En diciembre de 1980, "Le Monde Diplomatique" publicó una nota de Fasano sobre el resultado del plebiscito del 30 de noviembre de ese año

El cortocircuito del diagrama militar uruguayo

A continuación, se publica el texto completo de la nota escrita por Fasano, y publicada por «Le Monde Diplomatique». He aquí su texto:

«El 30 de noviembre de 1980 pasará a la historia de América Latina como el día del ‘disenso uruguayo’.

Sólo diez horas de urnas abiertas bastaron al pueblo uruguayo para pulverizar, por primera vez en el continente, el proyecto constitucional autocrático elaborado por sí y ante sí por las fuerzas armadas de ese país. En esas diez horas el 59% de los ciudadanos inscriptos –el escrutinio primario dio el 54% al ‘no’ y el 38% al ‘sí’, pero teniendo en cuenta el 8% de votos observados creemos que el cómputo final alcanzará el 59% en favor del ‘no’– construyeron la posibilidad de una nueva alternativa democrática sin precedentes en la región. El mundo entero se sorprendió ante el desenlace y una ráfaga de aire tonificante recorrió de un extremo a otro la gran cárcel sureña desde Tierra del Fuego a los límites de la Guayana francesa.

Una rápida mirada a los principales titulares de la prensa del continente revela singular unanimidad, independientemente del país, democrático o dictatorial, donde se editen. Mientras el Monitor de Boston se desinhibe en su primera plana afirmando que ‘el electorado uruguayo dio una violenta bofetada a los militares’, el Buenos Aires Herald califica de ‘rechifla colectiva’ la derrota militar, y el conservador El Tiempo de Bogotá titula ‘Golpe bien dado al sindicato de sables’. Hasta el influyente y regresivo O Globo de Río de Janeiro no dudó en afirmar que el sufragio fue un rotundo ‘voto de desconfianza a los militares’, argumentando su colega paulista O Estado de Sao Paulo que ‘es imposible a cualquier sistema político engañar a todos por todo el tiempo’.

¿Por qué no hubo fraude?

La pregunta que inundó las redacciones de los periódicos y los círculos políticos sin distinción, desde el momento en que quedó despejada la incógnita comicial, fue y sigue siendo: ¿quiénes son estos militares, protagonistas del más impresionante ‘papelón’ histórico que recuerden sus pares de la fuerza bruta, hoy hegemónicos en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile y Paraguay?

La política sigue sin codearse con las ciencias ocultas y también este fenómeno militar uruguayo tiene explicación, más allá del estupor inicial. Cuando escribimos una serie de notas para el periódico mexicano Uno más uno, publicadas previamente al plebiscito, afirmando que no habría fraude y que el ‘no’ obtendría más del 55% de los votos, no estábamos construyendo un acto de profecía, de muy difícil factura en el análisis político, sino un acto de lógica social basado en los elementos aportados por la inflexible rigidez de los militares uruguayos. La misma rigidez que los llevara a cultivar una desusada ‘franqueza’ que hoy sus aliados argentinos y chilenos califican de torpeza mayúscula.

Cómo, si no, explicarse declaraciones públicas tales como ‘somos los ganadores de esta guerra y no damos explicaciones a nadie’, proporcionada por la máxima figura castrense, el teniente general Queirolo, o las expresadas por el mayor exponente naval, el vicealmirante Márquez al afirmar que ‘debemos respetar la dignidad del ser humano y no infligirle presiones físicas más allá de lo humanamente soportable’, o la reciente del propio presidente de facto, el octogenario admirador de Adolfo Hitler, Dr. Aparicio Méndez, quien al enterarse de la derrota de su proyecto constitucional declaró que ‘no ha perdido el gobierno, perdió el pueblo’.

