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Rosencof: gente del Escuadrón "hoy anda dando vueltas por ahí"

Mauricio Rosencof (75), descorre para LA REPUBLICA los entretelones de su trascendente participación en ellos.

El apodo de “el Ruso” combina la asociación fonética de su apellido con el mote popular en Argentina para con los judíos, presentes en las raíces de Mauricio. 36 años atrás, con un pie y medio en la clandestinidad, este hombre transcurría mayormente en los zapatos de “Leonel”, su nombre de guerra en la cúpula tupamara, que ya sonaba hasta en la periferia de la trastienda política. El tema es Bardesio, pero Rosencof agarra para el lado político previo al secuestro por parte del MLN, en febrero del ’72, del ex cazatupamaro hoy detenido en Buenos Aires. Automáticamente se coloca como frente a las cámaras de televisión que lo entrevistaron ayer, cuya mediación y audiencia no parece diferenciar de LA REPUBLICA y sus enterados lectores. Abunda, entonces, en el clima de represión antipopopular que precedió al día “A”, por aciago, como él llama al 14 de abril de 1972: desde las muertes de los estudiantes en las calles, hasta la oleada de atentados salvajes contra locales del FA y abogados de presos políticos, para terminar en el asesinato por el Escuadrón de la Muerte de cuatro jóvenes militantes, el más reciente de ellos Héctor Castagnetto, el que hoy pende sobre el detenido Bardesio.

Rosencof se remonta por las ramas de los grupos paramilitares que brotaron por toda aquella América Latina en ascuas, y luego por las de los talas de los montes de Marmarajá, a cuya sombra escuchó “la frase clave en el pensamiento de Raúl (Sendic)”, contemplando a los peones arroceros recortados contra las rayas del alba: “Es un ejército”. Hasta que al fin Mauricio aterriza en Leonel, al mencionar la Juventud Uruguaya de Pie, semillero del incipiente Escuadrón de la Muerte. De eso se trata.

 

La punta de la madeja

“Empezamos a recibir mensajes del centro de operaciones de la Policía, datos muy precisos, impactantes, de alguien que se comunicaba con nosotros. Decidimos no operar en función de ellos, por la prevención de estar ante ‘carne podrida’, una celada. Pero en determinado momento, ese extraño informante anónimo se va de vacaciones a París. ¿Quién era esa persona?”.

Los ojos celestes de Leonel, el ruso Mauricio, se iluminan en el umbral de “la historia fascinante” que va a relatar.

“Cuando Uruguay rompe relaciones diplomáticas con Cuba, allá en el ’60, se asilan algunos cubanos en la embajada uruguaya en La Habana. Entre ellos, se asila un muchachito que así, en vez de ir para Miami, va para Uruguay. El joven llega acá, no tenía trabajo, era cubano anticastrista, le facilitaron las cosas y entró a la policía; hizo carrera hasta casi comisario. Y resultó que era él quien nos mandaba los mensajes. Y como no le dimos pelota, se fue a París. Y de París se fue para Cuba: aquel muchacho que se había asilado era, en realidad, un joven de los servicios de la inteligencia cubana”.

Muchos de los enterados lectores de LA REPUBLICA ya sospecharán de quién se trata este agente encubierto del G2, la seguridad cubana, que proveyó al movimiento tupamaro la primera hilacha de la madeja que desembocaría, ya por fuera de su control, en acontecimientos tan dramáticos como cruciales de la historia nacional. Manolo, como lo evoca Rosencof, era Manuel Hevia Cosculluela, que llegó a convertirse en pieza clave de la “guerra contra el comunismo” en Uruguay por parte de la embajada de Estados Unidos a través de la CIA, o viceversa. Las novelas de John Le Carré palidecen al lado de su peripecia. El escritor Rosencof no desaprovecha la bolada.

