HAY UN VERBO

Hace tiempo me afecta una incomodidad durante los plenarios de Diputados. Me he preguntado por qué. Ayer a la tarde creo haberlo descubierto. Tiene que ver con un verbo y sus acepciones. No entendía las sesiones. A los temas menores se les presta una atención excesiva, desproporcionando la retórica, mientras los grandes asuntos –no siempre, afortunadamente– insumen largas exposiciones y debates apabullantes para llegar, a veces, a una conclusión insatisfactoria. Yo estaba siendo injusto. No había reparado en el verbo «mover». Uno repasa lo que quiere decir y se explica lo que ocurre. Primera acepción: hacer que un cuerpo deje el lugar o espacio que ocupa y pase a ocupar otro. Es un acto común en el plenario; por tanto, lejos de estar en falta los legisladores no hacen, sino cumplir con esa primera acepción, santificada nada menos que por la Real Academia Española. Segunda acepción: menear o agitar una cosa o parte de algún cuerpo; ¡vaya si nuestros diputados lo cumplen a rajatabla! Menean brazos, manos, cabezas, celulares, carpetas, papeles, bufandas, sacos, termos y mates. Tercera acepción: dar motivo para una cosa; ¡por Dios, si darán motivo los diputados para todo tipo de cosas! Cuarta acepción: seguida de la proposición «a» significa causar u ocasionar; al menos a mí me han causado más de una pasajera apoplejía. Quinta acepción: alterar, conmover; los únicos que no se conmueven ni alteran son los taquígrafos. No pueden. Sexta acepción: dar principio a una cosa en lo moral; ¿entusiasmo, indignación, pasión, dogmatismo? Siempre, a la vez o en dosis diversas. Séptima acepción: echar a andar, irse; es a lo que siempre parecen dispuestos. Echar a andar… para irse. He restablecido la justicia. Que se mueven, se mueven.

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