Agonía. El dos veces presidente analiza el proceso que llevó a la caída de las instituciones

Sanguinetti evalúa las causas que llevaron al golpe de 1973

Título y dedicatoria que dan cuenta de una amarga percepción del período vivido entre 1963 y 1973, que precede la caída de las instituciones, y que también, en la visión del autor, se expresa en una profunda crisis de la sociedad, el desprestigio de la actividad política, el desborde de la izquierda, de la guerrilla y los sindicatos, y por la paulatina consolidación del poder militar, hasta que arrasó con el sistema constitucional.

Y de la relación de hechos, circunstancias y conductas lamentables que abundan en el libro, probablemente ningún episodio traduzca una percepción tan dramática como la que el autor ubica en 1972, cuando el entonces presidente Juan María Bordaberry renovó las jerarquías del Ejército y fue presentado un plan de acción a cargo del general Gregorio Alvarez y el coronel Ramón Trabal.

Fue una reunión informativa, en la sede del Esmaco (Estado Mayor Conjunto), a la que Sanguinetti asistió acompañado por el entonces secretario de la Presidencia, Luis Barrios Tassano.

«Todo luce coherente, pero es más una programación política que un estudio militar. Se explica que se trata de una modalidad novedosa de guerra, en que la acción psicológica es esencial y que ello supone actuar sobre la opinión pública».

En una llamada, reconoce el autor que «fue el primer día que no durmió», puesto que «resultaba muy evidente que estábamos ante un serio problema, que era el desplazamiento de la fuerza militar al territorio de la política».

Cuando se refiere al período que sigue a las elecciones de 1971, da cuenta de una serie de acciones de los tupamaros que se sucedieron en aquellos días y reflexiona: «El mesianismo está en ebullición».

«La elección no se toma en consideración, salvo para decir que fue amañada. El gobierno sería responsable del conflicto por no haber abierto la negociación sobre un cambio de políticas económicas y sociales con quienes, por sí y ante sí, resolvieron iniciar una revolución armada».

Que se puso en marcha «aquel frío 31 de julio de 1963″, cuando se produjo el robo de armas al Club de Tiro Suizo en Nueva Helvecia, pese a que «nadie advierte que ese hecho, casi irrelevante (…) es el simbólico comienzo de una etapa histórica en la vida de una república que desde 1904 no ha visto movimientos armados ni fuerzas militares en acción».

 

Punto de vista

«Resulta claro que la caída de 1973 no fue un relámpago repentino», dice Sanguinetti cuando evalúa las circunstancias que se sucedieron en todo ese proceso. «Al largo proceso de decaimiento cívico confluyeron una situación económica de estancamiento, una puja social distributiva enconada, un escenario internacional de guerra fría (…) una situación de política crispada, desvalorizada a los ojos de una población insatisfecha y dispuesta a creer en lo maligno».

Después de ocho años, se tomó la decisión de introducir a las Fuerzas Armadas en el combate, que, hasta la fuga del penal, estuvo en manos de la Policía. Y Sanguinetti afirma que «esta reticencia a emplear la fuerza militar fue, incluso, fuente de cuestionamiento al presidente Pacheco».

En consecuencia, razona, «no tiene sentido afirmar, como se ha hecho, que el fenómeno subversivo nació como respuesta al autoritarismo dictatorial, que ­como es notorio­ recién sobrevino en 1973″.

Del mismo modo, dice, «desde la prisión de su líder, Raúl Sendic, en setiembre de 1972, las acciones subversivas virtualmente habían desaparecido (…) Su invocación entonces, no justifica el golpe militar, resultante de una involución cívica en el pensamiento de los mandos militares de la época».

Sostiene que «sin la salida de las Fuerzas Armadas al escenario de combate, luego de la fuga del penal de Punta Carretas, nada es comprensible y ese paso sólo se explica por la acción guerrillera, causa precipitante de la caída institucional».

«Son nuestras conclusiones, descarnadamente expuestas», dice, y explica que «a ellas arribamos desde la óptica de quien combatió políticamente a la guerrilla por considerarla antidemocrática y se enfrentó al régimen militar por la misma razón».

Sanguinetti reflexiona sobre «esta doble responsabilidad, inocultable» y señala que en Argentina ha sido reconocida como «teoría de los dos demonios».

«En nuestro medio está de moda descalificarla por no aceptarse que la represión estatal pueda compararse con la violencia guerrillera. Se ve al llamado terrorismo de Estado como algo éticamente diferente al terrorismo insurreccional».

«Serán o no dos demonios», concluye, «de lo que no hay duda es de que los identificó el uso de la fuerza» y si bien nada aparece inevitable, «dados los hechos, cabe contarlos e interpretarlos tal cual ocurrieron, sin caer en la trampa de razonar como si hubieran sido distintos».

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