Juan Pedro Ciganda, a Asociación de Empleados Bancarios del Uruguay (AEBU)

Lucecita encendida en las tinieblas

Los duros conflictos que los bancarios protagonizaron en los años sesenta, su militarización en tiempos de represión, la caída de muchos de sus afiliados en los años más duros del régimen militar, fortalecían la resistencia, la organización y, particularmente, la solidaridad con otros gremios y organizaciones sociales que encontraron en AEBU un apoyo moral, político y hasta económico.

Juan Pedro Ciganda fue un destacado protagonista de aquellos años del sindicato bancario, del que fue presidente entre 1975 y 1984. Recuerda que su asunción al cargo fue una «responsabilidad política y moral». Era suplente en el Consejo Central de Antonio Marotta, quien cayó preso y «de buenas a primeras, terminé asumiendo la presidencia de AEBU». Mantener encendida aquella lucecita fue un propósito del gremio durante su gestión, en la que se sucedieron hechos históricos: como el rechazo al intento de la Armada de formar una central sindical amarilla, la campaña en favor del NO en el plebiscito constitucional propuesto por la dictadura, o la conmemoración semiclandestina del 1º de mayo de aquel 1980.

«En el 80 recuerdo que fuimos presos todos los miembros de la dirección de AEBU porque unos días antes sacamos volantes firmados protestando por el cambio de fecha que ese año por primera vez se hacía a través del decreto que trasladaba los feriados», cuenta Ciganda. Una fecha clave de aquella resistencia de AEBU fue la del 19 de diciembre de 1981, cuando una asamblea con más de mil quinientos bancarios decidió organizarse por bancos en el marco de la Ley de Asociaciones Profesionales que había propuesto el coronel Néstor Bolentini, en lo que inicialmente aparecía como un nuevo intento de fragmentar y controlar el movimiento sindical.

El ejemplo de AEBU fue tomado entonces por otros gremios que encontraron en la propia ley de la dictadura una herramienta para organizarse en forma legal. Poco tiempo pasaría para que se constituyera el Plenario Intersindical de Trabajadores (PIT) y se llegara a aquel histórico 1º de mayo de 1983, en el que ante una multitud de uruguayos, Ciganda fue el último orador.

 

Las ganas, el amor y la política

«Desde hace unos años estoy dedicado, principalmente, a estudiar y a escribir alguna cosa. Soy frenteamplista eterno, fundacional e incurable», se define Juan Pedro Ciganda cuando se le pregunta qué ha hecho en los últimos años, desde que dejó la actividad sindical y política, en la que actuó como diputado de la coalición de izquierdas hasta 1991.

«¿Y cómo ve hoy uno las cosas en estas bodas de plata de aquel 1983?… Yo pienso y siento que en aquel momento las prioridades estaban claras. El norte era la libertad. Pienso que el objetivo principal de hoy es afirmar todo lo que los uruguayos en democracia hemos ido construyendo», opina Ciganda.

«Se están procesando cambios reales e importantes en el país. Con sus limitaciones, con sus propios techos, con sus miradas con algo de astigmatismo, a veces, el Frente Amplio está construyendo cosas. Lo deseable sería que, en este mundo de hoy, de perplejidades y suba de precios en los alimentos a lo largo y ancho del globo, nuestra aldea actuara más «de conjunto» para fabricar proyectos nacionales ambiciosos sobre la base real de un planeta absolutamente interdependiente», sostiene.

«Está claro que si queremos jugar de nuevo como en los años cincuenta, con dos punteros pegados a la raya, diciendo «como el Uruguay no hay», proclamando que somos maravillosos y tolerantes, sin mirar la historia para no tener ojos en la nuca, y confiando en que el Uruguay puede todo más allá de lo que pase en el orbe, no vamos a tener suerte. Hay que revisarse, para poder navegar en ese mar tan bravo. Con algunos encuentros que se parecieran a los de hace 25 años. Que fueron buenos encuentros, fructíferos…», propone.

Ciganda no evita el desafío político: «Creo que el Frente puede hacer cosas, también en ese sentido.

Me consta que no es fácil. Hay gente muy representativa de los partidos tradicionales que se muestra profundamente marxista, pero de Groucho, cuando decía «estos son mis principios y, si no les gustan… tengo otros».

Tampoco elude la autocrítica: «Y los izquierdosos también tenemos que mirarnos un poco en el espejo. Yo no sé muy bien cómo sería el hombre nuevo que hay que construir. Pero supongo que el hombre y la mujer nuevos, como parte del examen de ingreso a la categoría «nuevo», tendrían que estar dispuestos a pagar impuestos y a poner algo de su bolsillo…». Para Ciganda, las críticas pueden ser compartibles: «Con la crítica se crece, si uno tiene algunas neuronas disponibles. Por ejemplo, hay que exigirle más al capital. Hay que verlo y cuantificarlo. Medirle debilidades y fortalezas. Los sistemas de impuestos nacionales si no empiezan a mirarse en una óptica más internacional, van a patinar.

Es algo de lo que no tienen qué ocuparse en lo inmediato los ministros de economía, pero deben estudiar ya los partidos políticos», agrega.

«Porque los partidos deben pensar, utilizar bien el tiempo en ese noble arte de pensar… pero, ¡por favor!, todo eso no nos puede llevar a dejar de mirar los avances concretos en un tiempo concreto y con una perspectiva concreta. Si no se ven los avances ­advierte Ciganda­ faltan las ganas… y las ganas, son la única cosa que no pueden faltar, ni en el amor ni en la política».

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