionados en la letra de la canción «Angelitos»del «Sabalero». De los 12 niños desaparecidos, 8 han sido recuperados. La canción, escrita por Carbajal durante su exilio en Francia y México, formó parte de la banda de sonido de un filme documental que registró la historia de los hermanos Anatole y Victoria. El 17 de abril de 2002, «El Sabalero anunció que ya no cantaría más esa canción por respeto a los familiares de los niños recuperados a la impunidad. El mismo miércoles 25, Victoria acompañaba a Macarena Gelman en las barras del Palacio Legislativo, mientras se debatía sobre la inconstitucionalidad de tres artículos de la Ley de Caducidad en el caso de la asesinada Nibia Sabalsagaray. La madre de Macarena, María Claudia García de Gelman, había cuidado de Victoria en Orletti y probablemente el Servicio de Inteligencia de Defensa (SID) en Bulevar Artigas y Palmar. El tercer símbolo lo marcó el senador y ex presidente de la República, doctor Julio María Sanguinetti, cuando en su discurso argumentó a favor de la Ley de Caducidad, ensalzó sus efectos benéficos y aseveró que en nada violentaba la Constitución, descartando los delitos de lesa humanidad cometidos y el inconcluso problema de los restos de los desaparecidos aún no hallados».
De Orletti al SID y a Chile
«En una madrugada de setiembre del año 1976 allanan nuestra vivienda. A mi hermano y a mí se nos separa de nuestros padres, custodiados por una policía militar, recuerda Victoria. Mi padre muere en el enfrentamiento y a mi madre se la llevan junto con nosotros. Somos trasladados a Orletti, donde permanecemos un par de meses. Yo estaba al cuidado de María Claudia García de Gelman y mi hermano era custodiado y visitado constantemente por Gavazzo. Después nos embarcan en el segundo vuelo. Nos instalan en el SID, donde nos alojan en el primer piso hasta que se define nuestro destino: una plaza en la ciudad de Valparaíso, en Chile. Fuimos llevados por quien conocíamos como la «Tía Mónica» y otra persona no identificada. Nos llevaron en un auto hasta la plaza, el 27 de diciembre, y los adultos nos dijeron que nos quedáramos quietitos que ellos ya volvían, pero nunca más aparecieron. La gente sospechaba algo raro. La policía detectó que nadie nos venía a reclamar y advirtieron fácilmente que no éramos chilenos y tampoco aparecíamos como niños abandonados por falta de recursos. Se creó un revuelo público mediático. A mi hermano lo llevan a un hogar de varones menores y a mí a otro de niñas. Luego se dan cuenta de que no son lugares aptos para nosotros, por lo que nos llevan con un matrimonio que estaba esperando su primer hijo, en Valparaíso. Yo quedé a cargo de la señora, Claudia, que trabajaba en un servicio de salud. Me nombra como Claudia Victoria, porque mi hermano siempre defendió mi identidad de Victoria. A él, con cuatro años, era muy difícil cambiarle el nombre de Anatole. Claudia tenía intenciones de quedarse conmigo pero no podía hacerse cargo de mi hermano porque sus recursos no eran suficientes. Se dio cuenta de que tampoco era conveniente separarnos. Ella conocía a quien iba a ser posteriormente mi padre adoptivo, un doctor llamado Jesús y su esposa Silvia, quienes estaban haciendo un tratamiento para poder tener hijos y les propone nuestra adopción. Les dije que no volvía a la casa de Claudia. Esa misma tarde pasamos a buscar a mi hermano y a formar parte de la familia Larrabeiti. Yo tenía una necesidad imperiosa de tener un padre y una madre. Mi hermano no sufría tanto esa necesidad porque se acordaba de que teníamos otros padres y palpitaba un sentimiento muy fuerte de poder generar algún vínculo con nuestro padre. Eso le significó tener que ir a psicólogo, hacer terapia que logró bloquear eventos traumáticos. Anatole quedó muy afectado por la violencia de lo vivido, el arrancarnos de nuestros padres, el suplicio de haber estado en centros de torturas, escuchando gritos, presenciando escenas de terrible violencia, lo que altera a cualquiera. Viviendo con la familia Larrabeiti, durante cuatro años tuvimos una infancia bastante normal. Lo que Anatole olvidó por algún lado, aparecía por su nivel conductual y emocional, absolutamente decisivo para un niño. En el año 1979 se logra dar con nosotros porque mi abuela Julien nos buscó por cielos, mares y tierra, a través de toda Sudamérica. Finalmente, una chilena que había estado en Valparaíso vio una foto nuestra en Venezuela y nos reconoció. Con esa pista, comienza una investigación apoyada por la organización Clamor, un grupo católico de defensa de los derechos humanos, de Brasil. Finalmente se confirma que efectivamente somos los hijos de Roger y Victoria. Entonces recién se llama a mi abuela para tener su primer contacto con nuestra familia adoptiva, Larrabeiti. Eso generó un revuelo enorme a nivel familiar. Mi abuela nos quería llevar y, por otro lado, mis padres adoptivos aún no habían culminado el proceso de adopción que entonces se detuvo. Después de una cantidad de discusiones y acciones se acuerda, con la ayuda de especialistas, que no iba a resultar para nada bueno que nos volvieran a arrancar de nuestros nuevos «padres». Eso significaría una segunda pérdida, una segunda ruptura en la realidad de dos niños abandonados y ciertamente maltratados en lo emocional. Mi abuela tuvo la altura de miras de aceptar que nosotros permaneciéramos con nuestros padres adoptivos pero con la condición de que todos los años pudiésemos viajar a Uruguay a visitar a nuestra familia y establecer vínculos, lo cual se cumplió sólo con mi hermano. Esto significó que mis tíos comenzaran a viajar a Chile y mi hermano Anatole empezó a viajar desde chico a Uruguay. Esto generaba un tremendo lío, porque cada vez que él regresaba de Uruguay, totalmente alterado, golpeando paredes, puertas.
