Bajan sonrientes desde el Olimpo

Mucho se ha escrito y hablado acerca de las dificultades que han tenido todos los gobiernos democráticos para comunicar su gestión y no pocos han sido los gobernantes que se han quejado de este fenómeno. En contados casos han admitido su propia responsabilidad, en general han derivado culpabilidades y responsabilidad en terceros. Esta situación alcanza a la gran mayoría de los políticos y funcionarios, ejerzan el poder en mayor o menor medida.

Es un problema universal, se dice con razón. Ocurre en los otros países de la región y en aquellos del llamado primer mundo o mundo altamente desarrollado. Basta con observar, por ejemplo, la baja participación ciudadana en los procesos electorales de los Estados Unidos, en pleno desarrollo.

Este problema, en tanto no se manifiesta en Uruguay debido en parte por la cultura democrática de nuestro pueblo, y en otra porque las elecciones son obligatorias y se establecen sanciones para quienes no intervengan, puede inducir a conclusiones engañosas.

Los políticos, que no ostentan un grado de fiabilidad muy alto en nuestro país, si nos atenemos a los estudios de opinión pública, tienden a proyectar esa alta participación en las elecciones al respaldo efectivo a su línea de conducta y de gestión. Creemos que están en un error de apreciación que a mediano plazo puede representar un problema serio no sólo al sistema de partidos, sino al funcionamiento de la democracia en su conjunto. En momentos en que los uruguayos nos introducimos en un nuevo tour electoral todo cambia. Cambia la actitud de los operadores políticos, de los posibles candidatos, de todos los partidos y, muy en especial, en aquellas figuras en quienes la ciudadanía confió su representación.

Quedan atrás los tiempos de incomunicación o comunicación parcial, dirigida e interesada, y ‘todos somos buenos’. Los asesores de imagen pasan a un primer plano, abundan las caras sonrientes, la buena disposición para escuchar a la gente de a pie, en fin, muchos ­uniformizar es siempre erróne­ bajan del Olimpo y no dudan en mezclarse con los mortales. Son tiempos de cosecha, no se puede estar encerrado en el laboratorio o en el despacho rigurosamente custodiado para que «el elegido» no sea perturbado.

Esta clase de hombres públicos apuestan al olvido. No se han percatado o no quieren percatarse que la amnesia ciudadana es una enfermedad curable. Los hechos históricos de este naciente siglo no dejan lugar a la duda.

¡Pero cuánto cuesta ver en tu propia casa lo que se ve con claridad, cuando no con exageración, en la del vecino!

El lector se preguntará a quién o quiénes nos referimos. Es una respuesta que deberá encontrar por sus propios medios, pero no parece ser de las interrogantes más difíciles de responder.

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