La confesión de "Pajarito" Silveira
Silveira fue procesado y encarcelado por la Justicia hace un año y medio a raíz de la desaparición en 1976 de Adalberto Soba, un militante del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP) apresado en Argentina como parte de la Operación Cóndor.
El 29 de febrero el arzobispo de Montevideo, monseñor Nicolás Cotugno, admitió ante un espacio radial que concurrió al hospital militar en respuesta al pedido de confesión que le hiciera llegar Silveira.
En aquel momento, a través de radio Oriental, Cotugno manifestó: «Se trató de un hombre que pidió para confesarse y por eso celebramos el sacramento de la penitencia normalmente». El hecho, ampliamente difundido, merecía tal vez otro abordaje. Al menos, para quienes no comulgan, se imponía echar luz sobre el significado de ese acercamiento entre el represor y la fe. Y traducirlo a un lenguaje llano, esclarecedor.
Anímicamente abatido por su reclusión, Silveira inició una huelga de hambre el 25 de febrero. Ese mismo día el juez Juan Carlos Fernández Lecchini había fijado audiencia para interrogarlo sobre una versión de prensa en la que responsabilizó al teniente coronel (r) José «Nino» Gavazzo por la muerte de Elena Quinteros y María Claudia García de Gelman.
Según esta versión, Silveira también habría confesado que cargaba sobre su conciencia la muerte de «una comunista», aunque sin aclarar de quién se trataba. Al otro día, el militar desmintió la versión y anunció, a través de algún medio de comunicación, su decisión de llegar hasta las últimas consecuencias con la medida. «No tomo agua, no tomo medicamentos, no como. La idea es acabar con esto porque yo no me quiero eliminar, me han autoeliminado», declaró a una radio, responsabilizando por su padecimiento al Frente Amplio y al gobierno de izquierda.
Fue entonces que su familia solicitó formalmente la presencia en el hospital militar del arzobispo de Montevideo, monseñor Nicolás Cotugno, para que intercediera ante «Pajarito». Además, le trasmitió que el ex militar tenía la intención de confesarse. La noticia del oficio religioso corrió como reguero de pólvora.
La medida se prolongó hasta el viernes 29. Silveira depuso su actitud y declaró a allegados que, tras su contacto con Cotugno, había experimentado una súbita mejoría (ver nota aparte).
Para el sacerdote Néstor Falco, vicario de la Comunicación del Arzobispado de Montevideo, no cabe duda alguna. Consultado por LA REPUBLICA, aclaró que respecto a quien pide confesarse, en este caso Silveira, «se presume que está arrepentido por algo que entiende que hizo mal».
Además explicó que, de acuerdo a lo informado por monseñor Cotugno, al celebrar el sacramento de la penitencia hubo «absolución» por el pecado manifestado y «formalmente tuvo que manifestarse arrepentimiento por lo hecho y haberse cumplido todo el proceso que implica este sacramento».
Falco precisó que, quizá, puede inferirse que «el pedido de absolución fue por un pecado relacionado por el desempeño de su función militar». Sin embargo, advirtió que, en rigor, pudo ser el resultado de cualquier otro episodio de su vida. De todos modos, advirtió que sobre el caso concreto, y sobre cualquier otro, pesa el secreto de confesión.
El religioso agregó que la Iglesia Católica entiende que cuando una persona se acerca a confesarse con un sacerdote es porque asume su cuota parte de responsabilidad sobre algo que entiende es un pecado y que «existe un arrepentimiento». «Si hay arrepentimiento total o no queda en la buena intención del individuo», afirmó.
Por su parte, el obispo de Minas, monseñor Francisco Barbosa, explicó que todo fiel bautizado «tiene derecho a la absolución de los pecados manifestados», pero «requiere de una serie de condiciones, como la confesión y el arrepentimiento».
El prelado aclaró que los sacerdotes no pueden revelar el contenido de lo expresado, en lo que se denomina «secreto de confesión».
De todos modos, dijo que previo a darle la absolución por los pecados manifestados («fuero externo», en el lenguaje católico), «existe una serie de pasos a cumplir que presupone un examen de conciencia sobre el presunto pecado y un posterior arrepentimiento de lo hecho. Luego, viene la etapa de un propósito de enmienda, para no repetir los pecados cometidos. Finalmente, supone una etapa de penitencia, que lo otorga el sacerdote».
