"Tranquilo, en paz, sereno"
El coronel (r) Jorge Silveira experimentó un cambio notable, tras su encuentro con monseñor Cotugno. Según fuentes allegadas a Silveira, se notó en él una «gran paz y serenidad». Además, su salud, severamente afectada, «mejora día a día». Las mismas fuentes dijeron que es posible que en pocos días sea dado de alta y retorne al calabozo de la Prisión Especial Nº 8, aunque para ello tendría que convocarse a una junta médica.
Silveira sufre problemas cardíacos. No hace mucho tiempo debieron practicarle una angioplastia. En su última internación estuvieron a punto de realizarle otra intervención, pues tenía otra arteria ocluida.
Las mismas fuentes desmintieron que Silveira haya iniciado una huelga de hambre a raíz de la citación del juez penal de 1er. Turno, Juan Carlos Fernández Lecchini.
A Silveira, según las fuentes, «no le preocupaba en lo más mínimo su comparecencia, ya que según le habría explicado su defensa, se trataría de una simple formalidad, pues él ya había negado todo, y además porque según afirman él nunca habría hecho tal afirmación o acusación».
Sin embargo, según las fuentes consultadas por LA REPUBLICA Silveira estaba sumergido en una «profunda crisis». Proclamaba su inocencia y sostenía que era, además, un «preso político». En reiteradas oportunidades le habría expresado a su círculo más próximo que en cualquier momento tomaría un decisión drástica contra su integridad física.
Silveira comenzó la huelga de hambre y dijo que estaba dispuesto a «llegar hasta las últimas consecuencias». Sobre eso, allegados al círculo de Silveira dijeron que si bien no era esa «la primera vez que emprendía una acción de ese tipo, temían seriamente, por su actitud y palabras, que en esa oportunidad cumpliera con lo que estaba diciendo».
Su esposa, Leda Pascal, tomó la decisión de pedirle a monseñor Cotugno que le tomara confesión, cosa que Silveira le había pedido, pero que a la vez tratara de convencerlo de que depusiera su actitud.
Así fue que Cotugno se reunió con el militar y tras 45 minutos de charla informal y, principalmente, de confesarlo, Silveira decidió abandonar su medida y además le prometió a su confesor que no lo haría de nuevo.
La confesión cobró tal importancia en el estado de ánimo del ex represor que en pocos días ya recobró algunos kilos perdidos, se encuentra mucho más sereno y calmo, y ha reafirmado su fe en la religión católica.
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