 

“Nosotros teníamos compañeros permanentes en Cuba, amigos, periféricos; una embajada, digamos. Entre otros, estaba el entrañable Carlitos Núñez, periodista de primera línea, que contacta con Manolo, a quien los servicios tenían en lo que se llama ‘la congeladora’. Con la información que le da a Carlitos, éste empieza a hacer fichas. Entonces yo viajo a Cuba, previo paso por Chile donde me reúno con el presidente Allende”.

Escritor conocido desde su reciente obra de teatro “Los caballos”, periodista por analogía, político fogueado en la cocina del Partido Comunista primero y las entrañas tupamaras después, hasta convertirse en el activo puente del MLN con figuras de primer nivel en el Partido Nacional, el Partido Colorado y el Frente Amplio, Mauricio Rosencof sumó la función de canciller de la guerrilla en sus relaciones internacionales. En Cuba lo recibió Fidel, con quien tuvo varias reuniones en “casas de seguridad”, o de protocolo, como se reciclaron después. Fidel lo encaminó hacia Manolo, de cuya boca Mauricio escuchó por primera vez el nombre de quien, poco tiempo después, a 6 mil kilómetros de distancia, tendría a merced de su interrogatorio, detenido en la subterránea Cárcel del Pueblo, calle Juan Paullier esquina Charrúa: Nelson Bardesio Marzoa, mano derecha del jefe de la estación de la CIA en Montevideo, William Cantrell.

“Pero Manolo Hevia no llegó a penetrar todo el Escuadrón de la Muerte, que incluía desde civiles, un profesor viceministro del Interior, capitanes de la Marina, comisarios de Policía. Bardesio era clave, pero sólo la punta, había que averigüar todo lo demás. La guerra la gana el mejor informado, como decía Clausevitz”.

 

El doble poder

Bardesio es “detenido” por la justicia revolucionaria del MLN el 24 de febrero de 1972, cinco días antes de la asunción presidencial de Bordaberry y mezclado en el noticiero de la noche con el secuestro de Homero Fariña, redactor responsable del diario “Acción” de Jorge Batlle.

No existe certeza de las formalidades con que Rosencof fue presentado a Bardesio en la Cárcel del Pueblo, si fue anónimo, o como Leonel o, según los comunicados oficiales de la guerrilla que reprodujeron aquel “interrogatorio”, con el sugestivo cargo de “el Fiscal del Pueblo”. Mauricio disuelve esas fórmulas en la corriente de “la fantasía, el mito, la leyenda”.

“No es un interrogatorio, es una conversación, café de por medio, donde yo me hago el sota, le pongo tramperos. Le digo: mire Bardesio, cuanto más antes terminemos, más rápido va a volver a su casa; no queremos perder tiempo ni que lo pierda usted. Pero queremos esta información. Me acuerdo que le digo: ¿Usted conoce a un estudiante que participa en estas operaciones, que se llama Miguel Sofía?”.

Rosencof había dado la vuelta olímpica por América, más los años y el periplo recorridos por Manuel Hevia en las cornisas del espionaje y en las vísperas del “salto cualitativo” a un ínédito nivel bélico, la primera pregunta del jefe tupamaro al valioso rehén es: ¿Usted conoce a Miguel Sofía?

– No, responde Bardesio.

“Entonces, mire: acá hay una fotografía que le van a alcanzar. ¿Ve? Acá está usted, sonriente con el que está a su derecha, que lo abraza por el hombro, sonriente también, ¿me podría decir cómo se llama esa persona? Entonces Bardesio mira la foto y me dice: Miguel Sofía. A partir de eso, él llegó a la conclusión de qué información queríamos, ampliando la que teníamos. Después de eso le digo: bueno, mire, cualquier cosa que usted nos cante errado nosotros vamos a saber qué baraja tiene. Entonces lo más sencillo y sensato es que usted nos cuente lo que nos interese. Cómo desapareció Ramos Fillippini, los que pusieron las bombas, quién es quién dentro del Escuadrón de la Muerte. Yo sé que usted tiene su beneficio en todo esto, pero nuestro costo es muy grande.

– Sí, tiene razón, admitió Bardesio.

