"Que Seregni nos ilumine desde la Meseta de Artigas"
El doctor Aldo Lista, Javier o Julio en la «clande», fue secretario general de la UJC durante el final de la dictadura. Previamente había caído León Lev, que llegó a ser el jefe del partido en la clandestinidad. Hoy, alejado del PCU, rompe el silencio de muchos años y clama por que Seregni ilumine al FA.
–¿Cuándo ingresa a la UJC?
–En 1973, el 11 de setiembre, cuando el golpe de Estado en Chile, yo estaba en la Facultad de Medicina. Militaba junto a la UJC desde 1972, en la Facultad de Humanidades y Ciencias.
–¿Cuáles fueron los primeros acercamientos con la organización?
–Fue en el liceo. Yo era muy amigo de Ronald Graside. Nos interesaba mucho la historia de las revoluciones. En Preparatorios había una compañera que trataba de afiliarme. En realidad me gustaban más sus ojos y la cola que la propuesta (se ríe).
Después me voy al IAVA, donde milito muy fuerte, aunque no estaba afiliado. Recuerdo que a un compañero nuestro, que era del FER 68, le pegaron un balazo desde un balcón de una casa vieja, que todavía existe. Le dan en el abdomen. Hubo que quitarle unos metros de intestino delgado. Por suerte se salvó.
–¿Cuándo pasa a ser clandestino?
–Fue cuando recibo noticias de que había caído un montón de gente. Eso fue el 10 de setiembre de 1981. Antes había militado en la ilegalidad, pero no en la clandestinidad. Yo ya había tenido dos «saltadas» de mi casa, junto a mi compañera que en ese momento era Melagna, por la caída de otros compañeros.
En un primer momento fue rajar de mi casa. Anduve en ómnibus durante todo el día, hasta que en la noche me fui a la guardia del Hospital de Clínicas. A gente amiga le expliqué la situación y me quedé una noche. Dormí en un banco de madera. Me había llevado leche en polvo, jugolín, fruta y alguna otra cosa. Esos amigos me consiguieron una casa donde tenía que entrar después de las 12 de la noche y salir antes de las 6 de la mañana. Después me fui un tiempito a un balneario del Este. Más adelante fui a una casa de unos estudiantes de medicina, pampeanos, donde estuve más de quince días. En ese momento yo era secretario de Organización del círculo de Medicina y el Vasco Zabaleta era el secretario político.
En enero o febrero de 1982 pude establecer contacto con Antonia Yánez, quien después también cae. Cuando pasó eso tuve la sensación de que no había nada para arriba. Fue algo muy desagradable.
Por esa época comenzamos a tener contactos con otros compañeros de medicina. Nos preguntamos si alguien tenía algún contacto para arriba. La respuesta fue negativa. Nos encontramos con gente del IPA y de la Preuniversidad Católica. Gracias a Hugo Rodríguez, que nació comunista, tuvimos contactos con gente que él conocía: de Ingeniería, de Arquitectura. Así fuimos armando un poco la cosa.
Escuchando siempre Radio Berlín, Radio La Habana y Radio Moscú. La que mejor agarrábamos era Radio Berlín, donde hablaba el Ñato Enrique Rodríguez. Fue así que decidimos sacar un número del diario «Liberarse».
Un día tuvimos la noticia, a través de la voz de Rosita Dubinsky en Radio Berlín, de que había llegado un ejemplar del diario a sus manos. Dijo que eso era la muestra de que la UJC existía en el interior del país.
–¿Cómo llega a ser secretario general de la UJC?
–Fue un proceso. Aquel grupo universitario, autoproclamado dirección del Sector Universitario, comenzó a encontrarse con Ramón Cabrera, con Felipe Martín, con Genaro Rivero y otros. Y un día se concretó una dirección de la UJC. Pero UJC hubo siempre. Estuvieran los clandestinos, presos, exiliados o congelados.
–¿Cuándo aparece «el arriba»?
–Cuando aparece Ramón Cabrera en nombre del Partido y cuando se logra establecer el contacto con los compañeros de la ciudad de Buenos Aires, a la que fui dos veces. Con Rodney Arismendi me encuentro la segunda vez. Ese encuentro fue muy emocionante para mí.
Designamos a dos compañeras para viajar con cierta frecuencia a Buenos Aires, que llevaban cápsulas de medicamentos conteniendo papeles muy finos, en lugares muy íntimos de la mujer.
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