Fuentes de la Iglesia Católica informaron que Silveira no iba a misa en forma habitual, a diferencia del ex dictador Juan María Bordaberry (con prisión domiciliaria), quien sí solía asistir a la celebración eucarística los domingos, y del canciller de la dictadura, Juan Carlos Blanco (recluido en Cárcel Central), también un católico practicante.
Por tal motivo, llamó la atención en ámbitos eclesiales que Silveira pidiera confesarse. Sin embargo, las mismas fuentes indicaron que ante el pedido de una persona que estaba haciendo huelga de hambre, monseñor Cotugno no podía negarse a visitarlo.
El arrepentido, hoy y mañana
El vicario de la Arquidiócesis de Montevideo, y responsable de la publicación católica «Entre todos», presbítero Robin Traverso, aclaró que el sacramento de la reconciliación se otorga por los «pecados manifestados».
Aclaró que en caso de que una persona se arrepienta y diga que no va a cometer más ese pecado, «no quiere decir que en un futuro no vuelva a repetir».
Traverso fue consultado sobre el significado de los dichos de monseñor Cotugno, cuando éste dijo: «Celebramos el sacramento de la penitencia normalmente».
Sostuvo que en ese caso Silveira le tuvo que haber dicho a monseñor Cotugno que cometió «un pecado» y que «se arrepintió del mismo». Luego, el arzobispo debió pronunciar la frase absolutoria: «Yo te absuelvo de todos tus pecados, en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo».
Para el secretario general de la Conferencia Episcopal Uruguaya, monseñor Luis del Castillo, consultado sobre el sacramento de la reconciliación, «quien pide confesarse tiene la conciencia de que obró mal y tiene la intención de cambiar». Finalmente, «con la absolución el pecador recibe, como en la parábola del hijo pródigo, el abrazo del padre».
Aclaró que existen casos «excepcionales» en los cuales al confesado le está permitido no brindar demasiados detalles de sus pecados. «Basta la intención», por correr riesgo la confidencialidad. Puso como ejemplo que hubo casos de cárceles de otros países donde se colocaron micrófonos en la celda del preso que pidió confesarse o se envió un falso sacerdote, para «sacarle información». (N.d.R: Recordar el caso del sacerdote argentino Christian Von Wernich, confesor del ex jefe de la Policía Bonaerense, Ramón Camps, condenado a cadena perpetua).
«Arrepentimiento o pantalla»
Por su parte, el sacerdote Enrique Passadore, responsable de la parroquia San Alberto (ubicada en las cercanías del Edificio Libertad), coincidió con la opinión de que el sacramento de la reconciliación u confesión «es un proceso que implica el cumplimiento de varias etapas».
Dijo que «primero debe darse un examen de conciencia del pecado cometido y luego un arrepentimiento por lo hecho». «Ese examen debe hacerlo el pecador a la luz de una conciencia rectamente iluminada», agregó.
El religioso explicó que «un último paso es reparar el mal hecho en la medida de lo posible y recibir una penitencia por parte del intermediario de Dios».
Passadore aclaró que «si no hay arrepentimiento, no hay absolución».
Sin embargo, advirtió que es la propia persona con Dios quien puede determinar si hay un arrepentimiento sincero o el pedido de confesión es una pantalla.
Sobre el caso del represor Silveira, el sacerdote entiende que como está recluido, le es difícil demostrar que está arrepentido y que modificó su comportamiento ante la sociedad.
Menos confesiones
El vicario Robin Traverso explicó que la cantidad de creyentes que pid
e confesarse ha disminuido en los últimos 20 años. Argumentó que la disminución en el sacramento de la reconciliación o confesión podría atribuirse a «la concepción actual del pecado que tiene la gente». «Antes, las personas consideraban que habían pecado por cosas que hoy día se consideran minúsculas y sin importancia para los creyentes», afirmó.
Para los católicos, explicó Traverso, la confesión implica querer «superar algo que cometieron; tienen remordimiento en su conciencia y entienden que perjudicaron a una persona y se dan cuenta de que así no pueden seguir. Generalmente esto les quita la paz en su corazón y se plantean revertir esa situación».
El sacerdote explicó que además de obtener la absolución «la confesión es también un desahogo espiritual para la persona».
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