Se ponía muy violento. Los recuerdos del pasado lo ponían en contradicción con la realidad que estaba viviendo. Entiendo que conmigo se guardó el secreto, lo cual mi hermano también promovía porque, con su escasa edad, no quería bajo ningún punto de vista que se me contara qué había pasado con nuestros padres. Prefería que yo creyera que estos eran nuestros padres, para protegerme y no sufrir las consecuencias agravantes por las que él pasó».
Claudia y Eva: siempre Victoria
«Mi nombre es Claudia Victoria Larrabeiti Yáñez, pero el origi
nal es Victoria Eva Julien Grissonas. Provengo de un matrimonio uruguayo formado por Roger Julien y Victoria Grissonas que integraban el Partido por la Victoria del Pueblo (PVP). Mi hermano nació en Uruguay y yo en Buenos Aires. Estando allá, mi mamá no estaba requerida pero mi padre sí, por lo que ella me inscribió con el nombre de soltera.
Victoria ahora es psicóloga en Viña del Mar, aunque vive en Valparaíso.
Pasaron los años y a mí nunca me dejaron venir al Uruguay hasta los nueve años. En este viaje de ahora me doy cuenta de que mis padres adoptivos nunca me dijeron la verdad, aunque yo creía que sí. A mí se me dijo, antes de viajar a Uruguay, que yo tenía otros padres pero que ellos habían muerto en un accidente automovilístico. Una mañana, en la casa de mi abuela, me metí en la habitación de mi tía y le dije que me dijera la verdad. Por primera vez me enteré de dónde provenía, quiénes eran mis padres, qué era la represión, la tortura, la muerte.
Me contó que mis padres eran desaparecidos. Es horrible, desestabilizador, fue como que se había abierto un abismo negro y sin fondo. Recuerdo la sensación física que tenía a medida que iba escuchando la verdad. Pensaba ¡cómo me mintieron con esto! Tenía una sensación de injusticia enorme, de desamparo. Sentía que me taladraban por dentro. Por un lado no quería escuchar y por otro lado necesitaba seguir escuchando.
Mis papás querían volver inmediatamente a Chile, se enojaron con mi tía y no querían hablarle más. Después entendieron que en cualquier momento yo me iba a enterar de cualquier forma. Regresé a Chile con todo esto en la cabeza y en el corazón. Entré a la escuela y lo primero que hice fue contarle todo a mis compañeros que, para mi sorpresa, ya sabían todo. Mis profesores también. Tenía la sensación de estar pisando en un terreno de vidrio resquebrajado.
Con mis nueve años comenzó un nuevo proceso que fue asimilar lo que pasó, pero al mismo tiempo no me sentía capaz de asimilarlo todo de un golpe. Me volvían a contar y yo me olvidaba de ciertas cosas básicas como los nombres completos de mis padres, quiénes eran, qué hacían, por qué pasó esto. Nunca me acordé de los nombres de los represores. Recién hace dos años, cuando recibí la invitación del 30° aniversario de las Abuelas de Plaza de Mayo, me reencontré con todo este tema y nació en mí una necesidad de avanzar. Luego salió el fallo de esta demanda judicial que teníamos con el gobierno argentino, que la perdimos por presentarnos fuera de plazo, lo cual no fue así. Fue una jugada sucia. Mi hermano, que es fiscal en Chile, se desentendió de estos temas porque vio que se había jugado para poder ganar el caso y, con todas las de ganar, perdimos.
La invitación de Abuelas y el fallo negativo para nosotros generó el espacio para que yo pudiera tomar cartas en el asunto. Yo siempre me sentí en deuda con el tema, todo lo delegué a mi hermano. Esa cosa de hacer algo por ellos, que yo gracias a Dios estoy acá viva y estoy feliz de estar viva, me gusta estar viva, me gusta la vida, a pesar de todo lo que me pasó.
Vine a participar por la anulación de la Ley de caducidad, dice Victoria con una sonrisa siempre floreciente. Queremos que la verdad salga a flote, que se elimine esta ley inmoral. Como bien decía Rafael Michelini, no les debemos nada.
Queremos verdad, justicia y protección y garantías en el futuro. Hay que sacudirse esta idea de la impunidad. Muchas personas creen que no va a pasar nada pero no ven estos pequeños logros. Esto tiene que llegar a un nivel de conciencia individual civil. Yo convoco a la gente a firmar las papeletas contra la Ley de Caducidad. Se pide tan poco para algo tan grande.
Hay que derrumbar esos fantasmas y desmitificarlos, porque eso es una consecuencia que los represores han querido muy bien lograr en la conciencia de las personas. La verdad, por dura que sea, sana».
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