Las bancas son muy incómodas
Apenas iniciada la sesión de ayer en Diputados, Uberfil Hernández (Espacio 609), en ejercicio de la presidencia, tuvo que hacer una advertencia con aires de Martín Fierro ofuscado: «Hay muchos corrillos.
Si tienen algo importante que tratar háganlo en los pasillos».
Es que nadie escuchaba el informe que se estaba dando. Pensé: ¿a qué tanta inquietud, tanta gente que se levanta, camina, habla parada por celular, se reúne en las escaleras o se retira de la sala?
Mi vista se posó en una de las bancas y entonces lo comprendí.
Son terriblemente incómodas, de respaldo tan recto, que tanto pudieron haber sido pensadas por alguna mente siniestra como una tortura o para mantener erectos a los legisladores y evitar que se duerman.
No tengo la respuesta acerca de con qué intención fueron construidas, pero cualquiera de las dos hipótesis han sido aplastadas por la realidad: Alfredo Asti (Asamblea Uruguay), por ejemplo, se sienta de costado y hay varios colegas que duermen reparadoras siestitas con el mentón clavado en el pecho.
Fuera de esta observación, a la que me obligaron las circunstancias, hubo sólo otro hecho que llamó mi atención.
Poco antes de comenzar el plenario tan temprano que en ellos fue una rareza- varios colorados se reunieron animosos en torno de Washington Abdala (Podemos más), quien peroraba a sus anchas acerca, por lo que entendí, de los beneficios de nuevas formas de estimulación.
Aunque intenté una aproximación para saber de qué cuernos hablaban, fui conminado a alejarme. ¿De política, quizás?
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