La otra camara

Una medalla, tonos, gestos y la estética

Al término de la sesión miré las marmóreas columnas de la sala e imaginé que rodaban por ellas lágrimas de teleteatro venezolano.

¿Por el tiempo perdido? Sería injusto decirlo, ya que, en realidad, quien sabe ver los detalles sabrosos no tiene tiempo para el aburrimiento. Primero, el contraste de tonos vocales y gestos. Rafael Michelini insistió en sacudir su leonina melena, usó un registro sospechosamente agudo pero vibrante y, por momentos, convirtió a sus brazos en un molino de viento. Julio María Sanguinetti fue señorial pero seco, al modo de un académico al que obligan a regresar ­como Sean Connery en «Buscando a Forrester»­ y dejó que sus cejas, que tienen vida propia, causaran cierta inquietud, como pasaba con Chucky. Luis Alberto Heber, a su vez, emuló a Sean Penn pasando de la sonrisa a la furia y de la tolerancia al porte cuchillero, como para que se sospeche que es un gran actor. Luego, ya que al paso de las horas todo se afloja, los hombres ­ellas apenas si hacen una caminatita­ armaron grupos para el breve secreteo vivificador. Pude acercarme a uno. El tema era Chris Namús. Hubo, además, un hecho inesperado. Daniel García Pintos contó que la oficialista Alba Cocco ­a quien le llegó accidentalmente­ le entregó una medalla con la figura de Jorge Pacheco Areco.

El líder de «Palo y palo», que había criticado las «contradicciones del presidente Vázquez», aprovechó el centro como lo hacía Spencer: «La medalla tiene una sola cara porque los grandes estadistas también tienen una sola»; Cocco, que se sintió incinerada públicamente y roja cual flamante afiliada al comunismo, replicó que su gesto fue pura cortesía pues sólo García Pintos podría haber recibido con cariño ese objeto: «Espero que si él encuentra una foto de Vivián Trías por ahí haga lo mismo conmigo».

Finalmente, el infaltable apunte estético. Jorge Orrico lució una corbata multicolor, tipo arcoiris, que diagramó una armonía perfecta con los vitrales de la cúpula. Ah, y hubo quienes se estremecieron al ver la perfección del peinado inmóvil de Margarita Percovich, que exhibió su andar tan renacentista. ¿El debate? Incomprensible para un cristiano común. Pero, bueno, ya no sé si quedan cristianos comunes.

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