Esta paranoia colectiva que impregna todo el tejido de los altos mandos uruguayos también explica el apoyo entusiasta que brindaron al régimen racista de Sudáfrica, y sus alegatos en foros internacionales en favor de una profiláctica tercera guerra mundial. Son los ‘duros’ del Cono Sur. Alguna vez los calificamos de ‘kamikazes’, combatientes suicida de la gran cruzada contra nuestros pueblos, los últimos roedores en abandonar el barco escorado de las dictaduras.

Y en todo este proceso de organización plebiscitaria volvieron a confirmar estas aseveraciones, desnudando una patología basada en el convencimiento de sus objetivos necrofílicos, sólo comparables con el fanatismo del cabo austríaco. Esta patología tantas veces comprobada en los últimos siete años de militarización de la sociedad uruguaya es la clave que nos condujo a descartar la posibilidad de fraude en el escrutinio. Es la misma que los condujo a perder absolutamente todo contacto con la opinión pública y a confundir a todo el país con un gran cuartel regimentado donde todos presuntamentes compartían sus obsesiones. Con excepción de los ‘traidores a la patria’, y ‘los que no quieren al Uruguay’, y en fin ‘las minorías subversivas’, como calificaron en discursos públicos a todos los que se animaran a votar por el ‘no’. afirmaciones temerarias que hoy tendrán que explicar a la mayoría del país.

Otras explicaciones menos profundas, y más concretas, existen para explicar lo que parece inexplicable: por qué no hubo fraude y permitieron el triunfo del ‘no’.

A esta altura, me permito discrepar con otros colegas de la resistencia uruguaya que, después de afirmar hasta último momento la seguridad absoluta del fraude, explicaron su inexistencia en las urnas, en la imposibilidad de hacer desaparecer trescientos mil votos negativos. Cualquier dictadura, por poco organizada que esté, puede, si detenta el férreo control de todo el proceso electoral y no permite el contracontrol partidario, hacer desaparecer no trescientos mil sino también un millón de votos si así lo desea.

La historia de América Latina está empedrada de mayúsculos fraudes con fuerzas más desparejas aún que las enfrentadas en el plebiscito uruguayo. La propia prehistoria comicial uruguaya registra muy bien montados fraudes electorales. ¿O es que acaso en Chile no fueron ‘prestidigitados’ mucho más de trescientos mil votos?

Consideramos que además de la patología militar señalada, la explicación reside en el contenido táctico del diseño plebiscitario aprobado por la dictadura.

Los militares estaban convencidos de que la ideología del temor que hoy carcome la formación social de Uruguay, aunada a los 30 millones de dólares destinados a la propaganda masiva por el ‘sí’, a la persecución a los partidarios del ‘no’ y al soborno político y moral, hacían innecesarios el fraude. Para los que aún se resistieran al temor y a la avalancha de toneladas de propaganda en favor del ‘sí’ apelando a todos los trucos y estratagemas de la publicidad transnacional, les tenían reservado un chantaje de proporciones: ‘Si no nos votan, nos quedamos…’ Y, entrecruzando esta trama, se había tendido una compleja red de desinformación sin precedentes. No debe existir caso similar de un pueblo que debe votar una nueva Constitución y que solamente veintinueve días antes tiene conocimiento de los 239 artículos de su texto, aprobados en sólo cuatro días a carpeta cerrada.

La prohibición de votar a la quinta parte de la población en éxodo, sumado a los millares de proscripciones, les permitió acumular nuevas ventajas en favor del proyecto. Los medios de comunicación en manos del oficialismo no autorizaron la publicidad pagada por el ‘no’, y la publicidad artesanal mediante ‘pintas’ en muros ciudadanos fue también prohibida y perseguida con saña. El escenario estaba montado para que el fraude verdadero tuviera lugar antes de la elección y no en las mismas urnas.

De todos modos, siguiendo un viejo dicho uruguayo —‘son tontos pero no comen vidrios’– los militares,
‘curándose en salud’, prohibieron mediante el artículo 15 de un nuevo decreto electoral, el control partidario en el funcionamiento de las Comisiones receptoras de votos.

