"Un TLC con EEUU es la única manera de que un país chico crezca"
En su despacho del Edificio Anexo del Palacio Legislativo, con un retrato de su tío abuelo Luis Batlle Berres sobre la pared, José Amorín responde a mis preguntas con franqueza. Antes de comenzar el diálogo, le digo que ésta puede ser una entrevista al próximo presidente de la República, a lo que responde: «Para eso estamos trabajando».
–¿Cómo llegó a la precandidatura?
–Citamos a una asamblea de la 15 que me eligió precandidato del sector. Después, varios dirigentes importantes del partido empiezan a acompañar mi candidatura: Malaquina, Helguera en Paysandú, Julio Aguiar, etc., que provienen de distintos sectores ajenos a la 15. Intentamos recrear una forma de pensar el país. Este país está enfermo de mirar hacia atrás. Los episodios de los sesenta y setenta que nos separaron nos siguen separando e impiden mirar hacia delante. Nos proponemos mirar el país 30 años para adelante. Hace 100 años, una generación liderada por José Batlle y Ordóñez lo pudo hacer, e hizo de este país el pequeño país modelo que conocimos; y bueno, nosotros queremos ser como aquella generación que integraron nuestros abuelos y bisabuelos, que transformó el país.
–Usted se considera batllista. ¿Dónde ubica al batllismo en el espectro político: centro, izquierda, derecha? Le pregunto esto porque Luis Hierro ha dicho que el cerno ideológico del batllismo es el centro izquierda.
–Es una definición muy esquemática. El batllismo tiene algunas características fundamentales: es profundísimamente democrático; republicano; liberal; con preocupación por los temas sociales, por la igualdad, por la educación… Son temas que hoy lamentablemente vuelven a estar presentes como problema. No hay igualdad de oportunidades en la educación. Pero sobre todo, el batllismo es modernizador.
–Entonces, ¿qué pasó para que el país se deteriorara tanto?
–Yo lo atribuyo a errores en la conducción económica del país. Todas las reformas sociales deben estar apuntaladas por una situación económica favorable, porque un país que reparte miseria termina siendo un país miserable. El Uruguay estuvo inserto en el mundo desde fines del siglo XIX; formaba parte de la globalización británica hasta el 29, cuando los países se empiezan a cerrar y surgen los nacionalismos, de izquierda y de derecha casi todos llamados socialistas, y el mundo empieza a tener dificultades con el comercio exterior. Al Uruguay lo ayudan las guerras: seguimos exportando y el país siguió viviendo, creando industrias en el marco de la sustitución de importaciones, y cuando terminaron las guerras, empezó el sufrimiento. Después vino la dictadura, y hoy la gente empieza a entender que hay que abrirse al mundo.
–Perdón, pero ¿no hubo una apertura al mundo bajo el gobierno de Lacalle?
–Sí, pero fue una apertura al Mercosur. La apertura al mundo fue la que hizo Chile. Exporta de todo, es destino de inmigrantes, no tiene problemas de emigración. Cuando se van tantos jóvenes todos los años, uno tiene que buscar una solución, y la solución es abrirse al mundo mucho más de lo que lo estamos.
–De lo que acaba de decir se podría inferir que usted no es partidario del Mercosur.
–Soy partidario del Mercosur, siempre y cuando no nos impida hacer acuerdos con otros países. Que no sea una jaula como lo es ahora. Creo que no es imposible abrirse: fíjese que tenemos un tratado de libre comercio con México. En el gobierno anterior, con cabezas diplomáticas que manejaron bien las cosas, se pudo hacer eso. Un TLC con EEUU es la única manera de que un país chico crezca. Todos los países chicos crecen hacia fuera y no hacia dentro. Pero Mujica, Marina Arismendi, Gargano, con una profunda visión antinorteamericana, dijeron «con éstos nada» aunque los jóvenes sigan yéndose del país.
–¿El freno al TLC responde a razones ideológicas?
–Totalmente. Son los sectores que están mirando hacia atrás. Mujica tiene una enorme capacidad de comunicación, un político que ha sido un gran opositor y que cuando tuvo la oportunidad de gobernar (tres años en el MGAP) no hizo absolutamente nada (¡por suerte!). La mayor extranjerización de la tierra en los últimos cincuenta años se produjo bajo el ministerio de Mujica. Y las soluciones que tenía Mujica para el problema eran que tenía un amigo mecánico que podía fabricar arados para arar a caballo; cosas poco serias de alguien que comunica muy bien pero que no está capacitado para gobernar.
–En las encuestas el Partido Colorado aparece muy rezagado.
–Todavía falta bastante para las elecciones. Creo que la gente no está pensando en eso porque tiene otros problemas. En la última elección el Partido votó muy mal, y eso quiere decir que no hicimos las cosas bien. Si se fueron 450 mil colorados, no podemos pensar que son ellos quienes tienen la culpa. La crisis de 2002 nos afectó mucho a todos y además cometimos otros errores: los dos sectores mayoritarios fueron con un candidato común, no hubo puja interna. Los batllistas somos casi los inventores de las elecciones internas y en 2004 no seguimos esa línea. Eso desmovilizó al Partido.
