EL POETA PEREGRINO
En el otoño de 1949, Gimo hubo de ocuparse de alojar por unos días a un poeta perseguido por la dictadura de su patria. En la más absoluta clandestinidad, había llegado a Uruguay, de donde partiría hacia Europa.
El lugar elegido fue la casita de un conocido, ubicada en el entonces despoblado Parque del Plata, en medio de los pinos. Fueron cinco días de charlas interminables, de paseos por la playa, de visitas nocturnas a la hostería del incipiente balneario. «La convivencia con un gran poeta resultaba una fiesta», recordaba Gimo en una nota publicada en El Popular a fines de los sesenta. «Así pasaron cinco días de estricta clandestinidad».
Al sexto día, antes de partir hacia el aeropuerto, el poeta quiso dejar un testimonio de su gratitud y escribió sobre una blanca pared con un crayón rojo: «Adiós, pequeña casa echada/ como paloma entre los pinos./ Se ven tus alas resguardadas/ por altos mástiles marinos./ A tu blancura enarenada da las gracias el peregrino». Y la firma: Pablo Neruda.
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