¿Es la única manera de lograrlo?
Más de una vez me he preguntado cuál sería la fórmula mediante la que los diputados, durante los plenarios, no recalienten sus celulares, no caminen distraídamente por la sala, no hablen entre sí como si estuvieran en un living, no cambien de banca por puro aburrimiento y, además, presten atención respetuosa incluso en lo gestual a lo que está diciendo el orador de turno.
Ayer de tarde desarrollé una hipótesis.
Primero, hacer una sesión extraordinaria en homenaje a un artista popular y querido, con barras repletas de amigos y la familia en el palco de honor. Luego, una sesión ordinaria donde el único tema considerado, aunque se trate de designar un tramo de ruta nacional con el nombre de una personalidad relevante, se convierta en otro homenaje justo y conmovedor.
Pablo Estramín primero y Eladio Dieste luego, probaron mi teoría.
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