Tal disposición levantó una ola de indignación en los partidos políticos, agravando incluso las contradicciones en la cúpula militar entre ‘blandos’ y ‘débiles’, vocablos que sirven para diferenciar malos y peores. Estos últimos preferían, antes que un plebiscito autocrático, la continuación sine die del actual estado de cosas, convirtiéndose en paradojales partidarios del ‘no’ y de sus enemigos irreconciliables: el pueblo en su conjunto. Este fue otro elemento que dificultaba el engaño.

El citado artículo 15 fue el preanuncio del fraude en las urnas, que se sumaba al fraude peor: el precomicial. A partir de ese instante nadie dudaba de un fraude al estilo chileno. Sin embargo, con posterioridad al decreto y dos meses antes del plebiscito, los estados mayores de la dictadura recibieron un informe reservado de sus asesores de campaña, asegurándoles que el ‘sí’ derrotaba al ‘no’, por márgenes estrechos aunque suficientes. El fraude no era necesario.

Al parecer, un segundo informe ratificando el optimismo anterior –esta información sin embargo no la hemos podido confirmar– les fue entregado tres semanas antes del acto, una vez conocido el texto definitivo.

El fraude seguía siendo innecesario.

El ‘no’ en la última semana

Se abrió, entonces, la segunda fase del plan. Mostrar al mundo entero que el desprestigiado rostro de la dictadura era capaz de ganar una consulta popular sin trampas. Sin trampas en el recuento, porque de las otras estaba sembrado todo el terreno precomicial.

Y por primera vez se animaron a cierto control. No derogaron el polémico artículo 15, pero permitieron que los ciudadanos que así lo desearan se inscribieran como observadores en las mesas escrutadoras, así como periodistas extranjeros y nacionales.

Esta confiada decisión, unida al hecho de no controlar más férreamente las nóminas de funcionarios públicos que actuarían en las mesas, nos hizo pensar que se arriesgaban a pelear sucio en el ring pero no a comprar los jueces.

Algunos días antes del plebiscito, cuando publicaron en la prensa las listas de los millares de funcionarios públicos actuantes, pudimos reconocer pese a la destitución masiva operada contra los insumisos en todo el aparato estatal, muchos nombres de funcionarios liberales y conservadores y también progresistas que no se prestarían al fraude.

Nos convencimos, y así lo afirmamos: no habría fraude.

Faltaba convencernos que ganaría el ‘no’. Las condiciones para revertir el confiado informe preelectoral de los militares no eran fáciles.

Numerosas informaciones procedentes del interior del país indicaban que, pese al heroísmo de miles, otros tantos opositores al régimen, sintiendo la pelea como imposible y abrumados por el peso de la fuerza y la distorsión informativa, optaban por aceptar el chantaje del ‘sí’, con la esperanza de que en 1981 un nuevo rostro –‘peor no puede ser’, era la tesis predominante– sustituyera a los actuales.

Sólo el reconocido coraje de un pueblo, no habituado a doblar la rodilla, mantenía viva la esperanza. En el exterior, el numeroso exilio de izquierda se unía en torno al ‘no’, rechazando toda tentativa abstencionista. En el interior, la oposición tolerada, representando a las fuerzas sociales de la burguesía ganadera, de la burguesía industrial de raíces nacionales y no monopólica, y buena parte de la pequeña burguesía, resistía los cantos de sirena que, mezclados con amenazas, les dirigían los altos mandos.

Wilson Ferreira mantenía a los ‘blancos’ en vilo desde su exilio londinense, creando en sus filas la mística necesaria por el ‘no’. Enrique Tarigo, en el interior del país, expiando viejas culpas antidemocráticas, arengaba a los ‘colorados’ por el civilismo y el ‘no’. La clase obrera y sus aliados hacían lo suyo sorteando mil peligros y trampas, escribiendo una nueva página de heroísmo colectivo.

