Una virtud olvidada en homenajes
La Cámara de Diputados está convirtiendo en práctica común los homenajes a personalidades que se destacaron en diversos ámbitos del quehacer nacional. Pocas personas lo merecían tanto como Juan José Ramos. Del emotivo acto ocurrido en el plenario de ayer se ocupa la crónica correspondiente. Empero, y debido a la recurrencia de algunos legisladores en cierta costumbre, parece oportuno este comentario.
El orador principal designación que se coordina en la bancada que propone el reconocimiento suele ser alguien que ha tenido profundos lazos afectivos con el homenajeado, lo que facilita la amplitud y profundidad de la información acerca del hombre, y su vida, a destacar.
En el caso de ayer hay que decir que la exposición conmovedora de Gustavo Bernini (Partido Socialista), absoluta y cariñosamente abarcadora, completada por visiones más breves de representantes de otras colectividades políticas Javier García (Partido Nacional), Washington Abdala (Partido Colorado) e Iván Posada (Partido Independiente), distintas en el tono, la extensión y el contenido pero iguales en el respeto y la admiración, hubiese bastado para que la intención buscada se cumpliese con creces y sin excesos que conducen a todos, incluso a algunos invitados, a la extenuación.
Lo bueno, si breve, mejor. Nadie podrá explicarme ya me he rendido, puesto que lo pregunto desde hace años por qué razón, aún cuando nadie inadvierte ese momento en que algo ya está muy bien hecho, se insiste en el enfadoso, y es evidente que incontrolable, deseo de decir más y más con la consecuencia de una redundancia feroz.
Es notorio que, quienes incurren en tal hábito, creen una de dos cosas (o en ambas a la vez): que lo que añaden es vital, de notable riqueza, o que si no hablan, escuchándose sobre todo a sí mismos, sucederá algún cataclismo. ¡Parece tan sencillo organizar estos homenajes con un poco más de dignidad! (y pido perdón por la dureza de la sentencia). Se me ha ocurrido ahora que, tal vez, un remedio eficaz sea filmar la totalidad de la sesión y obligar a los incontinentes verbales a verse desde afuera. Claro, el riesgo es que alguno se enamore aún más de su propia imagen y al homenaje siguiente nos triplique la dosis.
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