UNA COSA FEA LA SORDERA, QUE LE DICEN
-Ya no aguanto más le confiesa Eufrasia a una vecina. Me quiero suicidar.
-Pégate un tiro en el corazón y listo.
-¿Y dónde queda el corazón pregunta Eufrasia.
-Ahí, sobre la tetilla izquierda.
Al poco tiempo, la vecina se encuentra con otra: -¿No viste a Eufrasia? La última vez estaba muy deprimida.
-Ahora debe estar más, porque se pegó un tiro en la rodilla izquierda.
Ya he contado este chiste, maravilloso, sobre la sordera. Pero viene de perillas luego de asistir al plenario de diputados de ayer, durante el cual se consideró el proyecto de Rendición de Cuentas.
La sordera fue general. Lo que cada uno escuchaba del otro era claramente lo que quería o podía por las circunstancias políticas, nunca lo que cada cual había expresado respecto del tema en debate.
Aparte del tormento chino -refinadísimo, lector- de que todos sabíamos por anticipado qué iban a decir hasta los ujieres, se sumaron dos joyitas que transportaron la sesión a un nivel que osciló, locamente, entre el drama y la comedia: todos decidieron gritar, aunque, cosa extraña, sin que sus gestos denotaran la menor irritación y sin contar, claro, los saltitos de Gamou en su banca, que ya son folclóricos; y todos salieron de sala tantas veces que llegué a suponer una epidemia de incontinencia urinaria o una táctica astuta para evitar dormirse en el augusto recinto.
No ha cambiado nada del habitual tratamiento de estos proyectos. Se ha carecido de la suerte de aquel anciano a quien su mujer le dice:
-Viejo, podríamos ir al cine.
-¿Otra vez?
-Sí, pero ahora es sonoro y en colores.
Perdón, me rectifico. Hubo dos hechos relevantes. Uno, la cantidad de computadoras portátiles en la bancada del oficialismo; el ejemplo del sufrido Alfredo Asti (Asamblea Uruguay) cunde. Otro, un funcionario del Palacio Legislativo, especializado justamente en computación, quien, por primera vez en la historia parlamentaria nacional, ocupó una banca para trasladar desde allí, a través de su aparatito, imágenes de diversas gráficas a las pantallas ubicadas en el primer nivel de las barras; qué macana, les prestaron menos atención que Saralegui, que estaba en Los Aromos tratando de armar el rompecabezas de Peñarol.
Entonces, ¿a qué tanta queja? No me conformo porque no quiero.
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