Y mientras los ‘balbinistas’ uruguayos probaban estar hechos de una mejor madera que sus correligionarios argentinos, la dictadura sólo obtenía dividendos comprando las conciencias de tres de sus peores hombres: Jorge Pacheco Areco, conductor de la primera dictadura constitucional del Uruguay, contemporáneo y principal causante de la militarización del país y de la hegemonía de la fracción monopólica y financiera de la burguesía; Alberto Gallinal, paternalista terrateniente sin vocación política dispuesto a santificar a cuanto estado ‘opusdeísta’ se le pusiera en su camino; Alberto Heber, político fracasado, aislado por sus correligionarios y recibiendo las migajas del banquete militar, olvidándose de que su propia cuñada fue envenenada por los motineros de uniforme. Y fue así que se producen los primeros actos públicos tolerados. Los nacionalistas con sus tradicionales vinchas en la frente, esta vez con la consigna ‘los blancos votan ‘no’ y los «colorados’ al grito de ‘viva Batlle y vote ‘no’ sorprendieron a la ciudadanía con actos desbordantes en número y fervor. Hacía nueve años que el pueblo uruguayo no observaba espectáculo similar.

La izquierda se volcó masivamente a apoyar los actos tolerados, imprimiendo su habitual tónica de heroísmo y resistiendo la represión generalizada. Esta vez sí, el pueblo actuaba unido para enfrentar al despotismo. Y el entusiasmo corrió cual reguero de pólvora, contagiándose de una manera que asombró incluso a los más optimistas.

Todo comenzó en las últimas dos semanas, nos comentaba alguien en llamada telefónica desde Montevideo. Una semana antes del plebiscito el ‘no’ ya había ganado. Los militares ya nada pudieron hacer. Retirar a los observadores apuntados a último momento y preparar el fraude en tan escaso tiempo les era imposible. Y así lo reconocieron, en esos días de euforia previos al plebiscito, sus principales dirigentes y el propio Presidente de la República, alarmados ante los últimos muestreos de opinión, al minimizar en múltiples declaraciones públicas los problemas que les crearía un triunfo del ‘no’. Los discursos oficiales de los últimos días y la desacostumbrada prohibición de los festejos poselectorales revelaban un amargo sabor de derrota que no pudo pasar desapercibido a observadores atentos de la situación.

La consigna democrática en las últimas setenta y dos horas fue asegurar el triunfo enviando observadores a todas las comisiones receptoras. El escaso número de ellas –seis mil ciento setenta y una, más veinte especiales– permitió que tanto los ‘colorados’, como los ‘blancos’ y la propia izquierda aseguraran la presencia de ciudadanos observadores a título personal, para ser testigos de cualquier maniobra de último momento. Esta vez la pequeña geografía uruguaya, que tantos disgustos proporcionó a algunos sectores de la izquierda en la década del 60, operó en contra del gobierno militar.

Y fue así que cuando el coronel Kacherian, coordinador militar del plebiscito, recibió el resultado de las primeras cinco mesas, que otorgaban más de un 64% al ‘no’, supo que los temores de sus jefes se habían confirmado. Todo estaba perdido. Habían pasado a engrosar la lista de piezas raras de museo: una dictadura, despótica como pocas, derrotada en una elección que ella misma controló en forma exclusiva y excluyente. El coraje, la razón y la rabia tantos años contenida, de un pueblo prisionero y diezmado había logrado derrotar a los gigantes de la prepotencia. Dos generaciones enteras de juventudes presuntamente domesticadas e ideologizadas por el régimen mostraron la fibra de sus ancestros y también dijeron
‘no’.

El mundo político se sacudió. Y en todas las capitales del extendido exilio donde los uruguayos viven dándose un baño de mundo, preparándose para recuperar su patria perdida, el júbilo estalló. Argentinos, chilenos, bolivianos y muchos más, festejaron con los uruguayos el triunfo de la dignidad. La conciencia cívica se impuso ante el proyecto de ciudadanos ‘zombies’ propuestos por los pretorianos. El ensayo general de oposición masiva al régimen había culminado. Y el ensayo general de los motineros pretendiendo cosmetizar el rostro caricaturizado de la dictadura había terminado en descalabro.

