Ante la muerte de Tota Quinteros

Gabriel Mazzarovich

Ayer de madrugada murió María Almeida de Quinteros, Tota. Tenía 82 años y llevaba 25 reclamando por saber qué pasó con su hija, la maestra Elena Quinteros, secuestrada por la dictadura en 1976 y desaparecida hasta hoy.

Tota fue una mujer entrañable y, sin proponérselo, se convirtió en un símbolo. Desde su cálida humanidad siempre decía a todos que ella había llegado «a la lucha» por Elena, por su Elena.

Desde que se enteró de que la secuestraron de los jardines de la Embajada de Venezuela recorrió cuarteles, despachos ministeriales, viajó al exterior, marchó, apeló a la Justicia, les escribió y se reunió con presidentes, hizo todo lo que humanamente se podía hacer.

Pero Tota trascendió por su coraje de madre y con su humanidad se transformó ella misma en referente, en ejemplo de dignidad, de entereza, en luchadora social, solidaria con los trabajadores y con los estudiantes, siempre dispuesta, siempre.

Había que ser muy jodido para no conmoverse viéndola en la primera fila de la marcha por los desaparecidos, apoyada en su bastón y ayudada por brazos solidarios: ya tenía la salud precaria pero igual no faltó. Nunca faltó.

Ante la muerte de Tota se mezclan el dolor, la impotencia y la indignación como respuesta.

Tota murió sin saber la verdad sobre lo que le pasó a Elena.

Tota murió y no pudo llevar flores a la tumba de su hija secuestrada y asesinada por la dictadura uruguaya.

No alcanzaron, para ella, los esfuerzos de cientos de personas que investigaron, de decenas de civiles y militares que aportaron testimonios sobre el secuestro y la presencia de Elena en el «Infierno Grande» del 13º de Infantería. Para Tota no alcanzó el esfuerzo que realiza la Comisión para la Paz.

Pero no están allí los culpables de que Tota se haya muerto sin saber de Elena. Ellos, los que se esforzaron, cada uno en su medida, lo intentaron. Los que más lo intentaron, sus compañeros de siempre, ayer tenían los ojos rojos de impotencia y de bronca.

Los culpables de que Tota se haya muerto sin saber de Elena son los represores que la secuestraron, torturaron y asesinaron. Los militares y policías, y los civiles que actuaron con ellos en la dictadura y los que les brindaron protección después y ahora en democracia.

José Nino Gavazzo, el coronel Jorge «Pajarito» Silveira, el coronel Regino Burgueño, eran dueños y señores del Galpón donde se torturaba a destajo en el 13 de Infantería. Ellos saben qué pasó con Elena, no lo dijeron. Ni siquiera lo dijeron, sabiendo que no van a ir presos, sabiendo que tienen todas las garantías.

No lo dijeron porque no les interesa la reconciliación, ni el estado del alma, ni la paz.

Tampoco dijo nada el canciller de la dictadura cuando Elena fue secuestrada y Venezuela rompió relaciones con nuestro país, el doctor Juan Carlos Blanco, luego senador colorado y ahora columnista de El Observador. Escribe con tono doctoral sobre muchas cosas, incluso a veces se anima con dilemas morales, pero sobre esto, nada escribe.

Julio César Lupinacci, funcionario diplomático de la dictadura y actual embajador ante el Vaticano, tampoco dijo nada.

Juan Carlos Blanco y Lupinacci fueron dos de los civiles que firmaron el memorándum secreto de la cancillería que analizaba «¿Qué hacer con la mujer?» (Elena) y recomendaron no entregarla a las autoridades venezolanas que la reclamaban.

Es por ellos que Tota se murió así, por su silencio culpable, por su cobardía, que prolonga hasta el infinito la tortura de no saber.

Pero ni siquiera pueden estar contentos, Tota les ganó igual.

Gracias al tesón de Tota y de otros miles, pero de Tota como figura central, junto a los familiares de los desaparecidos hoy, lo que era un tema tabú, es reconocido por toda la sociedad.

Tota murió sin saber, pero nos dejó la certeza de que la verdad se sabrá, más tarde o más temprano, porque lo que Gelman llamó «el poder de las sombras» viene perdiendo terreno.

Tota vivió luchando y así murió, con la foto de su Elena al lado de la cama del sanatorio.

El grito de rebeldía que dejó Tota podrá mucho más que el silencio de los Gavazzo, los Silveira, los Burgueño, los Blanco y los Lupinacci.

Eso es lo que a la larga vale, aunque hoy todos sintamos impotencia cuando la acompañemos hasta el cementerio.

Nos quedará a todos su humanidad y su calidez, su entereza y su dignidad indoblegable y, por encima de todo, su certeza conmovedora de que la verdad se abrirá camino.

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