Por obra de la luz apropiada, el prisionero no alcanzaba a ver la cara descubierta de su fiscal, pero éste podía ver a Bardesio, “sentado, tranquilo, cabizbajo, pero bien”, relata Rosencof. La dureza de aquel Leonel, que hoy encubre a medias el entrevistado Mauricio ba
jo el aura de su vasta erudición, su proverbial amenidad y su apasionante biografía, debió constarle al esbirro cautivo por el metal de su voz, que aún hoy alisa.

“Yo le voy a proporcionar una cuadernola y un lápiz, y usted va escribiendo todos los días. Cuando termine la historia, bueno, cerramos el libro y buenas tardes muchas gracias, le dije. Tal cual, y todos los días escribió páginas y páginas. Terminó dándonos los planos de la Seccional 9ª de Policía en 18 de Julio, que parte de Inteligencia venía para ahí, y nos contó todo lo que sabía. Con una particularidad: que él resguardó a sus mandos naturales, no a sus compañeros de trapacerías. Yo no lo volví a ver. Pasamos todo aquello a máquina para difundirlo y ahí se formó la discusión en la Orga, si alcanzaba con divulgar ese informe o, al mismo tiempo, habia que actuar.

Después pasó lo que pasó, pero la culpa la tienen los políticos que conocían la existencia del Escuadrón pero no hicieron nada, como es el caso de Sanguinetti”.

 

Los cráteres abiertos

De nada valieron las denuncias en el Parlamento de las atrocidades de la banda cívico-militar armada por la CIA, ni siquiera la visita al recluso Bardesio ­para dar fe de su credibilidad- del presidente de la Cámara de Diputados, Héctor Gutiérrez Ruiz, uno de los activos vínculos del Partido Nacional con los tupamaros, que llegaron a “financiar durante mucho tiempo al diario blanco El Debate, en cuya dirección estaban el Titito Heber, el Toba y Furest”, aseguró Rosencof. Bardesio fue liberado recién el 2 de junio, 100 días casi desde su detención. El Uruguay que asomó ante el oscuro agente de la CIA había dado ya una voltereta dramática hacia el lado oscuro de su naturaleza, mitad propia, mitad importada.

A diferencia de otros 9 integrantes del Escuadrón, listados con 3 uniformados y Miguel Sofía a la cabeza, Bardesio no fue condenado a muerte “para que se supiese que no le habíamos tocado un pelo y dar garantía ética de que, si detenemos a alguien para dar información, no le cambiamos después la pisada”, mezclan los tiempos Mauricio y Leonel. Otra que Berríos, la película de terror que gira en torno a Nelson Bardesio, cuyos nuevos y quizás no menos sorprendentes capítulos se habrán de conocer próximamente, emerge a la actualidad desde los cráteres aún abiertos por el terremoto de la prehistoria reciente. Fantasmas conocidos que mantienen cuerpos sin tumba hasta el día de hoy. Que aún perturban el sueño de Mauricio con “la pesadilla de que había no uno, sino dos García Pintos, otro que integraba la JUP”, el almácigo estudiantil del Escuadrón.

Casi 40 años después, Nelson Bardesio está preso de nuevo, a la espera ­extradición mediante- de afrontar en Uruguay al fiscal Ricardo Perciballe, que le interrogará, en nombre del pueblo, por el crimen de Héctor Castagnetto y 3 militantes más, sus autores y sus cómplices.

Ya se sabe mucho, así que no hará falta, esta vez, provocar sus confesiones con una foto, “sobre todo esa foto”, subraya Mauricio Rosencof, “que había salido en El Diario de la noche, en que aparece Miguel Sofía, que es uno de los hombres que no ha dado cuenta y se dedica a la radiofonía, era integrante del Escuadrón, porque además fue una de las claves en las actas de Bardesio. Está vendiendo sus bienes, él que tenía una demanda pendiente contra el Estado, y ahora anda dando vueltas por ahí”.

“¿Usted conoce a Miguel Sofía?”, le pregunté. “No”, respondió Bardesio.

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