Se destaca la del ex ministro del Interior, asesor político de la dictadura en el proceso del cronograma institucional, coronel Néstor Bolentini, manifestándose partidario de un nuevo plan político que tome en cuenta el actual rechazo de la ciudadanía. Destruida la posibilidad de una dictadura militar por consenso –según el modelo turco, descrito por el periodista Juan María Alponte (1)– no les quedan muchos caminos.

Al momento de escribir estas líneas, martes 2 de diciembre, el gobierno uruguayo aún no se había expedido sobre el nuevo plan, ni se habían producido aún las renuncias por ‘dignidad’ del ministro del Interior, general Núñez, ni la del general Abdón Raimúndez, uno de los ‘cerebros’ del cronograma ni, en fin, la de los altos mandos descalificados por el pueblo uruguayo. En el Uruguay de hoy, está visto, ningún militar renuncia por propia voluntad. La única reacción dispositiva hasta el momento es prohibir –en gesto de verdadero infantilismo político– comentarios editoriales a la prensa sobre los resultados plebiscitarios.

Por su parte, la oposición se apresta a iniciar la nueva etapa con renovados bríos. Tanto la izquierda como la oposición liberal parecen fijarse como objetivos estratégicos la convocatoria a una asamblea constituyente elegida mediante sufragio universal que apruebe una Constitución democrática y convoque a elecciones con partidos políticos y sin proscripciones.

Bien podría abrirse un proceso ‘a la ecuatoriana’ con militares desgastados, si el disenso organizado sabe eludir los peligros de las victorias precoces y con altura de miras acuerda primero echarlos y después dirimir pleitos internos. La autonomía parcial de las fuerzas armadas frente a sectores de la burguesía permite una política de este tipo.

La consigna de la oposición burguesa, antes del plebiscito, ‘hasta el 30, ‘no’, tiende hoy a convertirse, alentada por el éxito, en ‘hasta el 30, no, y después también’, lo que facilitaría una unidad antidictatorial de mayor vigor y proporciones.

El frente por el ‘no’ puede ensancharse, pero el camino a recorrer está preñado de dificultades y erizado de escollos. La lucha de clases no es un invento artificial ni una broma de mal gusto universal, y hoy a los militares les quedan pocos recursos: uno de ellos sería dividir para reinar, y sobornar para perdurar. Al grito de ‘negociemos’, cierta oposición que acaba de editorializar en el períodico El Día de México, reproduciendo una frase de John Kennedy –‘no negociemos por temor, pero no tengamos el temor de negociar’– puede comprometer los avances logrados.

El salto cualitativo que significa esta nueva etapa de acumulación activa de fuerzas contra la dictadura y la fase superior a que está arribando la guerra que no se ve, la de la desmoralización y el desgaste, sólo podrá alcanzar su objetivo final si el enemigo común sigue siendo, en la coyuntura, uno solo –los usurpadores que asaltaron las instituciones republicanas–, y si el frente del cambio no se fisura y aprende a aventajarlo del modo y en la proporción más contundente posible, derotándolo en la suma y en la organización de fuerzas no sólo por el número sino además por la calidad de la unión y de la acción, manteniendo la iniciativa que hoy proporciona el plebiscito y que debe retener a toda costa en sus manos.

La izquierda, por su parte, protagonista de calidad en esta instancia, hoy más que nunca debe reforzar la unidad real en el plano de la acción, y la independencia ideológica en el plano de la concepción. Con altura de miras.

Y todos los patriotas del solar oriental, que probaron ser muchos y mejores, deben aprender, como dicho está en el genio de Lope de Vega, que la única opción para tumbar a los tiranos, es –no hay otra– ‘todos a una, Fuenteovejuna señor’…

 

Federico Fasano Mertens»

(1) Columnista en Uno más uno, de México.

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