La creencia en el triunfo
Lanzaro, en un libro de próxima aparición, analiza, además de las modificaciones que llevaron al EP-FA a transformarse en un partido catch-all party (agarra todo), los cambios que los liderazgos tuvieron, en dicha fuerza política, desde la restauración democrática.
Para Lanzaro, las reformas doctrinarias, estructurales y de la forma de hacer política, que acompañaron la ampliación de su base social con el consiguiente desdibujamiento de una relación privilegiada con el movimiento obrero para intentar representar a la sociedad en su conjunto, tuvo necesariamente el acompañamiento de una nueva lógica entre el líder máximo y la orgánica frentista.
El siguiente es el texto completo de los párrafos referidos al estilo de liderazgo instituido por Vázquez.
«Este derrotero se ha visto a su vez animado por una modificación en la estructura de liderazgo, con jefaturas ‘personalizadas’ y un caudillismo de izquierda, que ha pasado por una sucesión de figuras, de estilos y de composiciones políticas diferentes.
Tabaré Vázquez toma el relevo, al principio en convergencia con Seregni, luego compitiendo con él y con Danilo Astori, en una performance de tonos diferentes, en otra fase del Frente Amplio y en otra fase del país, que se extiende sin embargo sobre líneas de continuidad y se apoya en las bases que supo asentar el general Seregni. Es un líder de carisma personal, pragmático y ubicuo, decidido y eficaz, con dotes de mando y de arbitraje, que se entrenó en campañas exitosas y ha hecho valer su capacidad táctica, su autoridad y sus movimientos en clave de autonomía, basado en la fuerza de su estilo y en la certeza de disponer de un capital propio –electoral y político– que se las ingenia muy bien para acumular.
En primer término, la autonomía se puso en obra en la gestión de la Intendencia de Montevideo, marcando a ese nivel y como anuncio de otros lances una distancia relativa y saludable entre el gobierno municipal, el partido de gobierno y sus fracciones, que en un ensayo inaugural como fue el suyo, quizás otros no hubieran logrado establecer. Así evitó que la capital del país, administrada por la izquierda, se convirtiera en una especie de comuna ‘roja’, no sólo por la moderación de sus orientaciones políticas, las relaciones intergubernamentales, el trato con los actores y la ciudadanía montevideana, sino también por haber cortado la posibilidad de un gobierno de sesgo ‘consejista’. En segundo término, la autonomía juega hacia adentro del Frente Amplio, en ejercicios que no siempre son fáciles, mediante los cuales logra imponer su autoridad, moviéndose en los circuitos orgánicos, en las instancias colegiadas y en la red enmarañada de las fracciones frentistas, dentro de los cuadros de la competencia interna, descolocando y recolocando a los adversarios y también a los adeptos. En un proceso complejo, que a la par que pronuncia la unificación y la concentración relativa del mando, en varios casos pasa no obstante por la afirmación interna y ‘hacia afuera’ de las agrupaciones sectoriales y de algunos líderes intermedios, de las ‘cabezas’ de bancada en el Senado y de los puestos en el gobierno municipal, así como de los comités departamentales, de Montevideo y del Interior.
En fin, la autonomía se hace asimismo efectiva hacia afuera, dentro de los márgenes nada holgados que deja el contencioso general de los partidos y los jefes de partido, en la comunicación con los sectores ciudadanos, los núcleos sociales y los grupos de interés.
Así se produce y se reproduce la condición de liderazgo, combinando el apego y a la vez la independencia respecto a sus bases y a los aparatos, articulando interpretación y conducción, acomodos y reacomodos, disciplina e intuiciones, seguimientos, decisiones e innovaciones, a veces súbitas — obligando a seguir– en un juego de representación política activa, flexible e inflexible, que por momentos parece dar pasos más grandes que los que pueden salir de las armazones ‘deliberativas’ clásicas, pasos que si bien pueden responder a iniciativas individuales –con poca presencia de un equipo propio– no resultan en aventuras solitarias, ni en simples gestos de oportunidad, si no que se inscriben en un basamento que las hace posibles y vienen a ser de hecho, de un modo u otro, acompañadas y acunadas por las líneas que atraviesan el conjunto partidario.
En esa veta, Tabaré Vázquez encarna y trasmite como nadie la creencia en el triunfo –tanto para sus partidarios como para sus opositores– anclado en un tronco de cultura política y en una orientación general de corte social-demócrata, que asocia elementos raigales de la composición ‘batllista’ y recoge legados que la ‘liberalización’ de fin de siglo deja vacantes, pero sin el apego rígido a un cartabón programático que ha caracterizado usualmente a los conjuntos de izquierda. Obrando sobre todo como candidato a ganador –más que como hombre de estado o sujeto de proyecto — que juega fuerte y con una dosis de pragmatismo. Al igual que Seregni y sin perjuicio de una discreta pertenencia al Partido Socialista, luce como personalidad común del Frente Amplio y como hacedor del Encuentro Progresista, cultivando una condición dual, de outsider-insider ante la profesión política.
Así cosecha poderes y adhesiones, en las estructuras partidarias y por encima de ellas, obteniendo su caudal electoral propio y haciendo valer sus ases, con una silueta que incluye apelaciones de corte ‘populista’.
Su estilo no deja deja de concitar ciertos rechazos en gente de izquierda. Provoca asimismo filos de incertidumbre –a nivel de la ciudadanía y de los diversos círculos de elite– con aversiones más o menos marcadas en otras tiendas, que crecen en la medida que parecen aumentar sus chances. Esto delinea un esquema de contrariedad, que no cae en la radicalización, pero establece una polaridad, que los adversarios se encargan de alimentar, tendiendo de paso la mano a las cabezas más contemporizadoras de la izquierda, que se han ubicado en la oposición interna.
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