Trabajadores desalojaron curtiembre lanar Napalan
La Justicia culminó ayer con un conflicto de sesenta días, que mantuvo a veinte trabajadores de la firma Napalan ocupando el lugar de trabajo. Por su parte, los empresarios «no afrontaron las responsabilidades» que les correspondían, denunció a este matutino el representante de los trabajadores de la curtiembre Eduardo Pintado.
Hace sesenta días «nos dijeron que se iban y que nos quedáramos con la maquinaria», contó Pintado. Nadie se hizo cargo de las deudas salariales que la empresa mantenía con los empleados, por lo que ayer los obreros se llevaron lo que los abogados les manifestaron que era suyo: una caldera, lijas, polizones, descarnadoras, cueros, y otras máquinas propiedad de la empresa. La deuda, según Pintado con algunos obreros alcanza los 300 mil pesos, con otros 150 mil pesos.
Los trabajadores buscan ahora conseguir un predio para, con el apoyo de la Intendencia de Montevideo y el Banco República, constituirse en cooperativa y consolidar un nuevo proyecto productivo.
Pésimas condiciones
En el barrio Nuevo París, la curtiembre lanar empezó a funcionar hace dos años. Allí cuarenta personas llegaron a trabajar a diario, en condiciones totalmente insalubres e inhumanas, aunque ahora sólo quedaba la mitad del personal.
Los trabajadores denunciaron condiciones deplorables de trabajo que podían «adivinarse» desde la calle, aún sin poner un pie dentro del «gran galpón», que no contaba con desagüe, ventilación, ni baños adecuados.
Trabajadores de la Unión de Obreros Curtidores que recorrieron el predio de Napalan ayer no dieron crédito a sus ojos. «Esto es inhumano, he trabajado en varias curtiembres, pero nunca vi algo como esto», indicó uno de los trabajadores del sindicato.
Testimonio
Claudia trabaja en Napalan desde que abrió, al igual que su marido. Era la única trabajadora de la curtiembre. Entraba a las dos de la tarde y se retiraba a las diez de la noche. Durante todo el tiempo que se encontraba trabajando no podía ir al baño, porque no tenía un baño de damas. Esperaba cumplir mis ocho horas y me iba para casa», contó a LA REPUBLICA al confesar que se siente «muy mal» y «estafada» por la situación. «Cuando llegaba a mi casa me tenía que desinfectar de pie a cabeza, de acá te ibas lleno de pulgas», agregó.
«Tengo tres hijos y con mi marido no teníamos otro trabajo, primero está el plato de comida de ellos, después nosotros», señaló mientras acompañaba a sus compañeros en la desocupación.
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