¿Usted no cree en milagros?  Pues los hay

Ayer a la tarde sufrí, o fui bendecido, qué sé yo, por una revelación que, supongo, puede haber sido parecida a la que sacudió al Saulo bíblico y lo volteó del caballo.

¿Un milagro? No, no. Empleemos el plural: milagros.

Primero, y a raíz de la explicación del nuevo impuesto a las jubilaciones, fue posible colocar una pantalla enorme, sobre la cual se proyectaron gráficas primorosamente elaboradas por un diputado, en el sitio menos adecuado imaginable, al punto que el propio informante sufrió padecimientos varios ­por ejemplo, tortícolis­ aunque no sólo por esta causa. Esa pantalla, además, hizo desaparecer a media bancada de prensa, como si hubiese caído en manos de David Copperfield.

Segundo, ese diputado, nada menos que un especialista en estos informes, el economista Alfredo Asti (Asamblea Uruguay), ahora acompañado por una computadora más joven y, vista de lejos, como Inodoro Pereyra hace con la Eulogia, también más bonita que la anterior, batió su propio récord de tropiezos verbales por más veloz y fuerte que intentó hablar. Ocurrió que sus conocimientos indudables y la certeza de su exposición fueron jaqueados por frecuentes desapariciones de la imagen proyectada. Ante circunstancias tales, hubo momentos en que el tartamudeo y el estupor en el rostro del legislador despertaron un unánime espíritu solidario.

Tercero, los blancos lograron que su rechazo a este impuesto hiciera honor, además de a la redundancia, al cálculo prudencial. (Por las dudas: aquel que se hace a bulto, con aproximación y sin buscar la exactitud).

El cuarto milagro ­y último, al menos de la sesión de la víspera­ fue que todo esto, que uno podría suponer convocaría al debate dramático y encendido, originó frecuentes sonrisas y hasta carcajadas de oficialistas y opositores como respuesta a comentarios que llegaban del lado contrario.

Con o sin milagros, no fue un buen día para mí. No entendí las gráficas, para mirar las cuales debí transformarme en el hombre araña; no obstante, las advertí estéticamente tan admirables que, si pudieran ser comparadas con la nobleza, alcanzarían el rango de ducado. Tampoco entendí qué hizo reír con tanta frecuencia a los legisladores; yo sentí ganas de llorar, para qué voy a mentir, lector.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje