Conversando en la feria de la esquina

Los plenarios de Diputados tienen ese… qué sé yo ¿viste? Salgo por el ambulatorio, camino hasta la sala y me doy de trompa con un debate donde todos parecen estar, con una banderita de taxi libre en cada mano, hablando en la feria de la otra cuadra. Lo primero que descubro es que los queridos Garotos no integran la canasta familiar; me hace profundamente infeliz, ya que advierto que seguirán siendo castigados por el IVA. Después, y juro que por primera vez en mi vida, constato que un tubérculo tan humilde y tan servicial como la papa adquiere la relevancia de una Susana Giménez; todos se ocupan de ella, todos hablan de su precio y de su peso ­no quiero decir que manoseándola- y hasta algunos la llaman, cariñosamente, «papín».¡Y qué decir de la noble, durita y rosada zanahoria, elevada a la categoría de una Silvia Süller! O de la cebolla, con más capas que Mirtha Legrand. E incluso de ese zapallo cabutiá, que imaginé, puesto que ya estoy más loco que Horacio Ferrer, parecido a la Tota Santillán. ¿Todo por qué? Por el proyecto del Ejecutivo de exonerar temporalmente del IVA a la venta de algunas verduras y frutas de producción local y también a aquellas que, por necesidad, deban ser importadas.

El informe del oficialismo, en la voz prolija de barítono desocupado de Gonzalo Mujica, fue breve y claro. La oposición prefirió recordar la carga tributaria que soportan los productores y lo innecesario de importar cuando sobra.

Un legislador blanco, Rodrigo Goñi, quiso dar tan justa medida del error que a su juicio perpetraba el gobierno que introdujo la expresión «muchisísimo más»; es que la terrosa vida de los alimentos en danza, al menos aquí, no es normal. Que el excelentísimo Víctor García de la Concha lo perdone.

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