Unicameral
Tras asistir al plenario del Senado con la respetuosa urbanidad de un casi anciano periodista, he resuelto pronunciarme: hay que ir a un Poder Legislativo unicameral y que sobreviva únicamente la Cámara alta.
¿Muy drástico? Bueno, surge de la comparación, mecanismo mental primario pero didáctico. Que nadie olvide que la noche anterior asistí al penoso debate en Diputados, que me hizo recordar a Alberto Vacarezza y «El conventillo de la paloma».
El Senado es otra cosa. Primero, mullidos sillones que seguramente ha de envidiar Semproni, que permiten comodidades inverosímiles; luego la poca gente, que despeja cualquier aproximación a la promiscuidad; finalmente, esa calma chicha que los chupa a todos como garrapata.
¡Hay que verlo! Fernández Huidobro aburrido cual lama tibetano refugiado en la cordillera de Kunlun; Margarita Percovich ostentando ese porte tipo Judi Dech en cualquier papel de tono monárquico; Antonio Gallichio que, al suplantar a Rafael Michelini, demuestra que bajó de AFE sin tropezar; y, en fin, Eduardo Lorier con una pinta de cantor de tangos de los que usan atril por falta de memoria.
¿Acaso es escasa la impresión? Pues hombre, ¡qué placer otear la sala y no ver, hirsutas, a la búsqueda de alguien a quien enredar, las cejas de Sanguinetti!
Por eso digo: si hay reforma constitucional, que los diputados vayan buscando otro trabajo. Qué sé yo. En comités de base, pateando la campaña, repartiendo volantes o haciendo teatro.
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