–¿Cuáles son, a su entender, los problemas más acuciantes de la gente?
–La gente tiene problemas de trabajo, los hijos que se le van del país, se preocupa por los estudios de los chicos, por la violencia, por la inseguridad… Este último es un gran problema: antes la gente en el interior no cerraba con llave; hoy no salen de su casa por miedo a que los roben.
–He oído declaraciones suyas muy críticas de la ministra Tourné. ¿Cuál es su propuesta para la seguridad pública?
–El diagnóstico es bastante claro: todo el mundo nota que hay falta de seguridad. Creo que la solución no es sencilla, pero hay que tener voluntad de resolver las cosas. El tema de la inseguridad tiene cuatro patas. Una pata es la Policía; a la Policía hay que darle más autoridad, sin ninguna duda, y dotarla de más recursos. Una segunda pata es la Justicia: muchísimas veces los jueces no cuentan con elementos suficientes. Esto va atado a la tercera pata: creo que Uruguay debe tener mejores cárceles. Hay que construir más cárceles, cárceles especiales para los primarios, para que se cumpla el mandato constitucional de que las cárceles sirvan para reeducar a los infractores y que la gente salga mejor de lo que entró. Hoy lo más probable es que salgan con un posgrado en Delincuencia… Y luego la prevención. En ese sentido, la enseñanza de valores en la educación es clave.
Lo que pasa en la mayoría de los liceos del país es el descontrol total, es no poner límites a jóvenes que necesitan tener límites. Hay madres que no se animan a mandar a sus hijos al liceo porque tienen miedo a la violencia. Si no ponemos límites ahí… Cuando la familia no contiene a los jóvenes, tenemos que contenerlos nosotros en los liceos públicos.
–Este auge de la delincuencia también puede explicarse por la fractura social, ¿no?
–Sí, por supuesto. Tenemos que trabajar por volver a tener una sociedad integrada. Desde principios del siglo pasado, el Uruguay fue siempre el país que tuvo mejor distribución de la riqueza de América Latina. Eso se está perdiendo y se sigue perdiendo ahora. La distribución de la riqueza empeora sustancialmente. La gente que trabaja es la que paga los impuestos, no los empresarios. La gente que tiene dinero es la que vive de la renta empresarial, y ahí no hay un solo impuesto más. Los que bancan la reforma impositiva son los trabajadores, ya no es «el que tiene más paga más», sino «el que trabaja más paga más». En un país de clase media, castigar al trabajo me parece un profundo e
rror que va en contra de la forma de ser de los uruguayos.
–Una de las primeras medidas en caso de llegar a la Presidencia sería derogar el IRPF, igual que Lacalle.
–Hay que derogarlo y lo vamos a derogar. Si el país sigue creciendo al ritmo que crece ahora, no aumentando los gastos, se puede derogar en un año. El gobierno ha dicho que el año que viene va a gastar 650 millones de dólares más que este año; el IRPF recauda 700 millones de dólares, de modo que si se reduce el gasto, la derogación del impuesto no tiene consecuencias fiscales.
–Considera, entonces, que la gestión de Astori no fue buena.
–Soy pesimista en cuanto a la situación fiscal del país, y creo que Astori actuó con poca responsabilidad en el tema del gasto. Actuó en contra de lo que anunció; dijo que iba a aplicar políticas fiscales contracíclicas pero ahora resulta que la deuda pública uruguaya, que estaba en 13 mil millones de dólares, trepó a 18 mil millones, y el gobierno gastó todo el ingreso. Y cuando los mercados empiezan a complicarse, cuando el mundo puede entrar en recesión, cuando los productos uruguayos valen menos, el Uruguay va a pagar la inconducta fiscal del gobierno.
–El batllismo es políticamente liberal pero económicamente no fue liberal.
–Económicamente, don Pepe Batlle fue ortodoxo. Era un hombre de presupuestos equilibrados. No creó ningún tipo de industria artificial. Es cierto que dio algún marco de esqueleto al Estado, pero cositas menores. Era pragmático. El estatismo a ultranza es posterior a la muerte de don Pepe. Pero la gran preocupación de don Pepe era social. Lo que hizo fue duplicar la cantidad de escuelas en todo el país y crear los liceos departamentales. Eso no es estatismo.
–Entonces no hay contradicción entre el batllismo y el neoliberalismo.
–Uno es hijo de su época. Cuando uno ve que Chile crece como crece, y que no ser liberal es cerrarse al mundo; que para evitar la sangría de jóvenes que emigran, hay que abrirse al mundo, me parece que es algo que rompe los ojos. Creo que el mercado soluciona una enorme cantidad de situaciones, pero también creo que el Estado tiene que controlar.
Los problemas que tiene hoy EEUU es que los controles en estas empresas de créditos hipotecarios han fallado. Pero tengo una concepción liberal en el más amplio sentido de la palabra: libertad en todos los órdenes de la vida.
Compartí tu opinión con toda la comunidad