La trastienda

«Había vuelto de Buenos Aires y tenía que trabajar. Yo me había negado a jubilarme, aunque tenía causal como político. Tenía que mantener a mi familia y no había seguro de paro. Buscando una actividad llegué a esa farmacia Virtus. Era una cadena donde se habían juntado Virtus, Beisso y Surraco. Me vendieron esa sucursal que estaba muy bien ubicada y en la misma manzana en la que yo vivía. Hubo amigos que me ayudaron económicamente. Me gustó el local, que tiene como 50 metros de profundidad, con un salón externo y donde se podían preparar los medicamentos. Trabajaba muy bien, pero además estaba simbólicamente en el 1904 de 18 de Julio, donde moría Rivera y nacía Fernández Crespo, enfrente al monumento de Oribe… (se ríe). Lo primero que hice fue ponerle a una balanza, que aún conservo, una calcomanía de Saravia. Allí ha estado Aparicio, desde principios de 1977 hasta ahora. Era un negocio muy respetado, a la vez que una gran fachada para hacer política. Le quedaba muy bien a mis colegas políticos que todos los días 9 de cada mes cobraban su jubilación en la Caja de la calle Colonia, a solo una cuadra. Lo que yo tenía que a cualquiera le podía interesar, era una vinculación directa con Wilson. Muchos éramos los blancos que resistíamos, pero a la farmacia llegaban todos. Wilson nos dio un impulso muy grande en aquellos años ochenta, en que defendió en el exterior los derechos humanos y, en particular, la liberación del general Líber Seregni. La farmacia se transformó en un centro de resistencia de todos los opositores, públicos o clandestinos. Llegaban publicaciones y materiales de todos lados que se repartían. Recuerdo que uno de los últimos blancos en decidirse a ir, fue Dardo Ortiz. Llegó serio y, con su voz grave, le dijo al que atendía: ‘Vengo a buscar una aspirina… blanca'».

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