Los rostros elocuentes y lo inesperado
Rostros elocuentes, sí. Pacheco Areco, diez años después de muerto, convocó a un muestrario impar: rostros conmovidos, pétreos, incómodos, indiferentes, vigilantes y, sobre todo, conocidos. Si digo Graciela Rompani, Julio Sánchez Padilla, Wilson Craviotto o Alberto Iglesias, cada día más parecido a Pacheco, ¿descubriría algo nuevo? Pero también se advirtió el rostro de candidato anémico de Luis Hierro López, el vigilante y extrañamente pálido de Julio María Sanguinetti y el no imputable de Juan Justo Amaro. Cada uno de esos rostros exhibió un rictus de emoción, entusiasmo, aceptación, apelación a la paciencia y alguno similar al de quien escucha un tango viejo pero que todavía le gusta- durante la exposición del diputado Daniel García Pintos que, contra viento y marea, logró sacar adelante el homenaje a su amado líder pese a que no fue formalmente aceptado por el plenario de la Cámara. Hubo otros rostros con otros rictus: sólo digo que si en la bancada de prensa hubiese estado el Menchi Sábat, soltando su trazo sarcástico, se habría hecho un festín con lo que tuvieron que aguantar los muchachos del oficialismo, al santo botón, sin poder decir «esta boca es mía». A veces uno se apura y se equivoca de carta… Y después, lo inesperado. Irene Caballero (Alianza Nacional), encendió una luz que enceguecía en el sitio que habitualmente ocupa Jorge Gandini, quien, evidentemente, usa bombitas viejas o de mala calidad. Nora Gauthier (Espacio 609), al menos de lejos y advertida por uno, que ve borroso, parecía María Kodama, cuya única, reconocida y redituable militancia, muy distante del compromiso de la diputada vernácula, fue por un viejo ciego y famoso. Apunte final: Sergio Botana (Alianza Nacional), en la media hora previa, habló del fútbol de Cerro Largo. Menos mal que Dios me perdone que se murió Fontanarrosa…
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